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Último día del año

 

fin-de-anio

 

Camila Bulles

Era el último día del año. Se sentó en el balcón de su habitación para pintarse las uñas de los pies de rojo escarlata. Siempre disfrutó pintarse las uñas los días en los que el sol reventaba en las tejas y se devolvía al cielo en explosión de luz.  Después de terminar se sentó en el barandal blanco y comenzó a balancear los pies a la altura de un segundo piso. Cerró los ojos. Fuerte. Profundo. Cuando los abrió había cambiado el asfalto gris muerto que precedía su casa por el agua transparente y la arena blanca de la mar… No lo podía creer, hacía tan solo cinco segundos estaba debajo del techo de zinc de su casa y ahora su techo era azulito, desnudo de nubes. Metió sus pies en el mar y  sintió que le empapó hasta el alma que queda en los ojos o la que queda en la sonrisa; sus uñas se veían más rojas cubiertas por la espuma, no pensó en su vestido de baño o en su protección solar, tampoco pensó si tenía gafas o si su cabello estaba como un nido de pájaros tropicales. Estaba en el mar y eso era suficiente para estar viva, viva y feliz.

Es el último día del año, pensó. Un millón de imágenes, por lo menos, se le vinieron a la cabeza. Quiso recordar cómo había sido su año pasado, ese mismo día, y no encontró rastros de lo que fue. Es cierto que la mente va sacando recuerdos que no le sirven para liberar el espacio para aquellos momentos que son indispensable guardar, de los que depende la vida y también de los que depende la muerte. Se fue de espaldas hacia la arena que sentía como le perforaba la espalda y se le iba metiendo por los pulmones en son de limpiarlos y prepararlos para un nuevo año de humo vehicular y suciedad citadina. No sentía ardor por el sol en los ojos, lo podía ver como una esfera lejana que se consumía por el fuego y se dilataba lento, quemaba lento, vivía lento. Era el último día del año y ella se sentía como si fuese el primer día de su vida: su cuerpo fatigado, el sonido de las olas, una tras otra pegando en lo más hondo de la orilla. Había descubierto muchos infiernos que luego el amor redimía, había pasado mucho tiempo en descubrimientos de paraísos olvidados que luego el amor profanaba. Había muerto y renacido entre las noches vagabundas de un año que se fue en la barra del bar La Milonga, pero que ella ahora lo sentía apenas nacer en sus entrañas.

Tenía el corazón roto por las promesas que jamás le cumplieron, es de las que entrega el cuerpo pero la que regala el alma para siempre, entonces lo que tenía dentro de sí eran pequeños trozos de lo que un día fue un espíritu completo y brillante; ahora solo le quedaban retazos del amor que le devolvieron en una carta o en una llamada telefónica.

La boca con sal. Los ojos con el atardecer. Ella. El mar. La película del año: canciones que aprendió, grupos musicales que conoció por la recomendación de un viejo gordo en el bar, zapatos nuevos y otros que tuvo que enviar a la basura. El amor efímero, los abrazos, las miradas, los tantos no que le gritaron en su cara y los sí que se lanzaban al aire cuando estaban dentro de ella y todo lo que se resumía en una palabra tan pobre, tan vacía. AÑO.

Abrió los ojos y con desanimo se encontró de nuevo en el balcón de su casa. Con las uñas recién pintadas y la cara como mortadelas, a lao y lado, asadas por el sol que le dio de frente. Solo tenía un pensamiento en su cabeza: No quería cambiar de año. Quería quedarse en ese hasta que ella decidiera cuándo podría cambiar. Daría abrazos hipócritas y sonrisas fingidas a los familiares ebrios a las 12 de la noche; pero sabría que ella no cambió de año, que como muchas otras veces, solo entraba en el teatro de lo común, de lo socialmente aceptado, porque ¿Quién decidió que el 31 de diciembre termina mi año?

 

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