Permanecer en el amor por las palabras.
Permanecer en el amor por las palabras.

Imagen: Marcel Proust escribiendo en la cama.
Con el paso del tiempo dejé de lamentarme por la desazón que me proporcionaba la escritura. Tomé una posición diferente frente al hecho de escribir, de gratitud más que de resignación, porque entendí que alrededor de los libros que uno construye con el fin de que, al menos, no avergüencen a los amigos ni decepcionen, en parte, a esos espíritus de luz que son los lectores, a pesar de fracasar en ese propósito, subsiste la esperanza de ver la vida, con los años, encontrar el puerto que con tanta obstinación uno cree que está oculto más allá de la oscura bruma del naufragio.
Ese puerto anhelado no sería más que la permanencia en el amor por las palabras, pues estas son lo único que tenemos para llegar a las cosas, aunque, bella paradoja, nunca nos vayan a llevar a ellas. Pues los artistas entienden que sólo les quedan signos como constancia de lo vivido, esa indefinible materia de los sueños. Y los escritores, que también trabajan con signos, con imágenes, también entienden que las palabras, propias, y las de otros, son faros que rielan en su inmensa soledad.
Baudelaire, faro que se alcanza a ver desde todos los confines de la noche.
Al creer, en algún momento, que no tenemos lo tangible, sino que nos pertenecen tan sólo las palabras, decidí celebrar el lenguaje, tan misterioso y diáfano a la vez, porque en él encontraba el fuego inicial de la poesía como materia de toda sólida escritura.
Sin embargo, al emprender esta celebración, supe que había perdido el hogar y había ganado los caminos. Nada de lo que pensaba que había sido mío se encontraba ahora a mi lado. Al intentar erigir mi propia casa, lejos de los cafetales donde mi padre me paseara de niño dentro de un canasto, supe que sus cimientos eran endebles, que los vientos del sueño y de la inquietud la derribaban: quería volver, quería entrar en la primera noche de mi vida, oler el cielo azul oscuro de la montaña. Y desaparecer.
En ese instante, en que se desvaneció en su totalidad el camino de regreso, me recordé parado por primera vez frente a la puerta de la poesía, cuando aún se percibía la tibieza del cuerpo muerto de la niñez.
Y hoy, que me sorprendo persistiendo en la literatura después del éxodo, de nuevo en casa, reconozco que escribo, más que para buscar reconocimiento, sí para homenajear esta vida sencilla, atiborrada de libros, de viejos periódicos y de café, porque escribir me ha llevado por un cauce dificultoso, sí, pero ha sido para desembocar en lo que ahora soy, el hombre que se mantiene en pie para vencer su propio dolor. Escribo para no derrumbarme. Y esto ha valido ya la pena. Vale la pena vivir, ha valido la pena vivir.
Albeiro Guiral
www.instagram.com/amguiral
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