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Prohibido olvidar

Fernando Araújo Vélez

Ya era tarde para él, muy tarde. En dos días, 48 horas nada más, 20 mil judíos y otros miles de desarraigados viajaban por el sur de España rumbo a Portugal, de donde saldrían en el primer barco que pudieran hacia América. Él, Antonio de Oliveira Salazar, lo supo cuando los pasaportes y las visas estaban expedidos, y las carreteras de Francia y España eran una infinita romería de condenados a muerte que buscaba la libertad.

Un informante le dijo que el cónsul en Burdeos, don Aristides de Souza Mendes, se había saltado sus reglas y había impartido órdenes terminantes para que les dieran visa y pasaportes a quienes los pidieran, sin restricción. Los nazis se acababan de tomar París (1940). El cónsul, contarían sus descendientes, y lo revelarían después João Correa y Francisco Manso en la película El cónsul de Burdeos, de estreno en España, vio la tragedia. La sintió. Se encerró en su habitación, dijeron que atormentado, dos días y dos noches. Luego salió decidido a salvar a quien pudiera; él, que tenía el poder de hacerlo con una firma. Él, que sólo requería de un gesto de heroísmo.

Salazar se enteró del desacato y lo destituyó de inmediato. Luego, gracias a su infinito poder como dictador de Portugal, acomodó las leyes para privarlo de la pensión. Lo dejó morir. El viejo De Souza terminó fiando la comida con el tendero del barrio, quien cobró las deudas con su casa. Falleció en 1954. Su historia fue ignorada hasta el año de 1987. Ocultada, borrada por Salazar y sus sucesores, quienes sumieron a Portugal en un oscuro régimen que comenzó en 1933 y terminó en 1974. Salazar fue aliado no oficial de Francisco Franco, a quien apoyó durante la Guerra Civil española, del 36 al 39, e incluso después, cuando Franco asumió el poder. Luego, de alguna manera, lo fue también del Eje, durante la Segunda Guerra Mundial. Ante todo, quería preservar a Portugal de la guerra y de una posible invasión. Pactó, selló acuerdos, calló y aplaudió cuando tuvo que hacerlo, esencialmente para no entrar en conflictos. Años después de la guerra, los judíos lo homenajearon por haber permitido que muchos de ellos se refugiaran en Portugal. Él aceptó los honores.

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