El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Ser sin rumbo cierto

Una selección de poemas para quienes no tienen a dónde ir.

Vagabundo, 1957. Óleo/Masonite. © Derechos Reservados 2015, Remedios Varo.
Vagabundo, 1957. Remedios Varo.

Durante los últimos días me he preguntado con más frecuencia, y con más dureza, acerca de la imposibilidad de volver a casa; mejor dicho, del hecho de no tener casa alguna o de tenerla dispersa en países distintos, pero dentro de un solo corazón de nube. La respuesta llega a mi cabeza en forma de un poema: sus versos me torturan con su belleza y, con ellos en los labios, camino por horas las calles de Palermo, en Bogotá, para sentirme, de una vez por todas, perteneciente a algún sitio. El poema es Lo fatal, de Rubén Darío, y se ha vuelto para mí una compañía tormentosa. Tal vez por exorcizarme de su profundidad, quise hacer una selección de poemas similares, de poetas que han acompañado mi vida y la de mis amigos, quienes me ayudaron en esta selección, en especial Daniel Castro, perito en la nostalgia, y Angélica Rodríguez Vargas, viajera del tiempo, a quienes dedico esta entrada de mi blog peatonal.

Además del poema de Rubén Darío que iluminó este propósito, incluyo versos de Ida Vitale acerca de los diversos exilios que nos da la vida; también, de Ray Bradbury quien regresa, ya viejo, a llorar al pie del árbol de su infancia; un poema de Wislawa Szymborska a las nubes que pasan; el inmenso Hacia la serenidad de Henri Michaux donde nos dice que «Aquel que no acepte este mundo no construirá en él casa alguna» y, por último, uno de los poemas que más amo, de un autor entrañable para mí e inigualable a su modo, La noche del camino, de Porfirio Barba Jacob.

 

Lo fatal, Rubén Darío

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

 

Exilios, Ida Vitale

…tras tanto acá y allá yendo y viniendo.
Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.

Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los Vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.

La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.

Se disuelve, tan solo.

 

Remembranza (fragmento), Ray Bradbury

Di con el roble al que yo a los doce años una vez
había trepado y desde el que grité a Skip para que me bajara.
Estaba a mil millas de la tierra. Cerré los ojos y chillé.
Mi hermano, muy dado al jolgorio, dio grandes risotadas
y subió a rescatarme.
“¿Qué hacías ahí?”, dijo.
No respondí. Casi mi baja muerto.
Pero allí estaba yo para colocar una nota en un nido de ardilla
en el que había escrito un viejo asunto secreto ya muy olvidado.
Ahora en el verde barranco de años intermedios me quedé
bajo ese árbol. “¿Por qué? ¿Por qué? −pensé−, ¡Dios mío!”
No es tan alto. ¿Por qué chillé?
No serán más de cinco metros. Voy a subir sin problemas.
Y lo hice.
Y me acurruqué como un solitario mono envejecido, agradeciendo a Dios,
que nadie viera a este antiguo hombre haciendo el ridículo
agarrado grotescamente al tronco.
Pero luego, ¡Ay Dios!, ¡Qué sorpresa!
El agujero de la ardilla y el perdido nido allí estaban.

Me tendí un rato, pensando.
Me empapé de todas las hojas, las nubes y los climas,
transcurriendo tan mecánicamente
como los días.
“¿Qué?, ¿qué?, ¿que sí? −Pensé− Pero no. ¡Algo más de cuarenta años!
¿La nota que puse? Seguro que ya ha sido robada.
Un chico o una lechuza la habrá birlado, leído y hecho trizas.
Se habrá esparcido por el lago como el polen, hoja de castaño
o el tufo del diente de león que surca los vientos del tiempo…
No. No”.
Metí la mano en el nido. Ahondé bien los dedos.
Nada. Y nada de nada. Pero al ahondar más
allí estaba:
la nota.
Como alas de polilla nítidamente empolvadas, bien plegada
había sobrevivido. Las lluvias no la tocaron, la luz del sol no decoloró
su contenido. Ocupaba mi palma. Conocía su forma:
Papel rayado de un viejo libro de garabatos de Jefe indio Sioux.
¿Qué?, ¿qué?, ¡Oh!, ¿qué había puesto yo en palabras allí
hacía tantos años?
La abrí. Ahora mismo tenía que saberlo.
La abrí y lloré. Me pegué al árbol
Y dejé las lágrimas caer y rodar por mi barbilla.
Querido muchacho, extraño niño, que debe haber conocido los años
y contemplado el tiempo y olido la dulce muerte en las flores.

En el lejano cementerio.
Era un mensaje al futuro, a mí mismo.
Sabiendo que un día debo llegar, venir, buscar, regresar.
Desde el joven al viejo. Desde el yo que era pequeño
y fresco hasta el yo que era grande y nunca más nuevo.
¿Qué decía que me hizo llorar?

Me acuerdo de ti.
Me acuerdo de ti.

Traducción de Jesús Isaías Gómez López

 

Con la descripción de las nubes…, Wislawa Szymborska

Con la descripción de las nubes
debería darme mucha prisa,
en una milésima de segundo
dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.

Es propio de ellas
no repetirse nunca
en formas, matices, posturas y orden.

Sin la carga de ningún recuerdo
se elevan sin problemas sobre los hechos.

¡De qué van a ser testigos!,
en un segundo se disipan en todas direcciones.

Comparada con las nubes
la vida parece tener los pies sobre la tierra,
se diría que es inmutable y prácticamente eterna.

Frente a las nubes
hasta una piedra parece un hermano
en el que se puede confiar
y las nubes, nada, primas lejanas y frívolas.

Que exista la gente si quiere,
y después que se muera uno tras otro,
poco les importa a las nubes
esas cosas
tan extrañas.

Sobre toda Tu vida
y también la mía, aún incompleta,
desfilan pomposas igual que desfilaban.

No tienen la obligación de morir con nosotros.
No necesitan ser vistas para poder pasar.

 

Hacia la serenidad, Henri Michaux

Aquel que no acepte este mundo no construirá en él casa alguna. Si siente frío, lo siente sin tener frío. Tiene calor sin calor. Si tala álamos blancos, es como si no talase nada; pero los álamos blancos están ahí, por el suelo, y él recibe el dinero convenido, o bien sólo recibe golpes. Recibe los golpes como un donativo sin significado, y parte sin asombrarse.
Bebe el agua sin tener sed, se hunde en una roca sin el menor malestar.
Con la pierna fracturada, bajo un camión, conserva su aire habitual y sueña la paz, la paz, la paz tan difícil de obtener, tan difícil de conservar, la paz.
Sin haber salido nunca, el mundo le es familiar. Conoce bien el mar. El mar está constantemente debajo de él, un mar sin agua, pero no sin olas, pero no sin extensión. Conoce bien los ríos. Los ríos lo atraviesan constantemente, sin agua, pero no sin anchura, pero no sin torrentes repentinos.
Huracanes sin viento lo acometen con furor. La inmovilidad de la Tierra es también la suya. Carreteras, vehículos, rebaños infinitos lo recorren y un enorme árbol sin celulosa, pero muy arraigado, madura en él un fruto amargo, amargo muchas veces, raramente dulce.
Así apartado, siempre solo en cualquier cita, sin retener jamás una mano entre sus manos, sueña, con el anzuelo en el corazón, en la paz, en la condenada paz lancinante, la suya, y en la paz que se dice que está por encima de esa paz.

 

La noche del camino, Porfirio Barba Jacob

Mi mal es ir a tientas con alma enardecida
ciego sin lazarillo bajo el azul de enero;
mi pena estar a solas errante en el sendero;
y el peor de mis daños, no comprender la vida.

Mi mal es ir a ciegas, a solas con mi historia,
hallarme aquí sintiendo la luz que me tortura
y que este corazón es brasa transitoria
que arde en la noche pura.

Y venir sin saberlo, tal vez de algún oriente
que el alma en su ceguera vio como un espejismo,
y en ansias de la cumbre que dora un sol fulgente
ir con fatales pasos hacia el fatal abismo.

Con todo, hubiera sido quizás un noble empeño
el exaltar mi espíritu bajo la tarde ustoria
como un perfume santo…
¡Pero si el corazón es brasa transitoria!

Y sin embargo, siento como un perenne ardor
que en el combate estéril mi juventud inmola…
(¡Oh noche del camino, vasta y sola,
en medio de la muerte y del amor!)

 

Twitter: www.twitter.com/amguiral
Facebook: www.facebook.com/AlbeiroMG/
Instagram: www.instagram.com/amguiral/

Comentarios