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Yo soy…

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Por: Orquídea azul (seudónimo)

Biografía-crónica

I

Mis recuerdos de infancia, como los de todos los niños que nacen y viven en la vereda de Santa Cruz del municipio de Policarpa, departamento de Nariño, están teñidos de sol, lluvia y el olor de la tierra acariciada por el azadón. Me gustaba salir con mi madre y otros niños a recoger cacao en pepa o a ordeñar las vacas. Me gustaba ver a los peones llegar cargados de caña al trapiche, donde la molían para sacarle la miel y hacer el guarapo. Y también el charuco, que los mayores y los muchachos grandes tomaban en las fiestas, donde se bailaba con la música de los “lonpleyes”, unos discos negros y grandes que se ponían en una radiola de pilas. La música de los “Lonpleyes” está unida al recuerdo de mi padre, sus borracheras y las palizas que le daba a mi madre por no haberle dado un hijo varón. Yo era muy traviesa.

El más temprano de mis recuerdos es el del día en que mi mamá luchaba para que yo desayunara rápido y poder bañarme. Entonces, cogí la taza de café con leche que ella estaba tomando y… ¡me bañé! Mi mamá me dio tres fuetazos con la correa de mi papá.

Fuetazos y papá están juntos en mi memoria. Él quería que por lo menos su primer hijo fuera varón y yo fui su única hija. Nunca me lo “perdonó”. ¡Como si eso fuera algo que tuviera que perdonarse!

II

Cuando tenía seis meses mi abuelo llegó para llevarme a su casa. Mis padres nunca me dijeron la razón para aceptar una larga separación, pero creo que tuvo que ver con que mi padre no podía aceptar que una niña fuera su mayorazgo. Fue tanto el tiempo que permanecí con mis abuelos, que cuando mi mamá volvió por mí realmente me costó “entender” que ella era mi madre. Desprenderme de mis abuelos fue un nuevo dolor. De Santa Cruz nos fuimos a vivir a la vereda Peñas Blancas, asentada entre montañas por donde corrían dos ríos grandes donde mi papá iba a pescar, lo que ayudaba a mejorar la alimentación. Los víveres tocaba traerlos del pueblito, a dos horas a caballo.

Cuando cumplí los seis años, mi papá vendió la finquita para comprar otra cerca de una escuela en donde me había matriculado. Había que caminar más de media hora para llegar a ella. Le pagó a un vecino para que me diera posada y comida, pero en esa casa había unos niños que me peleaban mucho. Aguanté dos meses y una tarde salí muy triste de la escuela; llovía, el cielo estaba muy oscuro y el viento traía un frío que mordía. Decidí regresar a mi casa. Llegué empapada, cubierta de barro hasta la cabeza, asustada y llorando. Mi mamá también lloró cuando me recibió entre sus brazos, pero mi papá apenas llegó de trabajar me dio fuetazos con su correa y a la madrugada me llevó a la escuela. Yo me agarré de sus piernas y le rogaba que no me dejara allí, pero él me apartó y me amenazó con un castigo muy feo si no me quedaba. Acepté quedarme en la escuela, pero no en la casa del amigo de mi papá. Mi mamita me levantaba bien temprano, me ponía mis botas, mi capa y mi portacomida con el almuerzo. En esos tiempos en las escuelas no había restaurante y mi profesora me ayudaba a calentar la comida. A veces me caía y entonces me tocaba aguantar hambre hasta que volvía a la casa. Un día mi papá llegó con un ahijado y le dijo a mi mamá que iba a vivir con nosotros para que yo no tuviera que ir sola a la escuela. Una vez, salimos de la escuela y al pasar por una quebrada ese niño se quedó haciendo volar piedras sobre el agua. Yo le decía que dejara de jugar que se nos hacía tarde, y como él no me hizo caso le escondí los cuadernos. Él salió corriendo para la casa, le contó a mi papá lo que yo había hecho y por eso apenas llegué me recibió a fuetazos.

*Este capítulo hace parte del libro Fugas de tinta 8, editado por el Ministerio de Cultura y el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) que apoyan el programa ‘Libertad bajo palabra’ que ofrece talleres de escritura creativa a un promedio de 400 internos anuales en 21 cárceles del país. 

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