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Todo sangre

Fernando Araújo Vélez

Podríamos haber llorado juntos, tal vez, y conversar sobre esto, abrazados, sin fin, sin culpas, pero tú no previste esa opción. Y quiero pensar que no la tuviste en cuenta para no torturarme más, aunque sea poco probable que uno se torture más. Sabrás que hace 15 días lo supe todo, acá en la cárcel. Un preso, tío de un amigo tuyo, se enteró de que yo era tu hijo porque alguien se lo contó hace no sé cuánto tiempo, quizás un año atrás, cuando me metieron acá. Lo habrá pensado todos esos días y se habrá guardado el secreto cada vez que se cruzó conmigo. Un tipo respetuoso como mínimo, pienso yo. Cuando me soltó el fardo y me confesó que tú eras un informante no le creí, por supuesto.

Habíamos peleado. Nos habíamos dicho todo lo que se dicen dos hombres en estas circunstancias, con odio, con deseos de matar, con sevicia. Pero ya ves, pasaron los días, yo me calmé, y la cuchillada de “tu papá es un informante” siguió ahí. Cada vez más honda, más lacerante, más herida para el resto de la vida y, lo peor, más real. Qué informaste, a quiénes, por qué, cuándo. Cuánta gente habrá terminado en esta misma cárcel por tus denuncias. Y cuántos muertos. Te pagaron, ¿cierto? O iba algo más en esto. ¿Tu vida? ¿La mía? A qué jugaste y cuándo comenzaste. Cómo hiciste para mantener todo tan escondido. ¿Lo supo mamá antes de morir? ¿Lo supo desde siempre y fue tu cómplice y cómplice de mi propio fin? Cuántas preguntas sin respuesta, cuántas dudas.

Un día ya no pude callarme más. Por eso esta carta y este sin sentido, pues a estas alturas de la vida no sirve de nada cargarte con lo que sé. “Sé demasiado, me convierto en mi saber”, como decía una canción de Silvio Rodríguez. Esta es mi venganza, eso también lo sé, y con el tiempo, seguro me arrepentiré. Pero hoy, ya ves, soy todo dolor, todo sangre. Todo muerte.

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