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Ciudad de perro y palomas

Prostitución en Bogotá

 

Nicolás Peña

 

Cúmulos

I

Los perros se ahogan en la risa del viernes

como si fueran jóvenes estudiantes.

Los jóvenes estudiantes se revuelcan en el piso

con sus grandes babas eruditas y académicas

como si fueran perros pulgosos cínicos

asfixiados en el viejo licor

de la Jiménez.

 

II

Las aguas las frías aguas de la calle,

chapoteadas por hojas muertas

y escupitajos desventurados,

esas aguas que acompañan pestañeos nocturnos

algunos periódicos en desuso

y las ramas de los árboles

que esconden secretos rumores

de hombres solitarios.

III

Se pierden las calles

que acarician el vaho de la noche.

Se pierden los jóvenes caballos

que entre drogados y excitados

entran a los bares a regar neuronas

por los pisos embaldosados y mugrientos.

Se pierden los piropos los insultos

entre las rejas los alambrados

los cables

de la televisión menstrual

y los chistes se disuelven vorazmente

por el aire inestable

y las palabras se reciclan

se olvidan se distorsionan por el humo y la ceniza

y algunas veces se acomodan en las estatuas

en los edificios en los fuentes

o se acurrucan en las puertas

cerca de las ventanas y los gatos tibios

o se pegan de las paredes

en forma de graffitis.

¡Bella procrastinación en los burdeles!

¡Bella demencia en las cantinas y las rockolas

hundidas subterráneas primitivas!

Bellos huecos llenos de cemento botellas

orinales y borrachos.

Bello rincón del mundo

perdido en la cartografía de mis zapatos.

 

Paisajes nocturnos

I

En el cementerio urbano

de la carrera 26

la neblina comienza

a revelar el silencio

de los muertos

un gato

gime lentamente

en la puerta principal

y se abren

uno a uno

lánguidamente

los ojos de la noche.

 

II

Otra vez sobran edificios

en el frío de la ciudad

y los aviones no dejan ver

tranquilamente

la oscuridad del cielo.

La noche se refleja en las botellas

que caen al piso

y la brisa torpemente

se esconde

en el cuerpo

de las sombras.

 

III

 

En el parque ya

están quietos los columpios

nadie camina

ni pasea con su perro.

Ahora los árboles

son los que hablan

con el viento.

 

IV

El joven ebrio

se sienta sobre el andén

como un perro.

Se ríe solo

y disimula

la tristeza

que trae en la joroba.

El joven ebrio

canta en la madrugada

esperando

que comiencen

a pasar los buses

y los ciclistas.

 

V

Como si estuviera

cumpliendo con un deber

el gato se pasea

por los techos

que gimen

entre luces artificiales.

 

VI

Hay esquirlas en la calle

dos hombres que se abrazan

mientras miran

los cables enredados

en el horizonte

y en la mañana

que comienza a asomarse

en las antenas de cable

en las esquinas

y los repetido postes.

 

VII

Las putas se paran en las esquinas

a fumar cigarrillos

y piropear

a los jóvenes

que pasan.

Muestran sus senos

que brillan como escarcha

en la soledad de la Caracas

se masturban bruscamente

y comienzan a gritar.

Las putas

las hermosas putas

exhibiéndose

en este gran burdel

que llaman Bogotá.

 

La risa de los sábados

 

Las risas de los sábados,

el movimiento de la ropa

colgada cerca al pasto.

El correr de los niños en la memoria,

el balón, la carne asada,

los abrazos de los abuelos,

qué más queda

qué más queda

sino el recuerdo engañoso

de lo que fue felicidad.

 

Fragmentos de vida

I

Después del baño

el espejo siempre

se empaña

y apenas puedo vislumbrar

tímidamente

en puntillas

una mancha

sospechosa

de lo que fue

la vida.

 

II

Supongamos que un día muera

y cuelgue los zapatos

como dice el dicho

y la casa comience a acurrucase

como las sombras

y los pájaros

nunca más vuelvan

a tocar las ventanas vacías.

Supongamos que la ropa

empiece a volverse toda negra

porque poco a poco

se la han ido comiendo las polillas

y la cama

los retratos de la infancia

los secretos insospechados

comienzan uno a uno

a desaparecer

y nadie llame a la puerta

ni cuelgue las llaves en la pared.

Supongamos que un día

─el día que sea─

comiencen a habitar

nuevamente los fantasmas

y toque cerrar las puertas de los cuartos

y desconectar los televisores

las lámparas

y los teléfonos

para que no amenace más

esta ausencia de vida.

 

III

Y si cerramos todas las ventanas

y corremos las cortinas

y nos olvidamos.

Y si no ahuyentamos las moscas

que ahora habitan

nuestro recuerdo.

Y si nos volvemos infantiles

y de nuevo

comemos tierra

y gusanos

para saber

por fin

dónde iremos a parar.

 

Germania cra 7 y 10.

I

Naranja chorreada en el bus,

olor a mandarina

y los niños salpicando de mocos

el piso

los asientos

las ventanas calientes.

El siga siga

colabóreme atrás

y el cantar de las monedas

en los bolsillos

en las manos calurosas

y el enredarse al pasar

o coger una nalga

o sentir los pelos

los muslos sudorosos

los vellos de los brazos

y los apretados pedos.

 

II

La radio de siempre

el chiste grotesco

-alguien escupe por la ventana

alguien pelea por celular

otro pide permiso para soñar-.

 

III

Buscar un hueco

para poder mirar el cielo

los cables que ahorcan a los pájaros

el paso en reversa de los postes.

 

IV

Coger el bus

y pisar un paquete de papas

que brilla en la suciedad del piso metálico

y sentarse junto un hombre cansado que ronca

y seguir por la vida

escuchando los mismo chismes

la música ajena

las lágrimas

de todos los hombres

los mismos hombres de siempre.

 

V

Llegar

finalmente llegar

llegar cansado

con la joroba triste

las manos manchadas de día

y las muñecas atrapadas

en la insoportable silueta del reloj

llegar finalmente

a la hora que sea

abrir la puerta que chilla

de nuevo limpiar las manchas de la camisa

llegar

finalmente llegar

y decir en secreto

con miedo

un susurro de lágrimas

a la almohada

cómo nos pesa la vida.

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