El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Dios, o sea: la naturaleza

Una breve reflexión sobre la Ética de Spinoza en relación con los difíciles tiempos que corren.

Fotograma de la película Évolution, de Lucile Hadžihalilović (2015).

Escribir sobre la Ética de Spinoza es tal vez una fallida pretensión. Es un libro hecho por un arquitecto sublime, por un cabalista que despreció la fama, el mundo de los placeres, por buscar el nombre de Dios. Y lo encontró. O, como escribiría Jorge Luis Borges en uno de sus sonetos, al hablar de este gran pensador estaríamos asumiendo que «Alguien construye a Dios en la penumbra./ Un hombre engendra a Dios». También, el poeta, en su Conferencia en la Sociedad Hebraica Argentina, el 1° de abril de 1985, afirmaría: «Yo pensaba escribir un libro sobre Spinoza. Junté los materiales, y luego descubrí que no podía explicar a otros lo que yo mismo no puedo explicarme. Pero hay algo que puedo sentir, misterioso como la música, misterioso como su Dios».

De modo que estas palabras son más bien una intención de reflexionar sobre la idea que les da título, en relación con los difíciles tiempos que corren. En su Ética, Baruch Spinoza asume la existencia de una substancia que vendría a ser única, causa única y constitución de todo cuanto existe, de todos los seres en la medida de su realidad. Y esta substancia de infinitos atributos, absolutamente infinita es, para él, tendría que ser, Dios, por supuesto. Lo inefable, a mi modo de ver, es cuando el filósofo nos dice, en una de las conclusiones del libro, que «Dios es la Naturaleza», es decir: el Universo. Lo que plantea una pregunta: ¿en qué momento los seres humanos empezamos a asumirnos como si fuéramos agentes externos de la Naturaleza?

Excitada por su antropocentrismo, la humanidad ha hecho su casa de uno de los infinitos mundos que hay en el Universo, cercando a las demás especies y condenándolas gradualmente a su desaparición. Inclusive, podemos decir que el acérrimo enemigo del ser humano es el ser humano mismo. En estos tiempos de crisis, de pandemia, cuando las secuelas del capitalismo salvaje son más evidentes, cuando en el tiempo se abren con mayor rapidez zanjas de herrumbre, no estaría nada mal que revisáramos la relación que tenemos con los demás seres que habitan el planeta que nos correspondió. Que nos reconciliáramos con la Naturaleza de la que somos apenas extensiones y no sus verdugos; que viéramos, de una vez por todas, que el daño que le hacemos a la Naturaleza nos lo hacemos a nosotros mismos.

Esta interpretación de la idea de Spinoza puede resultar panteísta, si se quiere, a pesar de las múltiples críticas y discrepancia que ha suscitado desde la publicación de la Ética. Sin embargo, que su concepción monista de la substancia de la que hacemos parte y que jamás podremos entender, por nuestras limitadas razón y alma; que la imagen de un Dios que es la Naturaleza, de un Dios sin personalidad, sin oídos, no antropomórfico, nos sirva de vehículo para la reflexión.

Asimismo, y en sintonía con estas ideas, recordemos al poeta Friedrich Hölderlin, quien nos diría en su bello Hiperión que la culpa de nuestra diferenciación de todo cuanto nos rodea es de la academia, que nos aísla «…entre la hermosura del mundo» y nos expulsa. Escuchemos al poeta, cuando lamentaba no poder «ser uno con todo lo viviente, volver en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza».

Y escuchemos a Spinoza, quien trabajó de una forma incansable para que las posteriores generaciones pudieran ver mejor; reformulemos nuestro pensamiento en torno a la pequeña fracción que somos de un mundo que agradecería si de verdad nos estuviéramos quietos.

 

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