El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Herida de existencia

Una reseña del libro La niña que nunca ocupó un columpio de Alejandra Echeverri, cuyos poemas reconstruyen los rostros de la orfandad.

Fotografía de Francesca Woodman.
Fotografía de Francesca Woodman.

«reconozco tu marca sobre la tierra
Como herida de existencia»
Alejandra Echeverri

No hay pendientes en Tuluá. Hay un sol perenne que puede caminar en línea recta, a su antojo, por cualquiera de sus calles, y extender sus tentáculos felices dentro de las casas y a través de los árboles innumerables. Las bicicletas, en su vaivén, parecen transportar la luz. Allí, en esta llanura luminosa, Alejandra Echeverri edificó su libro de poemas La niña que nunca ocupó un columpio con los cimientos y los materiales de su sensibilidad. El resultado: otra ciudad sin sol en apariencia, donde los seres pasan a pie, cansados, en constante oposición al tiempo, tan llenos de nostalgia de la libertad que sus palabras, una a una, en su transcurso por las sesenta páginas del libro,  hacen una rendición de cuentas del olvido, erigen la arquitectura espiritual de la autora más allá de todos los límites humanos.

La ciudad es mujer y la poeta la deshabita: «mi ciudad que es un corazón/ mi ciudad que se empeña en desaparecerme/ en borrarme de sus calles/ de perder mi rostro/ mi ciudad que duele como una palabra quebrada/como vidrio roto/como punzada segura/ mi ciudad que desde antes de yo nacer/ ya me vio partir» (55). La recorre como quien deshace los pasos, como una mujer vieja apresada en un joven cuerpo que se le hace extraño, como quien busca el lugar de origen en un campo quemado, o como si se supiera a sí misma ciudadana de la poesía, es decir, del silencio vencido.

«De mí debo decir que espero un desenlace menos trágico que el silencio», nos decía en sus diarios la otra Alejandra.

Por estas calles, por estos recovecos de palabras, se aparece también el fantasma de la orfandad. Huérfana es la madre, la única que bajo esta condición padece el dolor, por eso mientras canta, cuenta: único testigo de la ausencia. Huérfana es más aún la madre de las palabras porque sus pequeñas hijas, apesadumbradas, como pequeñas crías de la tristeza, caen en la vida, indefensas; apenas si son capaces de mantenerse en pie sobre sus débiles pies, con el dolor en el rostro, por primera vez ante el mundo, hasta caer al vacío. Cruento se ve allí el parto de la poesía, mas la autora es ineluctable: «Hay palabras que irrumpen/ la piel como hacha/ pero no lloro ni grito./ Mi dolor es silencioso» (42).

Como José Manuel Arango, quien en su poema El padre se reconoce como continuador de la vida de su progenitor: «quizá en la noche/ sueño sus sueños/ y la fría furia/ y el recuerdo de lugares no vistos/ son él repitiéndose/ soy él que vuelve/ cara detenida de mi padre/ bajo la piel, sobre los huesos de mi cara» (39), Alejandra Echeverri nos confía que la herida que lleva en el rostro es la madre: «…hoy que mis ojos pesan un poco más/ que mis grietas son mucho más largas y peligrosas/ me veo de frente, espejo-persona/ y me doy cuenta que mi madre se ha reposado en mí […] comprendí que mi madre pudo ser yo/ o quizás el reflejo de su espejo/ clavado en mi propia cara» (51).

En ese mismo sentido aparece el poema que le da el nombre al libro, a esta tierra herida de existencia, tal vez aquel que sea la columna vertebral de los demás. Todos sus versos duelen de belleza, todos sus versos recogen los temas del conjunto. La infancia irremediablemente perdida, la familia dolida de ausencia, las mujeres que se suceden unas a otras dentro de esta: «…tienes/ los labios de niña/ y la frente de dolor/ porque fuiste hija/ de la madre que nunca fue madre…» (57).

La niña que nunca ocupó un columpio es un libro que aparece en Colombia con su propio paso. Sabe caminar por sí mismo. Su autora lo gestó por años en silencio y este, al nacer, había heredado su voz. Su voz de poeta que domesticó a la noche, caminante nocturna por las riberas de los ríos del sueño, risueña bailadora de la triste salsa del espíritu. Abramos sus páginas, pasémoslo de mano en mano para que podamos escuchar cómo chirría el columpio que dejó vacío la poesía, niña a destiempo, mientras en una banca de aquel parque desierto, su madre canta una canción de lejanías con su voz inconfundible.

twitter.com/amguiral

Referencias
Arango, José Manuel. Poesía. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 2015.
Echeverri, Alejandra. La niña que nunca ocupó un columpio. Tuluá: UCEVA, 2016.

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