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Vacío

Carlos Orlando Posada

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Fotografía tomada de digitalismo.com

¡Se acabó la guerra! amanecieron anunciándolo en las noticias, él miraba las imágenes en el televisor, prendió la radio y todas las emisoras  anunciaban con alborozo que la guerra había terminado, palabras que retumbaban en el silencio del campo. No se reflejaba en su rostro mohín alguna, sé quedo como muchos días, muchas tardes y noches enteras, recorriendo los años pasados, las risas perdidas, sus emociones petrificadas en su memoria, que no se ve en ninguno de sus movimientos, su rostro adusto, sus ojos perdidos sin brillo, huecos, y lejanos, como la mirada de un anciano que ya no sueña y ve la vida con la crueldad que ella embiste.

Se levantó sin aliento, apoyando sus dos manos en los descansabrazos de la silla, miró su café, estaba frio, lo cogió y lo bebió de un solo sorbo. Lento se dirige a la pieza donde está su compañera que permanece acostada boca arriba, con sus ojos abiertos mirando a la profundidad del espacio que termina en el techo de la casa.

¡Sargento! Una voz de mando retumbaba en el salón, un oficial de academia bien presentado con uniforme implacable, escritorio ordenado y oloroso a colonia. Está sentado cómodo en su silla. Detrás, en la pared, dibujos en negrilla, cuadros del libertador Simón Bolívar y fotos del actual presidente de la república y diferentes mandos militares. El silencio duró minutos que se volvieron eternos, cuando se oyen tres golpes en la puerta que está entreabierta. ¡Siga!, posición firme, saludo enérgico, ¡como ordene mi teniente!

-¿Qué ha pasado con lo que se compró para detectar el enemigo?

Prosigo mi teniente, se compraron treinta bichos en forma de araña y grillos de tamaño normal y aspecto natural, según el informe están compuestos de cámaras, chips de trasmisión satelital, tienen movimientos varios, lo más sofisticado es que están programados para detectar olores, según estudios científicos cual fuera la profesión así es el olor que expele el cuerpo, ejemplo, como cuando se tiene miedo. A eso lo llaman nanotecnología, porque son circuitos muy pequeños difíciles de detectar.

– Eso está muy bien sargento ¿Se les hizo la prueba correspondiente?

– ¡Si señor!, se mandó un grupo de civiles para que hicieran la prueba en una vereda, cerca de la zona de guerra, al llegar se dirigieron a la cantina del pueblo, antes de entrar soltaron cuatro bichos, dos arañas y dos grillos los cuales se adentraron en el establecimiento, al rato se pasaron en diferentes morrales de paisanos que tomaban cerveza en varias mesas. La misión era seguir la señal, grabar todo lo que más se pudiera, se prosiguió a seguirlos durante dos días y encontraron un cambuche con veinte subversivos y un comandante de mandos medios, los cuales fueron abatidos en su mayoría, otros, tomados presos. Nosotros tuvimos dos bajas. Si esto funciona como está sucediendo la guerra acabará muy pronto.

– Eso está muy bien sargento, pero necesito más resultados, los de arriba me exigen y no podemos defraudarlos. ¿Cuánto tiempo tienen de vida útil estos aparatos?, necesito información detallada para pasar los informes a mis superiores.

– Mi teniente todo irá minuciosamente explicado para que no haya ningún inconveniente.

– ¡Puede retirarse!

Coge la perilla, abre la puerta, sale rápido y jadeante. Su cuerpo es macizo, no muy alto, estatura promedio, la piel cuarteada por el rigor de la selva. Se notan las horas de camino, las noches de desvelo, el sufrimiento por su tropa. Los rasgos son nobles, su risa, sincera. Su dentadura, pareja, entre blanca y amarilla. La luz del sol le hace entrecerrar sus ojos.

– ¡Uy! Mi sargento está verde, parece el ogro de las películas de dibujos animados que anda con un burro y un gato.

– Tranquilo, que nosotros lo apoyamos.

– Ese triple… teniente cree que el monte es lo mismo que el entrenamiento en la academia.

¡Mujer! Se oye una voz firme pero suave, ella no se inmuta, sigue en su posición aletargada, mira a sus hijos jugar en el campo cuando llegan de la escuela rural. Eran hermosos porque eran hijos de ella. Borró de su memoria el momento en que la guerrilla se llevó al mayor, disfrutó al menor hasta cuando se fue a prestar servicio militar. Lágrimas rodaron por el costado de su cara. Mujer… ¿me oyes? En las noticias dicen que por fin terminó la guerra. Se escucha un grito que se ahoga en la garganta. Es de dolor y se queda en el vacío de la habitación.

– ¡¿Y a mí de que me sirve que se termine la guerra?!

 

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