El Peatón

Publicado el Albeiro M. Guiral

El pajarero inexperto

Este cuento esconde una plegaria por la paz de Colombia. Estas palabras encierran la súplica de que termine la violencia y la niñez rural sea alejada por fin de las fauces de los malvados.

Foto de © Sally Mann. Colección Body Farm.
Foto de © Sally Mann. Colección Body Farm.

Qué imagen la de la abuela moliendo el amor, con el delantal manchado por su leche vegetal, la máquina envolviéndolo en sus entrañas con la cebolla. La niebla abrazaba suspirando a la mañana. Como la noche había recibido la visita de la lluvia con sus tres hijos, los recolectores no habían empezado su labor, esperaban el desayuno recostados en el barandal del corredor, algunos tiritaban empuñando una taza caliente de chocolate o de café. No se escuchaba una voz en toda la casa.

El niño estaba cansado de que la abuela no le dijera dónde estaba el abuelo, por lo tanto salió de la cocina y fue a buscarlo al rajadero. El hacha yacía entre la leña mojada. Más allá, el caballo parecía pintado en el paisaje, dormido, con las orejas tristes bajo la llovizna. Lo buscó en cada lugar donde lo imaginaba, por último, en el peladero de café. Apenas su padre lo vio entrar lo tomó en los brazos llevándolo de nuevo a la salida como para evitar que presenciara algo terrible. Le besó cada mejilla con fuerza. Al dejarlo libre de su cariño asfixiante, le dijo: «No entres acá cuando uno esté revolviendo el café, huele a vinagre si la miel no se le ha caído todavía. Te puedes enfermar». El niño quiso saber dónde estaba el abuelo. Su padre sonrió.

«Ese viejito salió madrugado con los pájaros», dijo.

 —¿Los va a vender?—, preguntó el pequeño.

El hombre se echó a reír diciendo que no, que los pájaros lo llevaban a él, porque no les gustaba su sombrero. El niño no entendía, cómo así que los turpiales se llevaran a la gente, y más por un sombrero, desde cuándo acá. El padre lo tomó de nuevo en los brazos, besándole otra vez. «Tranquilo que nadie va a vender los pajaritos, y si el viejo los vendió yo mismo te voy a enseñar a ser pajarero, tendrás tus propios turpiales».

Papá —dijo el niño—, los pájaros están en la jaula.

Efectivamente se oían desde ahí. El hombre entonces sustentó en ese hecho que nadie los iba a vender, pero cuando quiso decir qué pájaros se llevaron al abuelo las palabras se resistieron a salir, aferrándosele nerviosas a las entrañas.

Papá  —el niño no entendía, un niño jamás puede saciarse—, ¿a dónde fue el abuelo?

—Por ahí. Por ahí —dijo aquel—, vamos a la mesa, el desayuno está listo. Y en sus brazos lo llevó a desayunar.

En la mesa, en la larga mesa no se escuchaba una voz. Todos comían sin producir el menor ruido. La abuela en su costumbre no se sentó con ellos, se veía comer por la ventana que daba a la cocina y por la cual llegaba la comida a la mesa. Lentamente mordía, sorbía un poco de caldo, venteaba el fogón. Qué imagen la de la mujer que molió al amor, lo amasó, lo asó y lo sirvió. El amor en cada plato olía a ardilla, y a pájaro, increíblemente. Amor espigado, oloroso a sus propios enemigos, tal vez la victoria consista en adobarlo con la sangre de quienes nos lo han jodido toda la vida, y comerlo en silencio.

La niebla dejó ir a la mañana, el caballo se sacudió la llovizna sonriendo con las orejas. Los recolectores se desperezaron. Al llamado de quien tenía la misión de asignarle con una bandera a cada cual un surco a seguir, se formaron en una fila. El niño, en los hombros de su padre, se unió en el último lugar de la marcha en descenso hacia el cafetal. El camino estaba resbaladizo, a cada paso el pequeño sentía miedo de caer. Los recolectores más avanzados iban cantando una canción, su eco se oía entre montaña y montaña, de vez en cuando alguno gritaba y los demás lo imitaban estrepitosamente. En las casas vecinas las mujeres desde los patios columbraban el peregrinaje, parecían el jurado de un concurso de algarabía.

El camino estaba difícil, los únicos privilegiados en la mejor posibilidad de no caer al andar eran quienes encabezaban la fila. El hombre cayó y resbaló sentado causando la euforia de los demás, saliéndose del grupo. El niño estaba feliz, sin caerse pensó que todo se trataba de un juego. Gritó alegremente cuando vio aparecer al abuelo, pronunció su nombre suave como el pecho de una paloma. El abuelo estaba en la arena de la quebrada, tenía el pantalón remangado, el agua le mojaba los pies, los acariciaba con sus manos susurrantes. El niño le sonrió, todos lo vieron pero pasaron sin saludarlo, inclusive su padre con él a cuestas. Tuvo que resignarse con despedirse voleándole la mano al pasar. Girando la cabeza se fue mirándolo hasta perderlo de vista. Nunca dejó de sonreírle y él, de una manera muy extraña, también le sonreía. El viejito quedó en la arena. Su sombrero, una joya preciosísima de los años veinte coronada por una pequeña pluma roja, había caído lejos de su cuerpo atrozmente pasado a machete.

@amguiral

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