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Shakespeare a velocidad de Fórmula 1

Shakespeare, según ilustración de la artista Erika Lloyd.
Shakespeare, según ilustración de la artista Erika Lloyd.

Nelson Fredy Padilla (*)

¿Poemas y kilómetros por hora? Puede ser. William Shakespeare y Adrian Newey tienen en común la calvicie, la brillantez y su nacimiento en Stratford-upon-Avon, en Warwickshire, norte de Londres. De Shakespeare hemos oído hablar miles de veces así pequemos de gravedad al no leerlo y luego releerlo. De Newey, el mejor diseñador de automóviles de carreras, oiremos cada vez más porque se convertirá en una de las grandes leyendas de la Fórmula 1, al nivel del piloto alemán Michael Schumacher.

“Es un genio y ya es una leyenda”, me advierte desde el circuito italiano de Monza, la catedral de la velocidad de la máxima categoría del automovilismo, Juan Carlos Pérez, el colombiano responsable de los contratos globales de la multinacional Shell y quien ha seguido de primera mano la evolución del caso Newey desde los talleres de Ferrari. “Ya es una leyenda en la F1 porque tiene siete títulos de constructores en su palmarés, tres con Williams, uno con McLaren y uno con Red Bull, y posiblemente uno más esta temporada”. Las líneas del actual Red Bull RB-6 resultaron tan perfectas que ha logrado todas las poles position de todos los grandes premios de este año, genera la mejor velocidad en curva y el más eficiente desgaste de neumáticos y amortiguadores. Además, es el modelo que mejor se adaptó a la innovación de los alerones traseros flexibles. Amerita recordar que buena parte de esta tecnología de punta luego se traslada a los autos de calle haciéndolos más seguros y eficientes. El control de tracción y los frenos de disco son dos de los ejemplos de la herencia de la Fórmula 1 para el ciudadano del común, que puede llegar a pensar que el automovilismo no es más que un circo de multimillonarios y locos por la velocidad.

“El único periodo donde Adrian no fue exitoso –destaca Pérez- coincide con la época dorada de Ferrari del 2000 al 2008. Su contraparte en Ferrari fue el sudafricano Rory Byrne quien formó parte del ‘dream team’ con: Michael Schumacher, Jean Todt, Ross Brawn y, por supuesto, ¡Shell! Yo no lo podía creer cuando en el paddock empezaron los rumores sobre que Adrian dejaría McLaren para unirse a Red Bull – estoy hablando del 2005 – cuando Red Bull no estaba entre los primeros lugares de la F1. Pero el tiempo le ha dado la razón al genio”.

Esta semana el campeón mundial español Fernando Alonso reconoció en Monza que “Newey es definitivamente clave” para que el equipo del Cavallino Rampante vuelva a triunfar. “Mi sueño es ganar para Ferrari. Y estoy seguro que es igual para muchos ingenieros, así que él, por lo tanto, tendría que venir a Ferrari”. Pero el genio de 53 años de edad ya demostró con Red Bull que el dinero no lo es todo para él y, por ahora, Ferrari dependerá del diseño de Pat Fry para 2012.

Como la mayoría de los grandes creadores, Newey es tímido y aunque asiste a los Grandes Premios prefiere encerrarse en su sala de dibujo a hacer bosquejos a mano, no en computador, al menos en la primera fase de sus diseños, como sí lo hacen los automatizados que intentan emularlo. Estudió ingeniería aeronáutica en la Universidad de Southampton, al sur de Inglaterra y se graduó con la tesis “Efecto suelo en coches de carreras”. Quien lo descubrió fue el supercampeón brasileño Emerson Fittipaldi. Lo contrató para su escudería de F1 Skol Team Fittipaldi. En 1983 pasó al equipo March Engineering de Indycar; y con el primer monoplaza que diseñó allí ganó siete carreras, incluida la Indy 500.

Quienes lo conocen de cerca cuentan que cuando no está en medio de la algarabía de los pits de la Fórmula 1, donde no se quita los audífonos para interactuar sólo con quienes le interesa, o en el túnel de viento de Red Bull confirmando sus teorías, prefiere entregarse a la lectura de las tragedias y comedias de su paisano Shakespeare.

“Allá va ‘el cisne de Avon’”, dicen en el poblado cuando ven a su admirado Newey. Para Shakespeare es la veneración. De resto, los dos hombres más célebres de esa región inglesa no tienen nada en común. Uno maestro de la aerodinámica. El otro de la poética, la dramaturgia, la retórica. Lo más cercano a la velocidad en Shakespeare pueden ser los nudos marinos que desarrolla el barco de Próspero, el duque que protagoniza el naufragio en “La tempestad”, obra teatral inspirada en la colonización británica a Norteamérica. En Avon también se habla, sin pruebas de que no se trate de ficción popular, de lo veloz que era Shakespeare a la hora de cazar ciervos en el parque Sir Thomas Lucy, a finales del siglo XVI. Sí es comprobable que en sus obras se refería a “la velocidad del relámpago”, con la que seguramente se identifica Newey y que resulta una perfecta definición de las máquinas que concibe este calvo que hace historia en el siglo XXI.

¿Cuánto más durará el reinado en la Fórmula 1 del jefe técnico de la escudería Red Bull? Me dice Juan Carlos Pérez que puede ser largo porque Byrne, el único que le plantaba competencia en la gran carpa, está prácticamente en retiro. “Aunque a veces presta servicios de consultoría, ahora se dedica a su club de buceo en Tailandia. Entonces Adrian tomó ventaja de su ausencia de la F1 para seguir cosechando títulos”. Y pensar que Newey coincidió en McLaren con Juan Pablo Montoya, pero la fórmula no funcionó debido a que al diseñador no le dieron toda la libertad que necesita y el piloto colombiano prefirió cerrar su carrera en la lotería de la fórmula Nascar y no perseverar en la Fórmula 1, donde hasta el propio Newey le veía potencial de campeón. Más lamentable que no se haya concretado tampoco la firma de un contrato entre Montoya y Red Bull, teniendo en cuenta que el dueño de ese equipo, el austriaco Dietrich Mateschitz, era ferviente seguidor del colombiano. Newey sí supo esperar y ahora el mayor mérito de su carrera es haber convertido a un equipo en supercampeón partiendo de cero.

Gracias a dos hijos de Avon, el arte de la velocidad encuentra significación en la métrica de uno de los sonetos de Shakespeare:“Tendrías vida nueva en vivos trazos… Si a ti mismo te entregas, quedarás/ por tu dulce destreza retratado”.

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(*) Editor dominical de El Espectador.

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