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Una tarde de frío

Juana M. Ramos.

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Una tarde de frío

Siempre me gustaron los campanarios
y las mujeres con sombrero
los hombres que confiesan
una receta de su madre en la cocina,
el otoño en pleno y sus hojas
la cafetería a punto de la asfixia
entre dos franquicias multinacionales.
Hace mucho frío esta tarde
y suena una voz aguda en bachata.
Aprieto los dientes sin saberlo
me lo anuncia la mandíbula tensa y dolorida.
Algún día sanaré, pienso,
mientras recuerdo que las calles de mi infancia
han vuelto a inundarse.
En esta habitación agoniza el tiempo
y limpio las gavetas
(en el fondo una imagen de la Calzada de los Muertos)
desuello las paredes
en un arrebato minimalista:
solo quiero una mesa y una silla.
De tanta ciudad hoy lloran los pájaros
buscan el árbol centenario.
Los campanarios siempre me gustaron, insisto.

Dicen 

Dicen los que saben
que no está más de moda escribir sobre luciérnagas
que hay que poner mar entre la voz y la nostalgia
que es preciso insistir en el polvo y la ceniza
que de vez en cuando es conveniente desatarse del mástil e ir tras la sirena
que nunca está de más bifurcarse en el camino o embriagarse con la sombra del eucalipto
que es imprescindible en el tormento gritar «puerta» «ventana»
que el nudo en la garganta ha pasado a ser problema del cuchillo.  

Atardecer

                    “¿Quién, ante el amor,

                        se atreve a nombrar el infierno?”

                                                                                 Charles Baudelaire

No, esta vez no es la ciudad,
es el olor a durazno que despide tu pelo,
es el color alabastro de tus manos
que frotas con calma en señal de protesta ,
es un bullicio agolpado en el pecho.
No es la ciudad, son los pasos en busca del agua,
ancha y pacífica que invita a romper su serenidad.
Porque todo sabe a ciudad y esta vez no duele,
porque todo sabe a río y río a medias con una sonrisa entera,
como quien presiente una tristeza inmensa.
Es el “NO”,  pez grande, ballena que se traga la esperanza.
Procúrame tus certezas para iluminar las entrañas y hallar la salida,
bríndame tus hallazgos para cerrar sin remordimiento la puerta,
préstame tu paso, para doblar la esquina y no volver atrás.
Insisto, no es la ciudad, es el silencio que otorga derechos y
conduce a engaños , es  aquel edificio que se ve a lo lejos
y hiere el horizonte, donde choca el sol,
donde habrá dos cuerpos buscándose
con insistencia. Repito, no es más la ciudad,
es la tarde que convida, es la cuerda floja y
los mil malabares de un beso enano. 

La distancia

Mi madre apenas de seis años
sentada al lado de María León Vásquez,
su abuela, recorre paisajes verdes, otros
polvorientos que le ofrece la somnolienta
ventana del tren que le enseñó de distancias.
Mi madre, de 45 años, sentada al lado de un
extraño, recorre las entrañas del Imperio,
las ventanas apretadas no le muestran más
que sombras y siluetas, va en el tren que
la ha vuelto distancia.

***

Juana M. Ramos. Nació en Santa Ana, El Salvador. Reside en la ciudad de Nueva York donde  y es profesora de español y literatura en York College, CUNY. Ha participado en festivales  y lecturas de poesía internacionales en México, Colombia, República Dominicana, Honduras, Cuba, Puerto Rico, El Salvador, Argentina y España. Ha publicado los poemarios Multiplicada en mí (Artepoética Press, 2010; segunda edición revisada y ampliada, 2014); Palabras al borde de mis labios (miCieloediciones, 2014) y En la batalla (Proyecto editorial La Chifurnia, 2016). Es coautora del libro de testimonios Tomamos la palabra: mujeres en la guerra civil de El Salvador (1980-1992) (UCA Editores, 2016). Además, sus poemas y relatos han aparecido publicados en varias antologías, revistas literarias impresas y digitales a lo largo de Latinoamérica, EE.UU. y España.

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