El último pasillo

Publicado el laurgar

De niños y besos

Llegué el otro día a una estación de metro muy importante acá, que se llama Baquedano. Aproveché un murito que estaba ni que pintado para sentarse, y me acomodé a esperar con paciencia (y mis piernas colgando), a que pasara un vagón que me albergara de forma decente sin correr el riesgo de morir asfixiada. Pronto ya no era la única en el murito: llegaron tres chicas y dos chicos. Uno de los chicos se sentó a mi lado; traía de su mano a un niño morocho con unos ojos más grandes que él, enmarcados por unas pestañas gruesas y negrísimas y unas cejas también muy gruesas. Me saludó con su manita untada de dulce de leche, y me sonrió. Hola, Carita de turco, le dije, y el padre rió y empezó a hablar por celular, probablemente con su novia porque puso esa voz melosa de los recién enamorados y comenzó una de esas conversaciones no aptas para diabéticos: plagadas de dulzonería.

A mi otro lado se sentó una chica alta y gordita, con el cabello corto y peinado al mejor estilo “pájaro loco”, y entre sus piernas y muy abrazada, se acomodó otra chica, más delgada, con el cabello crespo, largo, tomado en una “cola de caballo”. A los dos minutos comenzaron a besarse apasionadamente. El mundo había desaparecido completamente para ellas. Estaban absolutamente solas a pesar de los que estábamos a su lado, siendo testigos de sus manifestaciones de amor. A estas alturas de la vida me parece no sólo ridículo, sino desagradable espantarse porque dos chicas lesbianas se besan en público. Pero todos alrededor empezaron a murmurar. Los que pasaban por el andén hacia las esquinas les tiraban miradas de reproche unos, de asco otros. De repente sentí que un cuerpecito se arrimaba a mis piernas. Dos manitas empegostadas de dulce de leche golpeaban sobre mis botas cafés, y unos ojazos alternaban miradas entre las chicas que se besaban, y yo. Era el Carita de turco, temporalmente huérfano de su padre, quien todavía seguía murmurando cosas dulces al celular, completamente concentrado en convencer a su novia de que la amaba, con todas las frases melosas posibles.

Carita de turco me seguía golpeando en la pierna y mirándome a mí y a las chicas: a las chicas con curiosidad, y a mí en busca de una respuesta a cualquiera que fuera la pregunta que formulaba con un simple: tas, tas, tas. Me limité a sonreír. Pero Carita de turco tenía sus ojazos como un par de lunas llenas, y cuando se acordaba de salir del embotamiento, me miraba para decirme: tas, tas, tas, y señalarme a las dos apasionadas novias. Volví a sonreír pero Carita de turco ya no se conformaba con mi sonrisa y empezó a pedirme insistentemente una explicación a lo que observaba, con su tas, tas, tas. Y yo no sabía qué responder, excepto sonreír. También consideré la posibilidad de darle un codazo al padre para que se encargara él de atender a los reclamos de Carita de turco, pero lo mío es, al parecer, el exceso de prudencia. Para mi fortuna, Carita de turco se aburrió del espectáculo de las novias apasionadas y, para dejar en evidencia mi completa estupidez, él mismo se dio a todo volumen la respuesta que buscaba, mirándome con sus ojazos negros y palmoteando mi pierna con sus manitas de dulce de leche: Que ej un bechoooooooooo pooooh.

Cuando Carita de turco habló, el padre salió de su estado de enamoramiento, rápidamente voló desde el paraíso de los enamorados al andén del metro Baquedano, barrió con la mirada la estación y descubrió a las amantes apasionadas. Cortó rápidamente, saltó del murito y jaloneó a Carita de turco, al tiempo que enfrentaba a las dos chicas: ¡Indecentes!, les gritó, y añadió: –  ¡Delante de un niño! Las chicas se miraron primero con sorpresa y luego rompieron a reír. Sospecho que encontraron muy gracioso que un muchacho casi de su misma edad (no más allá de 22, 23 años) ostentara con tanta gallardía ese prejuicio y, además, lo alardeara con tanto orgullo delante de su hijito.

Carita de turco amagó un llanto que no fue. Su padre se lo llevó arrastrado, pero él se dio la maña para entorcharse y decirme adiós con su manita ya más limpia de dulce de leche: Aióz amiguita… y se lo tragó una multitud de topos con gabardinas, maletines y paraguas que esperaban metros más adelante en el andén.

SERIE «LA INFANCIA»

1. ¡Ay!, los niños…

2. De niños y besos…

3. Mi pequeño pretendiente…

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