El Magazín

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Pintado de azul

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Por: Arturo Casals-Vidal

Mientras el avión daba su tercera vuelta sobre la pista, yo miraba la ciudad, sus incontables luces desparramadas sobre la meseta. De forma más tímida, estas arañaban los cerros. Cuando me fui de Bucaramanga, hace veinte años, lo había hecho por bus, en un viaje de diez horas por el trabajo de mamá en Bogotá. Atrás quedaron mis amigos, mi primera novia, la tranquilidad de sentirme dueño de un lugar. También se quedaron enterradas las peleas aburridoras de mis papás, los comentarios hartos de familiares. Empezamos una nueva vida, adaptándonos a ese clima loco de mañanas abrasadoras y aguaceros chapinerunos, a la desconfianza instintiva de la gente, a lo abrumador de sus dimensiones. Con el tiempo, porque tocaba, porque era nuestro deseo, fuimos otra parte del engranaje, moviéndonos estoicamente por la ciudad, comprendiendo los gustos de los rolos, sus similitudes con nosotros.

El avión de la nada dio con la pista, la señora a mi lado se despertó asustada. Después de esperar la maleta por unos minutos, junto a algunos pasajeros con menos paciencia que la mía, me encontré de frente con Roberto. Había venido solo, como si creyera que a mi edad me molestaba la compañía de Mónica y la otra familia. Desde hace años me importaba poco lo que hacía con su vida. Hubiera sido de ayuda antes, cuando recién empezaba la universidad, con los dilemas de la juventud, cuando se hace evidente que todo es efímero, que los sueños, las personas, el montón de cosas que no se conocen a tiempo, se resbalan de las manos, rápidamente. Si me importara le diría que su presencia se convirtió en una suma de momentos inconexos, visitas esporádicas en vacaciones. También podría decirle que Bucaramanga, gracias a él se convirtió en una imagen, en una serie de páginas que leo de vez en cuando sin recordar gran cosa. Me guardo lo que pienso y lo saludo. Mientras comimos en un restaurante por Cabecera, me preguntó por el trabajo en la alcaldía, por el viaje que había hecho a Guadalajara en diciembre pasado. Eventualmente salió el tema de mamá, de lo que iba a hacer estos días. Cambié el tema con anécdotas, comentarios sin sustancia. Pagada la cuenta le dije que estaba molido por el viaje, lo único cierto de la noche. Le pedí las llaves del apartamento, nos despedimos sin ceremonias. Dos horas después, hablaba con mamá por celular apoyado sobre el balcón del apartaestudio vacío.

La idea de quedarme allí vino tras un almuerzo con ella. Ambos habíamos estado muy ocupados, no nos veíamos hace una semana. La oficina donde ella trabajaba quedaba cerca de la alcaldía. Ya había cumplido la edad de jubilación, pero no la veía haciendo una cosa distinta a trabajar. En el almuerzo hablamos del foro al que iba en Bucaramanga, también de los años que tenía sin ir allá. Ella iba por el trabajo, visitaba amigas, se veía con Roberto, algo que no admitía. Si alguien me pregunta porque no había ido en todo ese tiempo no sabría todavía que responder. Las ciudades, como los recuerdos, ocupan un espacio temporal, rentado a lo que vaya imponiendo la realidad. Ayudaba el hecho de que el tema de Bucaramanga solíamos evitarlo por mutuo acuerdo. Esa ocasión, estando el viaje de por medio, no lo pude evadir. Me contó que por fin la constructora le pagó a Roberto lo que debían. Era un hecho que la casa en que vivimos los tres no existía. Esa plata la había usado para comprar un apartaestudio en Nuevo Sotomayor. Llevaba desocupado desde que lo compró, parecía encartado. Por fotos que me mostró en el celular se veía agradable, sobre todo el balcón. Cuando regresé a la oficina la idea se hizo clara, consulté con ella. Para la noche tenía el visto bueno de Roberto así como la dirección del conjunto.

No dormí bien esa noche. Ya había dormido en la colchoneta que llevé, acampando con amigos por Chingaza, el frío me daba igual. Sin embargo, el calor que hizo fue peor de lo que pensaba. No encontré acomodo de ninguna forma. Terminé con la cobija que traje sobre el balcón, la espalda molida, empapada en sudor. Por fortuna, el hotel donde era el foro quedaba cerca del conjunto, me fui caminando con mi traje. La corbata duró dos cuadras, el chaleco lo llevaba a la mano cuando llegué al lobby. Esa mañana el foro transcurrió sin mayor interés, cabeceando por la mala dormida. Las charlas de un panelista formado en Francia, habían sido un auténtico ladrillo. Por tal motivo, la mayoría de la gente estaba en plan de lagartear. Terminé yéndome a almorzar con un grupo de Medellín que nunca había estado en la ciudad. Cuando estaba con ellos, me llamó Jorge Correa, el único amigo del colegio con el que pude contactarme antes de venir. Trabajaba por fuera pero estaba en días de reposo. Quedamos de vernos a las tres, por lo que me despedí de los paisas, convencido de que no me perdería de nada, que los de la alcaldía no se darían cuenta de mi ausencia. Hacía un calor asqueroso, de esos que pegan la ropa al cuerpo. El sol sin embargo seguía escondido entre las nubes grises desde la mañana. El centro, igual de bullicioso que en mis recuerdos, las calles reventadas de carros y motos como en Bogotá. A pesar del bochorno decidí irme caminando. Subiendo a Cabecera constaté que muchas de las casas grandes de los barrios habían sido borradas de tajo, dándoles paso a edificios de quince pisos como el de Roberto. Ocasionalmente se asomaban las casas que seguían haciendo funciones de tienda, con sus estantes de vidrio empañado y los congeladores ruidosos de base metálica. Vi pocos niños en las calles, montones de motos, carros bullosos. Con el ruido no tenía problema, lo tenía interiorizado. Lo que no encajaba era que no reconocía lo que veía en las cuadras: postes de luz, palmeras recién sembradas, andenes adoquinados, común de otras ciudades. La gente me resultaba más extraña de lo usual, con sus afanes, con su andar despreocupado. Sopló el viento brevemente, como mofándose de mí, porque de inmediato miré hacia los cerros, esperanzado en una lluvia que no estaba. Al resto de los que caminaban les daba igual, pasaban a mí alrededor, paraban buses, comían empanadas en los locales. Apreté el paso, dejé la pensadera para después. Llegué al café donde estaba Jorge, obviamente bromeó con mi cara rojiza, mi hablado. Después pasamos a los temas comunes: la universidad, la vida en el colegio, las inquietudes que no parecen acabar con este país. El silencio sin embargo, se fue metiendo en la conversación. Callaba Jorge un rato, yo el siguiente. A las dos horas no había nada más de que hablar. Pese al pasado en común, ambos notamos que no había afinidad cultural, económica, ideológica. Borré apenas pude el número, quedó enterrado con los otros amigos del colegio.

En la noche recibí una llamada de Roberto, no le contesté. Después de darme un baño me fui a tomar algo en Cabecera usando la misma ruta de la tarde. Igual que antes, a las dos cuadras ya estaba empapado, el bochorno constante. La gente en su indiferencia salía a parrandear, volvían a las casas. Me tomé un par de cervezas, me aburrí rápido de lo que vi: grupos de jóvenes charlando, la parejita escondida en el rincón, los parches de siempre rindiendo el trago en el parque. La imagen era la misma que había visto tantas veces en Bogotá, por la Zona Rosa, Plaza de Las Américas, cerca de la nacho. Aun siendo afín a lo vivido lo sentía distinto, como si inocentemente esperara que la noche de Bucaramanga debiera ser distinta, como la vida con mis papás. Cuando regresé al apartamento, el celador de turno, apiadado de mi cara de rolo sancochado, me prestó uno de los ventiladores que usaba. La segunda noche fue igual de incomoda, la colchoneta empezaba a oler maluco. Los sueños fueron breves, pero siempre con el mismo tema, rondando el barrio donde crecí, haciendo vueltas con mi mamá en el centro, parchando con amigos del colegio, grandes, casi irreconocibles en el parque donde había estado tomando. Todo parecía normal, como si Bogotá, el divorcio, mis viajes por fuera del país, jamás hubieran existido. Sabía que era un sueño, lo intuía porque se lo decía a la gente con la que hablaba. Ellos en cambio reían con mis ocurrencias, seguían tomando, morboseando las peladas que estaban sentadas en la mesa del lado. Cuando me daba por vencido con mis suspicacias me levanté. El ventilador a máxima potencia, la brisa que proyectaba como la calefacción de un carro.

No tenía mucha hambre, así que me fui sin desayunar para el hotel. En el salón de reuniones, me enteré por los paisas que al conferencista gringo que dirigía el foro hoy, le embolataron las maletas en El Dorado, por tal motivo las charlas se habían cancelado. La gente entraba y salía del hotel. Unos ya planeaban viajes para conocer el Chicamocha o visitar Girón. Me excusé con un conocido de la alcaldía y me fui a cambiar el traje, lo jubilaba para este viaje. Mirando por el balcón a media mañana me sorprendía el hecho de no ver casi nada de la ciudad, si acaso los apartamentos más cercanos. Las lomas hacia Palonegro, la Mesa de Ruitoque, perdidos en la bruma. El astro rey, castigando sin piedad esta ciudad bonita, el cielo pintado de azul, el de mi niñez, refundido entre las mismas nubes. Decidí que era hora de visitar mi barrio. A pesar del calor me fui caminando, esquivando el sol entre sombras pasajeras. Cuando llegue a La Aurora, había parado dos veces a tomar algo, la cabeza me zumbaba. Como mamá me había advertido, de la vieja casa  esquinera solo quedaban las aceras, la tierra adentro aplanada, esperando por una torre llamada Zaragoza, con sus espacios multiplex, balcones de vidrio transparente, zona social y locales. Bajando por la calle, las tiendas de los mandados desaparecidas. Despedí de mi memoria los nevados que compraba en la panadería, el sitio de las maquinitas, el bar adónde iba a buscar a mis primos. Me devolví ahí mismo, aburrido de no reconocer las cosas del pasado, ni siquiera en mi barrio, como si no hubiera existido. Me aturdía que la gente no decía nada sobre este bochorno, sobre que no lloviera estando el cielo encapotado. Caminando me preguntaba qué había pasado con ese cielo azul de mi niñez, más potente que todos los cielos despejados en Bogotá. Recordaba mi época en la Distrital, tarareando la salsa que después supe era una canción italiana. Le cogí aprecio porque siempre la escuchaba cuando me pasaban cosas buenas en el día: un parcial pasado, una tarde con la pelada que me gustaba. Intenté cantarla, no pude. Me bañé, revisé una página del clima por internet. Decían que mañana sería lo mismo, pronóstico nublado, cinco por ciento de probabilidad de lluvia. Mamá llamó, le respondí a medias sobre el foro, la visita al barrio. Hablamos de lo mucho que había cambiado Bucaramanga. Ella me hablo del progreso, de que lo bueno va hacia arriba. Yo solo sentía ese bochorno, el dolor propagándose por todo mi cuerpo. Pensé en adelantar el vuelo para irme de noche pero la multa me salía costando lo de un viaje a Miami. Pasaría otra noche acá, ni modo. Revisé correos, busqué fotos de otra época en la ciudad, de casas que fueron borradas hace mucho en Sotomayor, Antonia Santos, Provenza.

Al rato cambié el enfoque, probaría con lo que recordaba por feo. Salí hacia al centro, por los lados de la Quebradaseca. Para mi alivio, ubicarme fue sencillo, poco había cambiado: edificios manchados por el humo de camiones, chatarreros, talleres de mecánica, ventas de herramienta, ruido y más ruido. La gente igual de marginada, viviendo su vida en ritmos distintos, desconfiando de lo gratis. Al fondo se distinguía la torre del reloj del Salesiano, bajé hasta allá. La iglesia estaba abierta, las rejas del colegio no. Sentado en una butaca recordé las misas antes del descanso, todos sentados cantando lo que ponían, organizados por cursos. Traté de imaginar la ceremonia de mi grado, la confirmación en ese sitio. Las imágenes se sintieron distantes, como estar sentado allí. Me levanté, saliendo me percaté que sobre la 15 había un letrero gigantesco que anunciaba la construcción de un intercambiador. Sería cuestión de tiempo para que este lado cambiara, todo lo hacía. Cuando llegué al parque García Rovira la cabeza me dolía muchísimo. El acetaminofén había pasado sin pena ni gloria, la gastritis apenas me dejaba caminar. Al llegar al edificio pasé derecho sin saludar al celador, me di un nuevo baño para sacarme todo el sudor que tenía pegado, la maluquera que galopaba. A la media hora el cuerpo me empezó a doler mucho más. Supe de inmediato que no dormiría bien, que vendría la fiebre. Desde niño siempre es lo mismo con estas, pensando en un problema mientras sueño, en un acertijo que no aclaro, obligado a  resolverlo.  Una vez creo lograrlo me despierto, con la sensación de una cabeza sacudida, que ha estado a mil.  No me acomodaba, volvía a dormirme, aparecían los acertijos, los problemas absurdos. Antes que saliera el sol, me fui para el balcón. El viento seguía siendo el mismo, el invitado mudo de los días anteriores. En las calles abajo las rutinas seguían envueltas en esa modorra previa al amanecer. La gente inmersa en sus asuntos, llevando perros a pasear, empezando el rebusque, volviendo de una fiesta o un motel. Desde el décimo piso deseaba que el clima fuera distinto, que lloviera, que hiciera al menos un sol de verdad. En cambio el día siguió con esa luz de mentiras, de hospital de tres pesos. Fui incapaz de salir del apartamento, le temía a todo. Seguí durmiendo, no devolví las llamadas a mi mamá. Los de la alcaldía me esperaban mañana, estaba cubierto por hoy.

Comí con desgano lo que había mercado el lunes, el cuerpo me pesaba, se resistía a salir, a seguirme decepcionando de esta ciudad extraña. Venían por ratos, en la debilidad de la fiebre, los sueños: fiestas ruidosas por Las Palmas y Cuadra Picha, la misa de María Auxiliadora en el colegio con sus centenares de farolas, las andadas en bicicleta por el barrio. Aparecían las peleas en la casa, los golpes que le daba Ricardo a mamá por las noches, la forma como ella disimulaba con maquillaje los moretones por la mañana. Bogotá se fundía a veces en esas imágenes, mezclando la González Valencia con la Boyacá, la Rosita con la Esperanza, la Plaza de Bolívar con el Parque Santander. Me subía en la ruta Igsabelar, terminaba descendiendo en el Portal de la 80, cogía Codito Lijacá en el barrio Los Pinos, no me dejaba subir el conductor de la Cumbre-Terminal, mientras esperaba por Timiza.  En ese paradero todo cambió, porque hasta ese momento siempre estuvo presente el calor. Allí llovía, me mojaba, sentía frío, me reconfortaba sin estar tullido. Abrí los ojos, pesadamente, escéptico de lo que sentía. Al fondo del balcón, corrijo, en todos lados: la meseta, las quebradas, las avenidas, en todas llovía, diluviaba con locura. No era la llovizna de mis recuerdos del abril aguas mil, era una lluvia vengativa, purificadora. Hacia al aeropuerto tronaba, hacia Ruitoque le respondían los cielos, la luz del alumbrado parecía haberse ido en Cabecera. Me desperté del todo. Me había quedado dormido con la colchoneta pegada al balcón, el agua escapaba por un pequeño desagüe a la izquierda. Quise contemplar esa ciudad inundada, no pude, el sueño que me debía de estos días, de los que viví mal en Bogotá, de los que no viví acá, todos, me llevaron a una inconsciencia de oscuridad total, mutismo absoluto. Cuando me levanté por la alarma, todo se sentía fresco, como una caricia. Me bañé a las carreras, hice la maleta, enrollé la colchoneta, entregué el ventilador al celador de turno. En un sobre cerrado entregué las llaves. El taxi que me pidieron subió rápidamente al aeropuerto. Amanecía hacia El Picacho, sonreí por reflejo. Sentía cerca el azul, tímido, adormecido por la hora. La calima consumida, atormentando quien sabe dónde. La gente, las casas viejas, los edificios y talleres como si nada. Otro día empezaban, otras miserias acechaban. La entrada a la sala de espera fue sencilla, la fila ingresando al avión, ordenada. Me tocó pasillo y no pude despedirme de Bucaramanga. El cuerpo no me pesaba, la respiración libre.

Mientras estoy haciendo fila para coger el bus alimentador para ir al trabajo, siento náuseas, tal vez porque no he desayunado. En el televisor, un presentador transmite desde Monserrate. Algo no me cuadra cuando veo la pantalla. Desde esa montaña fría, escasamente se ve hacia el sur, hacia al norte. El Campin luce opaco, abandonado. Una imagen así la he visto muchas veces ya que subo a Monserrate cada vez que puedo. Esa bruma es natural en la Bogotá que he vivido. Sin embargo, esta vez me siento extraño, no entiendo lo que veo, como si llegara por primera vez.

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