El Peatón

Publicado el Albeiro M. Guiral

El desprecio a la poesía

El desprecio a la poesía por parte del gobierno salvadoreño y su amenaza a la democracia y a la Constitución

Nayib Bukele irrumpiendo en la Asamblea Legisativa de El Salvador. Foto: celag.org.

«Hay mucho más consenso en el odio a la poesía que en la propia definición de lo que realmente es la poesía». Esto manifiesta Ben Lerner en su ensayo El odio a la poesía, que bien pudiera ser el título de esta bagatela sobre El Salvador. El 6 de julio de 2019 llegué a ese pequeño país de corazón inmenso con destino al Festival Internacional de Poesía Amada Libertad, cuyo nombre viene del seudónimo de Leyla Quintana Marxelli, poeta asesinada a la sombra del volcán de San Salvador por el ejército y quien se suma a una larga e impune lista de poetas caídos en la guerra civil de este país al lado de Claudia María Jovel, por ejemplo, Alfonso Hernández, Lil Milagro Ramírez, Amílcar Colocho y el mismo Roque Dalton. El nombre de este último pasaba por mi mente en el momento de mi llegada al aeropuerto, mezclado con el insondable sonido de los pájaros de los alrededores, del verde poderoso de las riberas del Pacífico centroamericano y del olor de café que me hacía sentir como en casa; pero mi emoción se volvió aflicción y vergüenza pues, de un modo contundente, la agente de migración que me recibió, después de preguntarme por el motivo de mi viaje y de escuchar mi pudorosa respuesta, me hizo la peor pregunta que jamás nadie podrá volverme a hacer en la vida.

―Conque viene a un festival de poesía, entonces dígame qué es la poesía.

Hubiera preferido decir que el motivo de mi viaje era comer pupusas. Sí, así, a secas: vine a comer pupusas (hermanas gemelas de las arepas de mi montaña andina) y a refocilarme en la cultura cafetera de San Salvador, tan parecida a la de mi amada Pereira. Pero no, fui tan torpe de decir que escribía poesía.

―No sé qué es, señora― atiné a decir, angustiado. Pensé en alguna teoría, en algún autor o alguna autora cuyas palabras o versos ingeniosos me sacaran del inconveniente; sin embargo, no estaba para mentir ese día, ni para deshonrar la poesía (de la que, como ven, no tenía ni tengo hoy idea de qué es, aunque la ame sobre todas las cosas, menos sobre el amor) con una retórica absurda.

Estuve varias horas en migración avergonzado, por primera vez en mis viajes al extranjero, debido a un motivo distinto al de ser colombiano, hasta cuando los organizadores del Festival demostraron mi inocencia y disculparon mi torpeza para que pudiera ingresar a disfrutar unos de los mejores días de mi vida. Hoy este recuerdo viene a mi mente revuelto por las recientes imágenes de los sucesos del 9 de febrero en San Salvador. El presidente de la República, un millennial narcisista, sultán venido a menos, gato mestizo con ínfulas de tigre, está sentado en la silla del presidente, sí, pero de la Asamblea Legislativa, rodeado por docenas de soldados y policías con chalecos antibalas y fusiles, mientras llora como un niño a quien le prohíben salir a jugar, y dice que acaba de escuchar a Dios, quien le pide sea paciente y mejor se tome la Asamblea otro día.

Muchas personas interrumpieron la trasmisión de los frívolos premios Óscar para ver el intento de golpe de Bukele, lo compararon con Maduro y su destreza nigromante de hablar con los pájaros; la Sala de lo Constitucional, la ONU, la  OEA, y hasta lo menos imaginado: el embajador y el congreso de Estados Unidos ―aliados del recién estrenado golpista― condenaron la actuación y coincidieron en que usar las fuerzas armadas de ese modo, así como el hecho de tomarse el Legislativo donde el sentido común le decía que no tenía competencia, era irrefutablemente anticonstitucional e iba en contra de la democracia. En resumidas cuentas, sin saberlo, en El Salvador, desde ese día, entre las 4 y las 5 de la tarde, la gente empezó a sentir miedo de que su país se volviera como Colombia.

El partido del presidente, Nuevas Ideas, había publicado un día antes de la toma, a las 10:16 de la noche, un mensaje, tal vez con pretensiones irónicas, acompañado por la foto del mandatario sonriente, que decía: «Si esta es la imagen de un líder dictador quiero que El Salvador sea gobernado con su dictadura los siguientes 30 años…» Al día siguiente, este chiste de mal gusto iba a tomar otras dimensiones cuando empezara la pataleta de Nayib Bukele literalmente con un llamado a la insurrección popular, a raíz de que los diputados rechazaran la aprobación de uno de los préstamos solicitados por el Ejecutivo, por 109 millones de dólares, para financiar un plan de seguridad con el fin tácito de bajar los homicidios armándose terriblemente para la guerra. El presupuesto de su gobierno, es preciso recordar, entre junio de 2019 y diciembre de 2020, estipula la estrafalaria cantidad de $1.134’820.000 (MIL CIENTO TREINTA Y CUATRO MILLONES, OCHOCIENTOS VEINTE MIL DÓLARES) para seguridad en un país de seis millones de habitantes. ¿En qué consiste este plan de seguridad? Nadie lo sabe. No ha sido hecha pública su metodología, solo sabemos que esa cifra absurda de dinero destinada a la compra de armas recuerda a la infame Seguridad Democrática colombiana, que tiene pendiente en este momento la identificación de doscientas mil personas civiles inocentes en fosas comunes.

A pesar de esto, de la terrible amenaza en que consiste Bukele para su propio país, para sus instituciones, para la cultura, la educación y otros derechos fundamentales que, por lo visto, no son parte de su plan de gobierno, intento demostrar que también es una amenaza para la poesía. Y es que el desprecio a la poesía del actual gobierno salvadoreño es descomunal. No me refiero a que crea que los poetas se encuentren amenazados como los ya referidos, sino de algo menos cruel pero de igual vileza: la manera cómo, desde su posición, este mandatario y sus servidores públicos están usando la imagen sagrada de Roque Dalton para hacer campaña. Sí, precisamente la imagen del autor de Un libro rojo para Lenin, que si fuera de alguna persona (porque su imagen no le pertenece a nadie, jamás a ningún gobierno) no sería solo de la gente de a pie de El Salvador, sino también de las gentes de espíritu libre de Latinoamérica y del mundo, porque la memoria de Roque Dalton ―quien aconsejaba: «No olvides nunca/ que los menos fascistas/ de entre los fascistas/ también son/ fascistas»― está siendo profanada por el tipo de personas que con toda su inteligencia combatió, hasta el punto de decidirse a tomar las armas y con esto perder la vida.

La ignominia nació con sentimientos encontrados, pues desde su cuenta de Twitter, el entonces posesionado Nayib Bukele ordenó, el 3 de junio de 2019, la destitución de Jorge Meléndez, quien había sido Director de Protección Civil durante diez años por el FMLN, a causa de estar acusado del magnicidio de nuestro poeta Roque Dalton; este, en una rueda de prensa, al día siguiente, con su cinismo habitual y su silencio imbécil frente a los sucesos del 10 de mayo de 1975, se «defendió», apelando a la tan citada cojera de la justicia y diciendo que le parecía el colmo que quienes hicieron la guerra en su época, del lado de la ERP, sean tachados de criminales, cuando tuvieron muchos prisioneros que hoy en día son sus amigos. Por supuesto, podríamos decir, todos son sus amigos, exceptuando Roque, a quien mataron y desaparecieron.

Asimismo, quien más ha arrojado ingredientes oprobiosos a este asunto es la ministra de cultura, Suecy Callejas Estrada, quien, gracias a la iniciativa del presidente, también desde su cuenta de Twitter, ha manoseado una y otra vez la figura del poeta con su inclusión en un programa para publicar su obra (que ya se encuentra publicada por Ocean Sur, por ejemplo, o por el Fondo de Cultura Económica de México y muchas otras editoriales comerciales,  artesanales y cartoneras en el mundo hispanohablante) y construir en la que fuera su casa un centro cultural, cuando es sabido que el poeta ni siquiera tiene una tumba y su crimen está todavía en la impunidad. La ministra, al parecer, nunca ha leído a Dalton y habrá, a lo mucho, buscado en Wikipedia una biografía suya, porque si supiera de quién se trata y hubiese leído con atención los libros Pobrecito poeta que era yo, Las historias prohibidas de Pulgarcito o el célebre El Salvador. Monografía, tendría certeza de que el poeta e intelectual, cuya figura están usando para sacar del camino a sus enemigos políticos, nunca se hubiera prestado para nada relacionado con la afectación de su gente y nunca le hubiera dado la mano ni siquiera a los menos fascistas de entre los fascistas.

La suerte está jugada en este asunto del desprecio a la poesía por parte del gobierno salvadoreño y de su amenaza a la democracia y a la Constitución. Esperemos que haya justicia y memoria con los poetas que han caído en la guerra y que Roque pueda seguir transitando la eternidad, libre como ha sido desde hace ochenta y cinco años. Esperemos que las instituciones del Estado salvadoreño que desconocen, como yo, qué es la poesía, al menos la respeten. Y confiemos que el siguiente poema de William Alfaro, uno de los grandes poetas contemporáneos de El Salvador, adquiera otra significación para la amorosa y bella gente de este país, que tiene la esperanza de no salir afectada por el sonido de los clarines marciales dispersos en el ambiente después del 9 de febrero del año que corre:

Breve apunte sobre mi odio
Odio el nombre de mi país por no poder salvarme

@amguiral en Twitter

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