El Magazín

Publicado el elmagazin

En torno a la pregunta por el papel del formador hoy en la universidad

Students on lecturer_5300809

 

Respuesta al profesor Keith M. Parsons

Por: Ivannsan Zambrano Gutiérrez*

En el último año circula en las redes sociales con enorme fuerza una carta que un profesor universitario escribió  en los Estados Unidos para sus estudiantes de primer año, se trata del profesor Keith M. Parsons, filósofo, historiador, escritor de la Universidad de Houston-Clear Lake. El escrito ha sido ampliamente difundido y traducido. En google basta escribir “carta”, “profesor”, “estudiante” para que la famosa carta aparezca en varios sitios web educativos. En Facebook, los comentarios respecto a dicha carta muestran más el silencio y en esa medida la aceptación que el rechazo o la objeción. Ciertamente el escrito es bien recibido, es motivo de reflexión y casi, de clarificación respecto al quehacer del profesor universitario. Por mi parte, leyendo el mensaje, me he sentido reducido, como presionado en mi corazón, en mi existencia por el contenido del mismo. La carta es la siguiente:

¡Bienvenidos a la educación superior! Si usted quiere tener éxito aquí, necesita saber algunas cosas sobre cómo funciona este lugar. Una de las principales es saber la diferencia entre los formadores que tendrá aquí y los que tenía antes.

Permítanme tomar unos minutos para explicarles esto. En primer lugar, yo soy su profesor (professor), no su maestro (teacher).

Hay una diferencia. Hasta ahora su formación ha estado en manos de los maestros, y el trabajo de un maestro es asegurarse de que usted aprenda.

Los maestros son evaluados sobre la base de los resultados del aprendizaje, en general, según lo medido por pruebas estandarizadas. Si usted no aprende, entonces se culpa a su maestro. Sin embargo, las cosas son muy diferentes para un profesor universitario. No es parte de mi trabajo que usted aprenda.

En la universidad, el aprendizaje es su trabajo, sólo suyo. Mi trabajo consiste en llevar al estudiante a la fuente del conocimiento. Si usted bebe profundamente o únicamente hace gárgaras, es totalmente su decisión.

Sus maestros fueron considerados responsables si usted no aprendió y se espera que demuestren que se esforzaron para evitar esos malos resultados. No soy responsable por sus fracasos. Por el contrario, me pagan lo mismo si usted obtiene una mala nota o una excelente nota. Mi decano no me va a llamar y preguntar cuántas reuniones tuve con sus padres acerca de su progreso.

De hecho, ya que usted es ahora un adulto, proporcionar dicha información a sus padres sería una violación ilegal de la privacidad. Ni voy a tener que documentar con qué frecuencia le ofrecí tutorías o asignaciones adicionales. No tengo ningún tipo de obligación de asegurarme de que usted pase.

En segundo lugar, las universidades son antiguas y tienden a hacer las cosas de la manera antigua. La escuela secundaria de educación era básicamente un servicio de preparación para las pruebas. A sus maestros no se les permitía enseñar, estaban obligados a centrarse en la preparación para esas importantísimas pruebas estandarizadas. Nosotros los profesores universitarios disfrutamos de un amplio grado de libertad académica. Eso significa que el contenido y el formato de cursos sigue estando en su mayoría bajo el control de su profesor, y el formato probablemente incluirá un buen poco de charla, algunas discusiones y poca o ninguna preparación de la prueba.

Las conferencias han sido atacadas recientemente. “El aprendizaje Flipped” es el término de moda actual entre los reformadores de la enseñanza superior.

Nosotros los profesores de tiza-y-charla somos catalogados como anticuados y se dice que debemos dejar de ser el “sabio en el escenario”, y debemos convertirnos en el “guía del lado,” ayudar a los estudiantes a desarrollar sus habilidades para resolver problemas. Las conferencias, se nos dice, son una estrategia ineficaz para llegar a los jóvenes de hoy, cuya capacidad de atención se mide en nanosegundos. No debemos esperar que tontamente nos escuchen, en vez de eso debemos atender sus ansias de estimulación constante condicionada.

Tienes que aprender a escuchar. El tipo de escucha que hay que aprender no es absorción pasiva, como ver la televisión; es escucha crítica. Escucha crítica significa no solo oír sino pensar en lo que se está escuchando. El plan de estudios de la escuela secundaria te habría servido mejor si se centrara más en el desarrollo de tus habilidades para escuchar en vez de una preparación para las pruebas de escucha.

Por último, cuando usted va a una universidad, se puede comparar con ir a otro país, uno con una cultura diferente y valores diferentes. Me he dado cuenta que la mayor diferencia entre usted y yo, es una diferencia cultural. He absorbido profundamente las normas y valores de una cultura académica antigua y ahora son parte de mí. Tú, en cambio, llegas a mis clases con una cultura con valores diferentes, por eso encuentras maneras académicas extrañas y difícil de entender.

En cuanto a la documentación. Para un académico, hay algo sagrado en una citación. La citación correcta de una fuente es un pequeño homenaje al trabajo duro, la diligencia, la inteligencia y la integridad de alguien dedicado lo suficiente como para hacer una contribución al conocimiento. Para usted, citas y bibliografías son aros sin sentido por los que se pueden saltar y que a menudo tratan sin mucho cuidado. Además, nuestras diferencias en el tema de dar créditos adecuados a las referencias muestran como usted no toma el plagio tan en serio como yo.

Si quiere saber la diferencia más grande entre usted y su profesor, es probable que sea esto: Usted ve la universidad como un lugar donde se obtiene un título. Para su profesor, una universidad no es principalmente acerca de un título. Su profesor todavía alberga la visión tradicional de que las universidades son acerca de la educación. Si su objetivo es obtener un título, entonces para usted los cursos serán obstáculos en su camino. Para su profesor, un curso es una oportunidad para que usted pueda enriquecer su mundo y hacerse usted más fuerte en todos los aspectos[1].

A continuación mi respuesta, mi objeción a esta carta. La misma es más un mensaje público para todos los maestros y maestras en las instituciones educativas y pedagógicas. Es mi posición, mi pensamiento, por ende, varios pueden tomar distancia respecto a algunos puntos, lo cual es bienvenido. Al final, para mi esta respuesta se inscribe en un acto político, pedagógico y ético.

Estimado profesor Keith M. Parsons, he leído su carta con gran atención, deteniéndome en cada detalle, pensando a fondo cada palabra. Acompañando algunas afirmaciones y distanciándome de la mayoría. Estoy completamente de acuerdo con la escucha crítica, no pasiva, ojalá gran parte del mensaje hubiese seguido esta línea. Lamentablemente en general el contenido del mismo no me llena de alegría, por el contrario me deja bastante triste y pensativo. Permítame con todo el respeto que usted merece, y acudiendo a mi derecho de exponer mi punto de vista, objetar algunas de sus ideas.

Ciertamente la universidad no es lo mismo que la casa, o mejor dicho esta institución es diferente a todo lo que está fuera de ella —si “culturas diferentes”—. En un lado, según usted, “profesores”, y en el otro familia, amigos y “maestros”, todo lo que no “es” la universidad, en suma la vida.  A estos últimos, los maestros, usted los señala por sus responsabilidades, distintas a las suyas, un “profesor universitario”. Se trata de una diferenciación bastante precaria, pues, al parecer, asume —un poco inocentemente— que en el oficio de enseñar hay niveles de compromiso, solidaridad y responsabilidad y que éstos los regula y establece el Estado u otra entidad. Así las cosas, tanto usted “profesor”, como los “maestros”, están regulados, controlados y restringidos respecto a la libertad —incluso de catedra— esto es una verdad, pero, siempre hay y hubo un punto de escape, tanto un maestro de escuela como un profesor tienen la opción de ser simples funcionarios, seguir las instrucciones o hacer de ellas, un punto de partida para construir cosas nuevas, al final, si se es un formador crítico, los objetivos no son tan diferentes y la responsabilidad, en cambio,  es igual; somos responsables de hacer lo mejor posible para que el otro deje de ser lo que viene siendo. Su punto de vista, aunque levemente anunciado, reduce  la importancia política y pedagógica de todo formador, pues a los maestros los deja como simples reproductores y a los profesores como “expertos”, “poseedores de saber” que nada tienen que ver con el mundo de afuera, ese mundo que es de los estudiantes, los maestros  y no de la academia.

La universidad en ocasiones parece un “mundo aparte”, esto también es cierto, sin embargo a pesar de la tradición o el dispositivo institucional que caracteriza la universidad, ella se rehace día a día con miles y miles de individuos que rarifican esta condición y que en caso de que la institución respondiera a las demandas “reales” de ellos, esto es, aquellas relacionadas con las preguntas por la vida propia, sería completamente diferente. El que la universidad sea distinta al “mundo del afuera” más que una virtud, resulta una debilidad, una desafortunada situación que pone constantemente en tela de juicio el papel de la universidad en el mundo de hoy. La universidad, algunos dicen, es la expresión de un escenario político, cultural y social en medio del cual deviene; casi que sus problemas son también los problemas de la sociedad, del mundo. Sostener que la diferencia radica en que ella no es el hogar, la casa, “ya no estás en tu casa”, constituye un argumento débil y segregador en el escenario político, educativo y pedagógico, pues intenta recordarle o sembrarle al estudiante la idea de que las cosas de su vida, aquellas que vive en su casa, o fuera de ella no tienen que ver con la universidad. En ella solo se valoran aquellas relacionadas con la “academia” o el mundo cultural universitario, esto es lamentable.

Usted cree que su oficio responde a una necesidad institucional, a un “favor” que el estado u otra entidad “presta” a la humanidad. Ese favor a usted se lo pagan —me gustaría pensar que esto es lo que menos le importa—. Si el fin de la educación moderna era emancipar a los individuos, este tipo de creencias opaca y confunde, pues, pasa por alto el papel del otro, y sobre todo de un otro que no reproduzca el estado de letargo social, sino que ayude al despertar reflexivo del individuo mismo, de otra forma, con este tipo de objeciones, todo compromiso social, político y pedagógico continua quedando en un paupérrimo estado. No se trata de un favor que se le hace al otro, o un deber a cumplir, es más una vocación estimado profesor, una creencia en el cambio, una fe en la posibilidad de que los individuos a través, haciendo, integrando el conocimiento a sus vidas sean distintos, por supuesto no respondiendo al ideal de éxito social, incluso en la misma universidad, sino, al enriquecimiento de sus propias vidas, algo que usted deja al final de su carta de manera bastante pobre.

Usted olvida de esta forma que sea cual sea su creencia, estamos y hemos podido continuar estando en este mundo gracias al apoyo de unos hacía otros, y que esta ayuda es algo que desde nuestros primeros pasos y hasta el final de nuestra vida es dada por un otro que no cumple un favor, sino, responde a un llamado vital, a una necesidad de sobrevivencia y a un don; la virtud de ayudar al otro. Algo que desborda la institucionalidad y los fines económico- sociales de la modernidad, algo que venimos haciendo desde hace mucho tiempo y que otros, lamentablemente diferentes a usted, a veces menos formados y educados, lo hacen porque saben o sienten, que eso es lo necesario, lo más importante.

Siento una profunda tristeza al leer su carta, pues veo en ella la expresión de un ideal social anclado en el individualismo, la indiferencia hacía el otro, la creencia en el éxito personal y la lamentable idea de que el fracaso académico del estudiante es por él mismo. Desafortunadamente para aquellos que creen en estos horizontes de vida, hay personas que hoy en día han venido mostrando la relatividad y debilidad de estas ideas, relacionadas profundamente con la idea individualista y competitiva de la educación, para ellos las mismas restan complejidad a lo que se pone en juego realmente en el campo educativo. A su vez se ha denunciado como estos ideales o visiones de mundo cada vez más establecidos, resultan contraproducentes para la sociedad misma al debilitar el lazo social, fomentar la competencia y acrecentar el vacío existencial en los individuos mismos. Es sabido por todos y no es necesario argumentar mucho esto, que tener reconocimiento, dinero y placer no te hace feliz, menos un título universitario. La felicidad definitivamente no consiste en tener bienes, títulos, honor o reconocimiento, varios pensadores que usted seguro ha leído, por ejemplo Seneca, Marco Aurelio, Schopenhauer, Spinoza, entre otros, han develado que la felicidad no es eso, responde a otra necesidad, algo más profundo y pasional, desatendido miles de veces por las instituciones educativas, a quienes al parecer no les importa la felicidad de los individuos, sino el cumplimiento de un “deber social”.

A su vez, es posible dar cuenta de su fe respecto a la razón, creyendo que un adulto es portador de ella — ¿qué es ser adulto? ¿Qué define a un adulto? ¿Su edad?—, olvidando, incluso pasando por alto que históricamente, dicha creencia, fe en la razón y la “adultez” — ¿mayoría de edad Kantiana?— ha brillado más por sus catástrofes, sus fracasos, sus radicalismos, que por sus virtudes. La razón, si es que podemos hablar de ella como algo en sí, es solo una isla en medio de un inmenso mar. Ciertamente, a los humanos nos es difícil depositar nuestra existencia en la razón o racionalidad, como día a día se comprueba, las pasiones, la búsqueda de algo que llene la existencia va de la mano de la razón, pero distanciándose, en tensión. Sobre esto tampoco hay que profundizar, es bastante notable.

Ahora, su visión de mundo, acaso su razón, no es un logro individual, sino el resultado de los miles  de encuentros, historias y experiencias sociales que han hecho posible lo que usted “es”, y si esto no es así, si usted niega la participación, la ayuda de los otros en su vida, incluso si puede demostrar dicha ausencia sosteniendo que usted se ha formado en la soledad, en la disciplina, pues erra doblemente. Por un lado, pasa por alto que el conocimiento no es una cosa en sí, que los libros no son más que depositarios de palabras habladas, construidas en el dialogo, mal que bien, intenciones sociales de un hombre que intentó responder a demandas sociales, inscritas en lo político, lo social o lo personal, y que pensó o se dejó llevar por la idea de que ese libro aportaría en algo a alivianar las cargas, las confusiones, las contradicciones humanas. Ciertamente, pocos, casi contados escriben libros para sí mismos… por otro lado, extiende, incluye y al parecer quiere que el otro viva o reproduzca su vida, algo así como “si yo sufrí, ellos también”, pues “a mí nadie me ayudo y heme aquí”. Claro, la disciplina y la autonomía son necesarias, pero, al aporte de otro es fundamental.

No soy un maestro, tampoco un profesor. Eso tan solo es un título, una clasificación institucional con tintes esencialistas. Voy a la universidad pensando que soy alguien que puede entregar algo al otro, que tiene algo para el otro, algo que ha pasado por su vida y que puede servir para que los otros sigan la vida misma de forma distinta. En la universidad, oficiando como “profesor”, me encuentro con individuos que tienen preguntas, deseos de preguntar o al menos intención de saber algo más, ellos al final son como todos, como yo, también sufren, se siente vacíos, en duda, contradictorios, llenos de rabia y confusión, a veces alegres, en suma, viven. Le apuestan a la universidad, y sus padres le apostaron a la escuela creyendo que por ese camino hoy, era posible lidiar con eso que nos hace humanos, esto es, la continua falta, la incertidumbre, el miedo y la necesidad del otro.

En la demanda contextualizada que usted hace al estudiante universitario, demuestra nuevamente el abandono de un ideal político y transformador de la mano del conocimiento. Según se puede inferir en su carta, a pesar de su invitación a la escucha crítica, el conocimiento no tendría que transformar la realidad social o al menos la vida del estudiante —o eso no se le pide—, basta con que sea instalado y en esa línea, se puede suponer, “reproducido”. Su compromiso político, más allá del academicismo, se pone en duda. ¿Para qué el conocimiento? ¿Qué función tiene la universidad en la sociedad actual? ¿Qué función cumple quien enseña —aunque nadie enseña a nadie— en las clases? Son preguntas que vuelven a estar sobre la mesa, pero cuyas respuestas, y si son reflexionadas y críticas, de esto estoy seguro, no se inscriben en la idea de cumplir un deber social, llevar a los individuos al éxito social o a la fuente del conocimiento, tratan de otras cosas, pero no de eso.

En el espacio universitario, yo tengo el privilegio de orientar, dirigir, acompañar un espacio donde por una vez en la vida de ellos y en la mía, existe la posibilidad de renacer, ampliar la visión de mundo y sobre todo, lograr una ruptura con el mundo vivido, esto no se hace recitando los contenidos intelectuales o académicos, se logra “tocando” el corazón de ellos.  No se necesitan horas de disertación, recuerde que demasiada luz enceguece, se requiere una palabra, una idea, una invitación que como la llave en la cerradura, abre una “puerta”, un camino, un horizonte de existencia que le da sentido al vivir. Para esto, en ocasiones no se requiere más de 5 minutos.

No reproducir, no recitar. El conocimiento no es una cosa en sí, como tampoco lo es la pedagogía, la filosofía o la historia. Entenderlo así, es reducirlo a un “producto”, algo que se da, se pasa al otro pero que no lo cambia, no lo conmueve ni desestabiliza, en el mejor de los casos ese otro puede pasarlo, entregarlo a otro como se hace con los objetos, las cosas materiales. Este conocimiento no sirve, es inútil. Seneca sostendría que el mismo no sirve para vivir, no alimenta ni enriquece. Dudo de aquellos que se sienten diferentes por que hablan de autores y conceptos, si tengo que escuchar a alguien, prefiero aquellos que han pasado, alimentado, discutido esos autores y conceptos en su vida misma, y que a partir de esta última tienen algo para decir.

Pienso que la universidad, pero también podría ser la escuela, es un escenario donde reside la posibilidad de “transformar el mundo”, es o podría ser un “espacio de resistencia”, donde habita la decisión de dar continuidad al mundo existente y en esa medida reproducir y promocionar los ideales sociales dominantes, o la decisión también de renovar, reconstruir la realidad social. Recuerdo haber leído alguna vez que si los maestros supieran el peligro que representan para las fuerzas sociales dominantes, si fuesen conscientes de su poder, ya no estarían o el mundo contemporáneo sería distinto.

Por supuesto, no puedo dejar de lado la responsabilidad el estudiante. Respecto a esto solo puedo decir que muchos de los estudiantes que llegan a la universidad, lo hacen más jalonados por un ideal, una obligación, un camino establecido que por una pregunta, una necesidad real de conocer, de inquietarse, de vivir una experiencia reflexiva y transformarse a partir de ella. Que ellos lleguen a las aulas constituye una oportunidad para el que enseña, una posibilidad de despertar, desestabilizar y movilizar la idea que tiene el estudiante al llegar a la universidad. Una valiosa y talvez única oportunidad de fomentar una verdadera transformación en el estudiante mismo y en esa vía del espíritu social y político, el saber sobre la vida, un saber siempre distinto al mal nombrado “conocimiento académico” o incluso universitario.

Bibliografía

* Grupo Historia de las Prácticas Pedagógicas. Estudiante Doctorado en Humanidades. Línea Historia. Universidad Autónoma Metropolitana- Iztapalapa. México.

CARTA DE UN PROFESOR UNIVERSITARIO A SUS ESTUDIANTES: NO ES PARTE DE MI TRABAJO QUE USTEDES APRENDAN.http://uniajc.edu.co/controlinterno/carta-de-un-profesor-universitario-a-sus-estudiantes-no-es-parte-de-mi-trabajo-que-ustedes-aprendan/

 


[1] Traducción del documento tomado de Huffingtonpost, realizada por el Diario de Occidente

Comentarios