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Primero estaba Lorena

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Por: Luis Carlos Taborda Atencia

1.

Para las pocas personas que lo conocen siempre es redundante referirse a él por su nombre o por esos extraños comportamientos que, antes, eran llamados trastornos por la ciencia de la psiquis, oficio del que ahora se ocupa la publicidad. ‘Loco’ sería una síntesis de las otras maneras de referirse al ser de esa fotografía en los diarios: una silueta de humano meditabundo y callado, con una expresión en el ceño que le da apariencia de caníbal, pero con una mirada tranquila que le da una especie de contrapunto.

Sabiendo que al escribir la voz del entrevistado se facilita el acercamiento a su mundo, el periodista advirtió que estuvo anotando fidedignamente cada palabra que Julián Cartagena le dijo durante su charla. “Estoy convencido de que una gota de lluvia es equivalente a un minuto perdido en la vida, por ausencia del arte, y que eso trae consecuencias irreparables para la humanidad. Es decir, cada vez que llueve en cierta parte del mundo, mover la mano sin una finalidad podría hacer que en otro lado insospechado el mar se trague una buena porción de tierra”.

Julián Cartagena es un copista con sueños de pintor, obsesionado con encontrar la verdadera belleza después de mal conocer ese movimiento de tripas que es el amor; a fin de cuentas, otro ser negado a la creación. Eran las tres de la mañana cuando llegaron por él. Aquella vez encontraron su casa hecha un reguero de pinturas, botellas de licor vacías y colillas cigarrillos. Las paredes estaban llenas de las grandes obras de la historia del arte, y en lugar preciso una copia suya de Pigmaleón y Galatea de Jean-Léon Gérôme. Hallaron el último lienzo, el fondo estaba cubierto con un azul muy claro, una tonalidad muy rara llamada Alexandre Craigie, que solo podía verse en los sueños. Luego estaba ella, retratada en la cama con el torso algo levantado, la cabeza echada hacia atrás y su cabello cayendo en espiral.

Mucho tiempo antes, en un vagón del metro, Julián Cartagena había sido víctima de una convergencia armónica, de una suerte de canción que ya había escuchado. Aún llovía esa tarde y, en la estación San Antonio, el caos era el orden del día. Ella estaba sentada con la vista fija, imperturbable, en el manojo de partituras que traía en una de sus manos. Sus ojos se movían de derecha a izquierda mientras que con la mano desocupada movía la batuta invisible que bien podía dirigir el mundo.

A falta de que Julián hubiese visto otro espécimen que guardara esos parámetros estéticos, determinó que ella era la única musa de todos los cuadros pintados en la historia. Desde ese momento su vida tendría un solo fin: se quedaría vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegrías ni penas, para que ella sola se manifestara a través de un pincel que, por supuesto, él sostendría a favor de una voluntad ajena: la de ella. No era una cuestión ridículamente autosugestiva. El oficio de Julián era domar a peso de témperas y temperamento todo lo que ya existía, por eso no extrañaba que en cada mujer bonita hallara una nueva obsesión, cada vez diferente, que al final no le servía de nada porque no era capaz de inventar nada. Decidió de nuevo que tendría que morir de algún modo para dejar de ser él, para encontrar la tranquilidad en su corazón, para permanecer abierto al milagro, para poder pintar el mundo de una nueva manera, para pintarla a ella que era también música y poesía, que era perfección, como tantas otras.

“¿Qué recuerda de la escena?”, pregunta el periodista como exprimiéndole la conciencia, sacándole al fin la información que le dará uno de esos premios. “La memoria humana guarda esa misma magia de la lluvia. Basta solo un recuerdo para dar fe de que algo existe o existió. Pero algo inexplicable es cómo se reinventan en sueños sucesos indeterminables, mostrándose como realidades”. No se movía mucho, no había ademanes, señalaba el informe de prensa.

2.

Al comienzo de todo, estaba el caos. No habían inventado las cosas que hacen real el mundo. Estaban los dos en un cuarto cerrado con tendencias al infinito. Él era un viejo con apariencia de marino errante, perdido en ilusiones; ella era un ser amorfo, hermoso e indomable; y Julián solo podía quedarse observándola. Primero estaba Lorena. Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. Lorena estaba en todas partes.

Julián se dio cuenta de que su deber en ese lugar era llenarlo de todo de lo que estaba desprovisto. No se explicaba cómo había llegado ni cómo saldría; no habían inventado las palabras, por eso eran un par de desconocidos. Con miradas le propuso un acercamiento con el único fin de no estar solos, porque siempre es bueno tener al lado a alguien cuando uno está solo. Así inventaron el amor.

Julián pensó en una hamaca grande y de la nada apareció un telar azul que los envolvió y empezó a mecerlos. Él acercó su mano con delicadeza y le toco el vientre. Así inventaron las caricias. Luego le dieron uso a la boca. Se besaron tanto como quisieron, cada uno a su manera, a tiempos distintos y con deseos distintos. Después dijeron las primeras palabras y maldijeron a la boca, con ese uso inadecuado, y le impusieron que dijera por siempre las palabras que lo dicen todo, que dijera las palabras que no dicen nada. Así inventaron el lenguaje.

En el segundo round de estar jugando a crear nuevamente el mundo, lo poblaron con hijos nacidos del roce de cada parte de sus cuerpos. Cuando la agarró de sus senos amorfos, en el horizonte del cuarto brotaron todas las montañas del mundo; de cada uno de sus impulsos dentro del primer coral del mar, nacieron todos los animales que nadan, los que se arrastran por la tierra y las aves que vuelan por el cielo. Del brillo de sus cuatro ojos excitados, se desprendieron el sol y la luna, y de estos todos los destellos lumínicos que habría en la historia. Como un efecto en cadena, por esa recién nacida coherencia, el mundo conoció el día y la noche. Después de esto, a causa de la caída de la hamaca, tuvieron cabida todas las catástrofes naturales.

Al final del encuentro –sus manos, en un fino tacar mutuo de dedos entre artista y musanacieron los pintores; de sus últimos gemidos nacieron los músicos, y de esas otras escenas indescriptibles (que harían perder a cualquiera en un cuento), nacieron los escritores.

La última catástrofe (la única que realmente puede llamarse así) sucedió cuando empezaron a alejarse el uno del otro, sin poder hacer nada. Ella empezó a elevarse mientras entraba y se desvanecía en el primer eclipse. Así ella se volvió inefable y sempiterna. Rellenó todos los espacios vacíos con su aroma, esperando que el arte terminara la creación, con ella como único preludio. Julián perdió la fuerza y sintió como empezaba a caer eternamente en el laberinto que caemos todos al despertar, otro de los ineludibles, mientras también caía el pincel con que estaba pintando ese paraíso perdido, sin otro remedio que seguir viviendo.

Amaneció solo y con un leve dolor de cabeza. Como un acto maquinal se levanta de la cama y camina hasta el baño a mear el rezago de la noche anterior, luego toma con la mano izquierda el vaso de agua que siempre deja sobre el nochero. También le echa mano a la cajetilla de cigarrillos que como siempre está vacía. Revisa la billetera y solo hacen falta las mariposas como en un dibujo animado. La mañana siguiente fue una mañana como cualquier otra para Julián. Pero esta vez se enfrentó al maleficio del espejo; le causó impresión su reflejo: Entradas incipientes de una calvicie inevitable, sesgos de lo que pronto se convertirían en arrugas, dientes color exceso de nicotina y, sobre todo, una mirada intranquila que ya no podía ser de él: se dio cuenta de lo mucho que había envejecido.

“Es curioso cómo el tiempo se hace imperceptible cuando el espacio se está creando”. Había recortado esa frase de una vieja entrevista y la pegó en el espejo. Pensó que fue lo único bueno que dijo ese día y que quizá en algún momento le daría una idea. Julián no recordaba mucho de lo que le había pasado, quizá ese recuerdo tan vívido de aquella mujer que vio solo una vez lo atacó dentro de su cerebro, quitándole esa falsa paz que había creado con escusas a su irremediable insuficiencia para la innovación. “Veinte años no son nada”, volvió a decirse, con la fuerza que dejan veinte años de repetición de la palabra y la escena. Pero nunca estuvo más consciente de que el tiempo solo corre cuando uno está soñando.

Pasaron muchos días sin que ese pobre remedo de pintor, ahora viejo, pudiera tocar de nuevo el último de sus encargos. Sin poder dormir ni pintar, con la poca comida que aún le quedaba en la nevera, no le quedaba otra cosa que esperar con resignación su propia muerte. Como anticipo de su final, llegó de repente, luego de cinco días de espera, el tan ansiado sueño.

3.

Lorena de la Mer, era una mujer afrancesada que había vuelto a la ciudad hace muy poco. Medellín era un lugar turístico por sus hermosos paisajes, pero como segunda intención de su visita Lorena tentaba al destino paseándose por el lugar. Su matrimonio no fue poco notable. El señor La Mer fue el esposo perfecto hasta el día de su muerte. La había enamorado con poemas de Baudelaire recitados en su español escaso, mientras ella disfrutaba de una pasantía en la Sorbonne, que luego se convirtió en un cambio de ciudad, un cambio de vida.

Tomó el metro mientras le daba el tiempo para practicar una vez más la dirección absoluta del coro de niños. Arvo Pärt, Carl Orff: Salve Regina, Carmina Burana. Sintió la mirada penetrante de alguien que estaba hermosamente dispuesto fuera de su rango de escucha. Se había quedado ciega a causa de una enfermedad congénita o por su irremediable obstinación a solo escuchar el mundo circundante, porque “lo esencial es invisible a los ojos”, aunque en el fondo de su corazón extrañaba a niveles eutanásicos verse el rostro frente al espejo.

Llegó a la hora indicada y todo en el recital fue perfecto. Regresó al hotel junto a los niños y entró a su habitación dispuesta a caer rendida en un sueño profundo. Lorena de la Mer tenía la gran habilidad de sentir la diferencia entre el sueño y la realidad, aunque para ella todo se viera igual.

Sintió el peso de otro cuerpo caer junto al de ella un segundo después de haber cerrado los ojos. Una voz tan penetrante como el peso de esa mirada que ahora ella casi no recordaba, se hizo presente.

-Se habla de dormir juntos. Pero al dormir nos separamos

-Tal vez… pero yo también al soñar tengo recuerdos que me permanecen extraños. Creo que también hay unas reglas para soñar -dijo Lorena, segura de saber quién era ese sujeto, por ese fuerte olor a trementina que pululaba en el ambiente-. Para soñar con alguien en un lugar en específico, esa persona debe haber estado ahí por lo menos en pensamientos.

-Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos. Ahora mismo estamos dando el espacio propicio para un recuerdo que alguna vez nos traerá, en su mejor momento, una nostalgia -replicó el hombre-. Todo en el lugar quedó en silencio absoluto por unos segundos.

-¿Cómo pudiste entrar? -preguntó Lorena.

-Como siempre que vienes. En silencio, con mucha cautela y esperando que todo esté oscuro

Esa noche hicieron cosas inconcebibles para que no las pudieran explicar con palabras. Lo cierto es que solo alguien que tenga los ojos cerrados o abiertos y vea igual todo, puede hacer el amor. Entregado al naufragio inminente, empezó a luchar contra esa muerte instantánea que provocaba Lorena: No había más que hacer, aferrarse a ella con todo su ser era la única opción.

-Tengo miedo de estar soñándote, de que al despertar no estés -interrumpió con su rimbombante voz

-Mátame, así estarás seguro de que existo -replicó Lorena

“Él había empezado a creer que la muchacha que le había enviado largas y exageradas cartas durante ese tiempo, que ahora parecía un parpadeo, era la misma que procuraba en su desesperación, su aniquilamiento.”

El cuerpo de la joven fue encontrado reducido a unos cuantos kilos de carne que estaban regados por todo el lugar, y a juzgar por el olor nauseabundo del ambiente, tenía por lo menos tres días de estar convertida casi completamente en despojos como cualquier res no apta para el consumo. Lo único que guardaba forma humana era una cadera de mujer con signos de violación, encontrada al lado del retrato de una mujer desnuda siendo tragada por un tigre en un jardín florido.

4.

Julián, al despertar, se acordó de ese viejo cuento de Onetti del que estuvo enamorado tanto tiempo. Pudo tomar fuerzas por el café y los cigarrillos que le quedaban, y tomó de nuevo el pincel. Era una hermosa copia de un cuadro de Dalí: “Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar”.

Cobró el dinero y empezó a vagar por las calles a la hora precisa del día en la que cada ser humano se siente dueño del mundo. Convencido de estar vivo, de que ya no habría algo que lo volviera a perturbar, deambuló un rato largo por el viaducto del metro. Pero no contó con que cada vez que todo está bien, solo puede ser el vórtice a la mayor de las desgracias. La muchacha estaba allí con la misma edad de su recuerdo. Con una agilidad increíble, la tomó del brazo, le tapó la boca y la arrastró al punto más oscuro que encontró y de ahí tomó camino a su guarida. Cuando entró a su mal llamado taller, la tiró a la cama luego de dejarla inconsciente. Exasperado por no tener certeza de estar despierto, por no saberse real o por sentirse dueño de sus actos y no el sueño de alguien más, sometió la vida de esa mujer que para él se llamaba Lorena y que también era la imagen perfecta de lo que busca el arte, a ser un sacrificio tangible que pudiera perdurar igual, físicamente, a través del tiempo y tuviera la validez de un ser humano.

“Tus piernas, que eran el camino sagrado para encontrar la verdad, ya no podrán arrastrar el oprobio de tu vida. Tus senos ya no podrán alimentar las ideas que se pintan o se escriben; ahora serán la cena de las hormigas y más tarde de las cucarachas. Cuándo tu carne deje de oler a gloria y empiece sucumbir al único camino que no podrás evadir, se convertirá en tu propia esencia, retratada en ese cuadro que tanto sueño y anhelo pintar. Dejarás de ser ese bello conjunto que no me deja tranquilo. Te pudrirás por separado; no llegarás entera a la otra vida; te voy a matar por partes, para matarte tantas veces como sean necesarias para convencerme de que existo, de que no podré reinventarte sino inventarte, reconstruir todo tu ser a mi manera. Dibujaré la boca que deseo y no ésta que se impone; pintaré tu cabello crespo y rojo como los amaneceres frente al mar que tanto extraño. Tus senos solo comparables con la hermosura de un girasol, los volveré unos pobres pétalos marchitos que nadie desearía ver en un jardín. Te voy a inventar otra vez pero como mi propia Galatea, para dejar a un lado esta imposibilidad de crear, para pintar el mundo desde cero”.

“Lorena murió el 23 de noviembre cuando el reloj marcó las 10:10. Nadie sabrá las causas reales de este sacrificio en nombre del arte”, concluye el periodista después de ver sumido a ese “pobre loco” en un soliloquio de esos que nada más hacen los pobres locos, los asesinos a sueldo imaginario, a placer incomprensible.

5.

Como recién salida de una pesadilla, Lorena de la Mer se encontró de nuevo sola en su cama de hotel. Encendió la radio y escuchó la triste noticia del asesinato de una muchacha que tenía un tiempo desaparecida, encontrada en la casa de un copista del que alguna vez había leído en uno de esos sórdidos periódicos que bien retratan la sangre. El día empezó con una lluvia que no tenía ánimos de cesar. En el preciso momento en el que se incorporó, una abeja le pasó muy cerca del oído, movió la mano como si no tuviera finalidad, y la mató de un manotazo.

 

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