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Una selfie con el papa

Omar Raúl Martínez Guerra

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Cuento   

 Faltan diez minutos para las diez de la mañana y la tenue llovizna que cayó sobre este sector de la ciudad empieza a desaparecer, para ser reemplazado por la luminosidad de este día dominguero. No he dado aún veinte pasos con destino al parque Simón Bolívar, y ya se acerca por mi espalda la sombra de un personaje que  resulta conocido en el vecindario.

–          Buenos días- ¿es usted el dueño del carro?

–          ¿Cuál carro?

–          El que está allí parqueado…

–          ¿Y usted porque me pregunta si soy el dueño?

–          ¿Es o no el dueño ?, dígame..

–          ¿Y porque tengo que decirle eso..?

–          Porque después figura como carro abandonado…

No soporté seguir en un dialogo improvisado con alguien que posa como cuidador de vehículos en el barrio. Reconocí  su tonito autoritario. “Que le importa a este sujeto si es mi carro o no lo es, si parqueo allí o no”.  Se trataba de un hombre flaco, de tez blanca y rojiza, un poco desdentado, con una gorra sobre su cabeza y un trapo rojo en la mano derecha. Es famoso entre los vecinos  por belicoso. En más de una ocasión ha sido sorprendido dándose golpes con alguien que le hace la competencia en la vigilancia de los vehículos que madrugan a buscar un lugar en las calles aledañas, siempre en donde aparecen avisos que dicen “Prohibido estacionar”.

“Que joda”, me dije hacia mí mismo, “tener a la salida de su casa que pensar en dar explicaciones a un sujeto que es famoso por su mala calaña, abusivo, pendenciero.”

A los diez minutos de camino, me encontraba ya en el parque. Eran las diez, el calor del sol aumentaba. La sola entrada a este bello paraje terrenal, sitio  de descanso e inspiración construido sobre la fabulosa idea de la naturaleza viviente, con prados de verdes poéticos, un apacible lago, árboles de mil formas, aves de la sabana   y aire puro, en el corazón de Bogotá, reconfortaba. Un lugar paradisiaco, desconocido-paradójicamente en bien del propio parque- por la mayoría de sus habitantes.

Sus alrededores  eran una verdadera coreografía multicolor, con tantas cometas de  agosto amarradas a estacas y cuerdas sobre los prados frescos de las anchas  zonas verdes.

El viento movía sus sedosas y coloridas telas, dándole vida a esas creaciones de artesanos criollos, que ansiosos siempre,  estaban al acecho de los niños que soñaban contar con una de ellas. En medio de esa selva psicodélica,  alegre y vistosa, se movían miles de personas, que ingresaban al lugar, de vendedores ambulantes, policías, visitantes, ciclistas, caminantes, nativos y turistas.  Justo el momento para recordar la noticia:

-“Habrá misa con el Papa Francisco  en menos de dos semanas. Calculan entre uno y dos millones de peregrinos dispuestos a buscar un lugar en sus alrededores”, evoqué, sin intención alguna.

Justo entonces  sobrevino en mi esa espesa sensación, precedida de un vértigo incontrolable, mientras sentía que treinta parlantes distribuidos entre el espacio, amplificaban voces que coreaban consignas de ejercicios aeróbicos, uno, dos, tres, wu, wu, wu,  ¡arriba, abajo ¡, con un marco musical atronador en el que se mezclaban las notas rimbombantes del reguetón, toróm tom tom, la huella  de los descomunales bafles que sembraron en el entorno el eco de inmarcesibles  rockeros de oficio,  las voces exclamantes  de vallenatos en boga, las narraciones de competencias atléticas sin fin, los gritos de los vendedores de obleas, de arepas, de sombreros, mientras mis ojos alcanzaban a ver, en medio de mi desvanecida catalepsia , las sombras de    pancartas azules esparcidas por doquier en avisos de “Bogotá mejor  para todos “, de la lotería de Bogotá,  de mil  inodoros ambulantes, de colombiana la nuestra,  de esto y lo  otro.

Del indeseado trance  sentí el paso a una especie de sublimación total. Me vi flotando sobre una muchedumbre delirante. La policromía del entorno era ahora un charco gris y fangoso. Entonces creí  que los días habían pasado en pleno estado de una ingravidez absoluta, que ya habían transcurrido las dos semanas, y que todo el inesperado caos se debía a que el Papa, en cuerpo y alma, ya estaba instalado sobre la silla asignada en el centro de un adornado  terraplén.

Pude ver entonces lo que de otra manera me habría resultado imposible. Allí estaban, allí, los representantes del Gobierno Nacional, los honorables congresistas, los inmaculados  magistrados de todas y cada una de las Cortes,  las aplaudidas  fuerzas vivas de la nación, los voceros de la opinión ciudadana,  las autoridades episcopales, los policías y los militares, los feligreses, los impíos, los piadosos, los beneficiarios de la excarcelación, los vendedores de obleas, los curiosos, los creyentes, los agnósticos, los místicos, los políticos de la esperanza, la congregación de todos los santos, los taxistas, los usuarios.

La pugna por acercarse al Pontífice era cosa de locos. Cada uno quería darle la mano, abrazarlo, tocarle el vestido. Pero sobre todo, tomarse una selfie con el Papa. Sin esperanza, los menos avezados se treparon de los árboles crujientes  en racimos humanos, mientras los demás corrían de un lado hacia otro, jadeantes.    La muchedumbre entonces perdió a sus individuos y se fundió en una masa melcochosa que luchaba por despegarse de un mar de polietureno  derretido, salido de la infinita cantidad  de envases plásticos  y de icopor en los que se sirvieron antes  frugales comidas y bebidas, en tanto relucían sobre ellos  innumerables lucecitas como enjambres de luciérnagas de metal y vidrio, constituidos por las pantallas activadas de los celulares que pretendieron sin éxito tan solo tomar una selfie, junto al Papa.

Con el espanto a cuestas y poseído del sinuoso tormento de una aventura en un submundo esquizofrénico, vi, poco antes de que se desatara el inclemente  aguacero, cómo las nubes blancas del firmamento empezaron a transformarse en formas corporales que semejaban en medio de mi  propio delirio, a un comando de ángeles con trompetas doradas que parecían anunciar un mensaje de apocalipsis.

¡“Sálvese quien pueda”¡!-, alcanzó a oírse entre la vocinglería infernal. Y Vino entonces lo inefable: una constelación de cometas de mil formas, policromías  y tamaños, armó una red inmensa hasta tapar el firmamento, se ubicó justo encima del lugar escogido para la misa, y dejó caer una cola de festones  que envolvió al Papa por la cintura, lo arrancó con presteza angelical de la silla donde se encontraba sentado, lo envolvió entre sus tejidos sedosos, y lo elevó en insospechado vuelo a los confines del cielo.

Entonces sentí el alivio del sopor terminado y  mi caída sobre el prado fangoso, destruido ya de tanta pisada, mientras escuchaba la voz dulce y calmada proveniente de esa alfombra mágica de volátiles y esplendorosas cometas que decía:

“Padre mío, yo por acá no vuelvo”.

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