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Rogs: Rock sin pedigrí (Emergentes IX)

Por Camila Henao Builes 

La idea parecía ser una locura muy simple. Quizá no llegaría a llamarse locura y de a poco fue perdiendo el cariz de idea. Era más bien un impulso, como un golpe constante en el corazón que te martilla una y varias veces por la noche. Nada fuera de lo normal, 2008: un toque en la mente. Juan López no podía dormir y a veces un sonido en el estómago lo hacía temblar. Era el sonido de una guitarra, el golpe en el corazón: un choque eléctrico que venía desde el hemisferio derecho del cerebro. Sí, ese que motiva la creatividad, las pasiones y el sonido de la risa. Se dio cuenta de que no tenía una idea, que era una necesidad, algo de lo que desconocía el apellido pero cuyo nombre conocía bien: la música.

Álex Pela inició con Juan la construcción de Rogs, una banda de sótano, como ellos mismos la describen, que con una sinceridad extraña en estos tiempos de doblajes comenzaba a crujir y rasgar la tierra desde el subterráneo espacio de una casa en Campo Valdés, en el oriente de Medellín.
Sólo en 2011 la banda se completó. Llegaron nuevos tripulantes, nuevas manos para sonorizar el sueño, nuevas vidas para crear una sola: Jonathan Durango en la guitarra, Carlos Arango en el bajo, Daniel Orrego en la batería, Jonathan Rojas en los teclados. Ellos se unieron a lo que inicialmente tenían Juan López en la guitarra y Álex Pela en la voz, y luego, con el tiempo y los ensayos en el sótano, fueron dando un nuevo color, otras texturas, una nueva vida a una música que ya no se parecía tanto a la primera, pero que surcaba el espacio con sonidos que hoy consideran una manera de ver el mundo.

Hoy

Mayo 16 de 2015. Medellín se parece cada vez más, climáticamente, a las zonas costeras de Colombia, pero en vez de la brisa fresca que viene del mar, en la ciudad se respira el aire agrio y ácido que baja de las montañas y en el valle se tiñe con los desechos de los miles de carros y motos que hacen fila lenta en las calles. En la entrada de la casa, un número recibe: 81-57. No importan los números, ni las direcciones, y tampoco que Don Elías, el señor del frente, tiene una tienda donde vende todo lo de un almacén de cadena pero por precios mínimos, y que seguramente fía y anota en un cuaderno entre líneas los pesos que le deben. No importan el calor, el viaje que cada integrante de la banda deba hacer para llegar: es sábado y Rogs abre las puertas del sótano para ensayar: eso es lo único que importa.

“Este año estamos ensayando mucho. Estamos pendientes de convocatorias que salgan, organizando fechas y buscando alianzas con otras bandas para hacer toques en vivo”, dice Carlos Arango, bajista de la banda, mientras los seis, sentados en la sala de la casa de Álex, donde ensayan, hablan de la historia de la banda, de los aciertos, de lo que los encuentra.

El año pasado Rogs hizo parte del Festival Medellín Vive la Música, escenario que les sirvió para entablar nuevos contactos en la industria musical y que ayudó al grupo a confirmar sus sonidos. Luego su nombre apareció en el cartel del Festival Internacional Altavoz y todos los ensayos, las horas de grabación y de cansancio perdieron sentido y cobraron vida en los ojos de los espectadores.

Los espacios de integración musical en Medellín y todo el país sugieren nuevas propuestas en cuanto a sonido, ritmos y visiones. Ahora tenemos en un solo dispositivo o a la distancia de un clic la música que queramos, el artista y toda su vida y obra musical en una sola carpeta que ocupa en un espacio imaginario la extensión de mil canciones o de cien. Da igual. La inmediatez y la proliferación de información nos han llevado a diluir el mito, a ir asesinando aquella emoción que producía la búsqueda casi infinita de un artista, de una canción o un disco. Lo humano se expone tanto que pierde misterio y, por lo tanto, interés.

Así Rogs vuelve a los cimientos: a la creación a partir de conceptos comunes que nos identifican. “Rogs no es una banda desesperanzadora. Su música lucha contra la resignación y el desamparo. En sus líricas se siente un murmullo subliminal que alienta a seguir en la pelea porque ni el desamor, ni la falta de plata, ni la presión de ser algo que no somos nos van a derrumbar”, concreta Álex Pela.
Una vez dijo Robert Browning, poeta inglés, que el que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla. Y de repente sí, la música nos une y nos abraza en soledad o tristeza y también nos danza en dicha, entonces la buena música olvida la competencia desaforada y ensalza la amistad.

“Antes que compañeros de banda y músicos, somos amigos, y eso hace que fluya muy fácil”, cuenta Daniel Orrego, el baterista, mientras Jonathan Durango lo reconfirma: “Ellos cambiaron en cierta medida mi vida”.
En el sótano

Pela se quita los zapatos. Con su mano izquierda pasa uno de sus largos dreads por detrás del cuerpo, sopla el micrófono. Orrego se pone unos audífonos blancos, mira las baquetas mientras recorre con el dedo índice la delgada madera. Las cuerdas verdes del bajo de Carlos Arango quiebran la oscuridad del sótano: ligeras líneas verde neón, como luces de un carro que viene muy lejos. Bom, bom, suena en el cuarto cuando el anular le da a la cuerda del centro. Guitarristas listos. A Jonathan Rojas la luz de la pantalla del computador le cubre el rostro cual delgado manto blanco. Silencio. Daniel Orrego hace un sonido. Un “eh” sale de la boca de Pela y la habitación parece levitar.

Se le escuchó decir a Kurt Cobain que la música era el alimento del amor. Y quizá ese amor es lo que nos salva, lo que nos redime. Se escriben reseñas, entrevistas y crónicas de los discos más sonados o los mejor pagados, de los conciertos, de las nuevas canciones, pero todo eso, toda esa mercancía muerta que se inventaron para cuantificar ganancias, no cubre siquiera un ápice de lo que significa el momento en el que la voz, los acordes, las notas y la vida se unen para que por cinco o seis minutos el universo se detenga y premie la acción. Y después de aquella deflagración de humanidad, oculta entre los cantos de la música, estaba el síntoma definitivo de la grandeza y la fuerza de la revolución y del amor, y el argumento demoledor contra las mentes pequeñas y las pócimas de éxito fácil. Y probablemente este no sea el final de nadie, sino el principio de alguien, de Rogs en la historia de la música nacional.

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