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Peñalosa quisiera chatarrizar a los indigentes

 

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Por: Pablo Enrique Triana Ballesteros.

@PabloTriana

Ahora resulta que el alcalde de Bogotá quiere trasladar a los habitantes de la calle que desalojó del Bronx al municipio de Acandí en el departamento del Chocó.

Como si se tratara de una plaga que incomoda y que toca erradicar de alguna manera, Peñalosa deja ver su enorme “humanismo” y “altruismo” una vez más, al intentar “solucionar” un problema que él mismo ocasionó.

La noche del 29 de mayo de 2016 no fue una noche de domingo cualquiera. Esa noche un alcalde vituperado por la opinión pública debido a la pésima gestión que había adelantado en menos seis meses, decidió que iba a resarcir su imagen a como diera lugar.

Y como si se tratara de una superproducción de Hollywood entró, filmadora en mano, con su ejército privado (el ESMAD), luces, cámara y acción (como si fuera la bastonera de la banda de guerra del Gimnasio Moderno) a uno de los sectores más deprimidos de la capital colombiana para dárselas de héroe.

El Bronx, una zona del centro de Bogotá que se había caracterizado por años por ser el hábitat de cientos de indigentes, drogadictos y expendedores de alucinógenos se llenó de gases lacrimógenos, estallidos de bombas, humo y fuego. Los gritos circulaban como locos en fuga y el caos irrumpió como un invasor en un lugar que, paradójicamente y como sucede en muchas zonas de un país abandonado por su Estado, mal que bien tenía su propio orden.

Que no sea el orden que a la mayoría nos gusta o aprobamos, es otra cosa, pero lo tenía. La prueba está en que hoy cuatro meses después de esta “heroica hazaña” de nuestro alcalde, el desorden, que poco a poco se ha venido apoderando de Bogotá, da cuenta de esas dinámicas catéticas que estabilizaban de una u otra manera esa realidad que nunca quisimos ver porque nunca se quiso ajustar a nuestro sistema.

Querámoslo o no, siempre va existir esa porción de la sociedad que va a resultar “desviada” para el resto del sistema social, una porción para la cual las reglas y normas que resultan valores compartidos para el resto, carecen de completo y absoluto sentido. ¿Y qué podemos hacer el resto frente a ese grupo de personas que no quiere jugar nuestro juego y mucho menos ceñirse a nuestras reglas? ¿Los matamos? ¿Los desaparecemos? ¿Los exterminamos al mejor estilo uribista, perdón… Paramilitar?

Pues pareciera que justamente esto es lo que quiere hacer el alcalde Peñalosa, no contento con habérseles metido en el rancho (como decimos coloquialmente en Colombia), ahora que los indigentes andan regados y diseminados por las calles bogotanas y los barrios de la “gente de bien” (es decir los que sí le son funcionales al sistema social), el mandatario ha comenzado a percibir que el remedio fue peor que la enfermedad y que en vez de haber solucionado algo, lo que consiguió fue empeorar todo aun más.

Entonces, saturado de reclamos y voces que no paran de quejarse porque ahora sus barrios se han vuelto mucho más inseguros e invivibles por esta situación, a nuestro brillante alcalde se le ocurrió la “salomónica” solución de recoger a todos los indigentes que pueda y enviarlos para Acandí, Chocó, como si se tratara de más basura que podemos meter debajo del tapete para que no se note y la casa se sienta limpia.

Tal parece que si el alcalde pudiera chatarrizar a los habitantes de calle, lo haría sin titubear ni un instante. No obstante, y aunque muchos estén de acuerdo con el alcalde (seguro los que lo reeligieron), valdría la pena recordar no se trata de latas de cerveza desocupadas u objetos en desuso, sino que así no nos guste, son seres humanos que padecen una enfermedad y no un fusible que si quema nada importa porque el resto del circuito puede seguir funcionando sin ellos.

En su libro, Daños colaterales, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, nos recuerda al igual que en su obra Vidas desperdiciadas, que las sociedades contemporáneas suelen considerar la vida de las personas que no se insertan en el sistema de manera funcional, como algo prescindible. No obstante nos advierte por medio de una bella analogía, que es justamente por el pilar más débil por donde colapsa un puente. Así que si no queremos que el puente de nuestra sociedad colapse, ocupémonos de atender y sanear nuestros pilares más débiles y deteriorados en vez de andar pensando como Uribitos y Peñalositas en exterminarlos.

Pero seguramente, la manera de atender esta problemática no es deshaciéndonos de ellos como si se tratará de más basura citadina para contaminar el Pacífico Colombiano. En esta “iluminada” “estrategia” de Peñalosa se deja ver una vez más su multiforme despotismo no solo para con los habitantes de calle o los bogotanos que “gobierna”, sino que además deja ver cómo percibe a los pobladores de Acandí: como gente a la que le podemos enviar nuestros problemas, porque es gente que no importa y por la que nadie se preocupa. Ese es el mensaje que manda un alcalde como el nuestro con este tipo de “soluciones”.

“Eso mandémosle toda esta plaga a esos negritos y listo, como nadie se preocupa por ellos, nos libramos de este problema acá en Bogotá donde las cosas sí se ven, ¡y ya! Nadie más nos sigue jodiendo. La basura con la basura por allá y nosotros frescos por acá”, esta pareciera ser la forma de pensar del señor Peñalosa.

Los pobladores de Acandí recuerdan que ya en el pasado han tenido que sufrir decisiones como esta, cuando en una ocasión les enviaron un grupo de jóvenes drogadictos para que se “rehabilitaran” allá, pero como en realidad se trataba de abandonarlos a su suerte, el mar se lleno de muertos porque tratando de escapar se lanzaban a las olas en busca de su vieja vida. Muchos se ahogaron, dicen los habitantes de Acandí, quienes acostumbrados al abandono estatal, ya temen que esta historia sea solo otro cuento de hadas que termine convertido en terror para ellos.

Pero seguramente esto es lo que quiere nuestro alcalde, mandar los indigentes bogotanos para que ojalá se manden al agua y se ahoguen a ver si al fin dejan de joder y enlodar su ya bien enlodada reputación. Seguramente, esta es una genial estrategia que aprendió en su doctorado europeo.

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