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Porque la música nunca muere

Elvis Presley

Alejandro Araújo Larrahondo

Uno siempre se burla de los mayores cuando los escucha decir  “cómo han cambiado los tiempos”, “a ustedes les tocó muy fácil, en mi época…”, o, “las cosas ya no son como eran antes”. Recordando un viejo tango que le encantaba a mi abuelo, “¿te acordás hermano qué tiempos aquellos?” Por ese es extraño cuando uno está con los amigos y empieza a sonar en la radio un grupo nuevo, y alguno dice “la música ya no es como era antes”. Ahí es cuando uno empieza a entender a qué se refieren nuestros padres y abuelos.

Cada generación tiene su música, su forma de vestir, de hablar y de pensar. Cuando todo eso empieza a cambiar comenzamos a sentirnos incómodos. De alguna manera, nos duele que se acabe lo anterior, que se diluyan aquellos años en la que estaban inmersos nuestros ídolos.

Es como cuando alguien cercano se muere. Nos duele porque hemos vivido muchas cosas con esa persona y le tenemos un cariño especial. Así ocurre con los artistas, con los músicos.  Cuando se mueren lo sentimos, porque aunque en la mayoría de los casos ni siquiera los conocimos personalmente, vivimos muchas otras cosas gracias a ellos y a sus canciones. Sus melodías, sus letras, fueron la música de fondo de innumerables vivencias, unas tristes y otras felices.

Por eso, incluso llegamos al punto de referirnos a ellos con apodos o abreviaciones cariñosas, como si fueran nuestros amigos más íntimos, de forma en que todo lo que les pasa, como una enfermedad, un accidente o la muerte, nos afecta. Un músico tiene el poder de hacer sentir a la gente lo que él quiera hacerle sentir, y esa debe ser una de las razones del por qué algo tan “insignificante” como una canción, simples cuatro o cinco minutos, puede cambiar situaciones, sentimientos y vidas completas. “Existe siempre una razón escondida en cada gesto”, como cantaba Serrat.

Por una canción y lo que significó para millones se hacen entierros memorables cuando fallecen personajes como Michael Jackson, John Lennon o Elvis. Por una canción o dos, cientos y miles de personas acampan en frente de un hospital para darles ánimos a Bono o Gustavo Cerati.  Por fortuna, pese a la muerte, y aunque todos los más grandes fallezcan, ellos ya son inmortales, y volverán a vivir cada vez que le demos play a alguna de sus canciones.  Lo triste es que después de todo esto y en pleno siglo XXI siga existiendo gente que cree que la música no sirve para nada. “¿Para qué sirve un poema?, le preguntaron alguna vez a Borges. Él respondió: “Para lo mismo que sirven un lindo atardecer o un café”.

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(*) Colaborador, melómano, estudia música en la Universidad Javeriana de Bogotá.

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