El Peatón

Publicado el Albeiro M. Guiral

El deber de la desobediencia civil

Reflexiones sobre el emblemático libro de Thoreau en tiempos de pandemia

Tranvía incendiado frente al Capitolio Nacional de Colombia en protesta por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (abril de 1948).

Henry D. Thoreau (1817-1862) inicia su famoso ensayo Sobre el deber de la desobediencia civil con una cita que le atribuyen por error a Thomas Jefferson, y que al parecer era el lema de la Democratic Review de John L. O’Sullivan: «El mejor gobierno es el que menos gobierna». Palabras que podrían ser terribles si fuesen llevadas a la práctica por un neoliberal, y más en los tiempos que corren. Thoreau la usó, en realidad, como diatriba: el 24, o el 25 de julio de 1846, el recaudador de impuestos de su comarca le instó a ponerse al día con seis años de impuestos atrasados. Él se había resistido a pagar como oposición a la esclavitud y a los intereses expansionistas de su país, y se resistió una vez más, por lo que fue llevado a la cárcel.

Fue liberado al día siguiente. Solo estuvo preso una noche porque alguien pagó, contra su voluntad, la deuda. El ensayista usó el lema como diatriba, sí, pero, irónicamente, contra la persona que le liberó (se presume que una tía), pues él consideraba que, en un Estado injusto como el suyo, la cárcel era el lugar de las personas honestas. Y ese alguien pasó por encima de sus principios. Esa experiencia causó que, entre enero y febrero de 1848, se diera a la tarea de ser conferencista en el Concord Lyceum sobre Los derechos y deberes del individuo en relación con el gobierno, exponiendo su resistencia tributaria e invitando a la gente de su pueblo a implementarla.

Esas charlas se convertirían en el delgado libro que hoy, en tiempos de pandemia, quisiera evocarles, y ese lema que empecé citando, unas líneas más adelante de ese mismo libro, se iba a volver una paráfrasis poderosa: «El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto»… Y agregaba: «…la mayoría de los gobiernos son por lo general, y todos lo son alguna vez, un inconveniente». Se preguntaba, en la época de la esclavitud, que no alcanzó a ver abolida, si no podía haber alguna forma de gobierno donde la mayoría no decidiera entre lo correcto y lo incorrecto, sino que se rigiera por la conciencia individual, y me temo que, aún hoy en día, las cosas no han cambiado: la democracia representativa no es más que el ocultamiento del individuo, pues la masa, esa muchedumbre ciega, escoge —cree escoger— sus mejores tiranos.

El Estado ha tejido la encrucijada a la perfección: con el pago de impuestos, le hemos sostenido económicamente la violencia, inclusive hemos patrocinado así la seguridad vitalicia de los verdugos. A pesar de esto, es incapaz de retribuirnos. Nuestra vida para él no es más que una estadística. ¿Entonces por qué esperar que nos diga qué hacer? ¿Por qué seguirle tributando?

Estas líneas son un llamado a la reflexión en soledad. La vida —¿o la muerte?— nos está recordando nuestra individualidad dotada de consciencia al hacernos resguardar en nuestras moradas, cualesquiera que estas sean. O, como a Thoreau, al hacernos venir a esta cárcel en que consiste la cuarentena. Él se dio cuenta en su prisión de que se compadecía del Estado, porque le resultaba inferior al individuo; de ahí en adelante iba a defender la vida interior, a «depender tan sólo de sí mismo, siempre arremangado y dispuesto a empezar de nuevo, y no estar metido en muchas cosas».

Este aislamiento social será una larga noche. ¿Qué conclusiones sacaremos a propósito de nuestro papel y el del gobierno? ¿Cómo será nuestra desobediencia al recuperar la libertad?

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Referencias:
Thoreau, Henry D. Desobediencia civil. Trad. Plácido de Prada. Barcelona: José J. de Olañeta, Editor, 2016.

 

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