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¡Síganme los buenos!

roberto

Irina Isabel Yusseff Mujica

Hace unos días, revisando mi celular, encontré  un mensaje de texto que decía: Últimos día del Chat del Cielo. Si deseas comunicarte con esa persona que tanto extrañas, manda un mensaje con su nombre a este número  y podrás hablar con ella por chat durante una hora. ¡Aprovecha, es la primera y última vez! No lo dudé ni un segundo, mandé el mensaje con el siguiente nombre: Roberto Gómez Bolaños. Estaba muy enojada por su partida y necesitaba una explicación. Tan pronto como mandé el mensaje de texto se abrió una ventana de chat en mi celular. Era él.

–          ¿Hola, querías hablarme?

 

–          Sí, necesito preguntarte por qué te fuiste. ¿Por qué nos dejaste así, sin más?

–          Lo sospeché desde un principio, pero déjame decirte que todos mis movimientos están fríamente calculados.

 

–          ¿Cómo así, sabías que te ibas a ir?

–          ¡Pa´que te digo que no si sí! Pero fue sin querer queriendo. En el cielo me necesitaban.

 

–          ¿Ah sí? Pues no me parece. Dame un motivo.

–          Tómalo por el lado amable. Necesitaban alguien que alegrara este lugar. Últimamente los ángeles estaban muy serios y se estaba poniendo pesada la situación. No te doy otra no más porque fue la única razón por la que decidí irme.

 

–          Pues sigue sin parecerme. Aquí todos estamos tristes, enfadados y confundidos. Tenía la ilusión de conocerte algún día y mira, decidiste irte.

 

 

–          Bueno, pero no te enojes. Es que me dio cosa no venir a ayudar acá arriba después de todo lo que me ayudaron cuando estaba abajo. Mi misión en la tierra está completa. Diles a los demás que no panda el cúnico, que mi corazón se quedó allá, con cada uno, y que estoy agradecido por tanto cariño.

 

–          Está bien.

–          ¿Me haces otro favor?

–          No, aún sigo enfadada.

–          Bueno, al cabo que ni quería.

–          Mentiras, te hago los favores que quieras. No podría negarte nada después de todo lo que me has dado. Te admiro porque eres un genio de las letras, del arte y del humor.

 

–          Gracias, escuchar eso me hace feliz. Nunca quise ser admirado, solo quise brindar sonrisas.

 

 

–          Lo sé y te doy gracias por eso. Por hacer de mis tardes las más felices de mi infancia, por hacer de los domingos en la mañana los más divertidos de mi adolescencia y por hacer del mundo un lugar más feliz.

 

–          No hay de queso, no más de papa. Ahora quiero que le lleves este mensaje a todos: “Sean más ágiles que una tortuga, más fuertes que un ratón, más nobles que una lechuga, pero lo más importante que su escudo sea un corazón”.

 

 

–          Con mucho gusto. También les explicaré porque nos dejaste. Todos pensábamos que era por tus años y creímos que no te quedaban fuerza para luchar.

 

–          ¿Qué cosa dices que dijiste? ¿Insinúas que soy viejo?

–          No, claro que no. Pero como te fuiste sin avisar y nos quedó un gran vacío, eso fue lo que pensamos. ¿Por qué no nos notificaste de tu decisión? No estaríamos tan tristes.

 

–          Se me chispoteó.

–          Bueno, está bien. Te perdonamos. ¿Sabes por qué? Porque vas a seguir repartiendo alegría en el cielo,  porque nos dejaste un legado inmenso imposible de olvidar y porque, como nos regalaste tu corazón, todas las generaciones futuras sabrán de ti. Te perdonamos porque eres único e irrepetible.

 

–          ¡No contaban con mi astucia!

–          Claro que sí, siempre contamos y contaremos  con tu astucia. Ya se nos acabó el tiempo, ¿quieres decir algo más?

 

–          Sí, ¡Síganme los buenos!

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