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Para decir adiós…

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Por: Juan Alejandro Echeverri

Según Juan Gossain “cada palabra tiene su propia vida. Las palabras también tienen su propio tamaño y peso. Si acercas la nariz a la hoja escrita, comprobaras que cada palabra tiene su propio olor”.

Algunos términos de nuestro idioma demuestran lo superfluos y simplistas que pueden ser los humanos cuando tratan de definir lo indefinible, cuando –impulsados por esa arrogancia innata de toda raza superior– intentan hacer tangible lo intangible. Por estos días he saboreado y amasado la palabra adiós. Me resulta monótona, tramposa, ambigua, incolora y difícil de masticar como un pedazo de pan ácimo. Más allá de que sea una palabra que trata de explicar todo sin explicar nada, la incógnita que me he esmerado por despejar es: ¿qué se necesita para decir adiós?

Para decir adiós: el requisito primordial, supongo, es admitir que las punzadas en las entrañas son unas cuando se despide a la madre y otras cuando se despide a un amigo; fundamental, también, entender que existe una dificultad a la hora de aceptar la pérdida de un muerto que no se pude comparar con la dificultad de aceptar la pérdida de un vivo; esencial, además, distinguir esas partidas que laceran el alma hasta arrancar una lagrima y esas partidas para las que un apretón de manos es suficiente.

Para decir adiós: hay que tener el cromosoma aventurero propio de los nómadas, lo dice Leila Guerriero: “Viajo para leer, para perderme. Para ejercitarme en la improvisación y el ascetismo. Viajo para no volver atrás, para no llegar a ninguna parte, para habituarme a perder y a despedir: lugares, cosas, gente. Viajo para recordar que no es bueno sentirse seguro ni aún seguro, a salvo ni aún a salvo. Viajo para moverme, que es la única forma de vida que respeto”.

Para decir adiós: si la mochila pesa, escogió la equivocada; las palabras siempre, nunca, jamás, bórrelas del vocabulario; en caso de que las raíces obstaculicen el camino, córtelas; dígale sí, a lo que normalmente le diría no; construya ventanas, donde otros construirían muros; deje al tiempo hacer su trabajo, mas no cruce los brazos; conviva con el miedo, sin dejar que tome decisiones por usted; no sé despida pensando que es la última vez, sino la primera de muchas.

Para decir adiós: debés tener el cuero curtido y el corazón entrenado en el arte del desapego; debés carecer de una patria y desistir de cualquier empeño por encontrarla; debés notar como ebulle la sangre por estar en el lugar equivocado, en el cuerpo equivocado, con la gente equivocada, viviendo una vida prestada; debés mantener el aguante para correr cien metros aunque tus músculos solo estén en capacidad de correr cincuenta; debés avanzar sin saber a dónde, pero con la certeza de que te alejás de donde estabas.

Para decir adiós: acatá el consejo de Cesare Pavese: «Nunca más deberás tomar en serio las cosas que no dependen sólo de ti. Como el amor, la amistad y la gloria»; hacé lo que hacía Ricardo Piglia: “Hablar de sí mismo como si se tratara de otro”; recordá el descubrimiento de Mauricio Macri: “El ser humano siempre está de su lado”; llevá en el bolsillo la máxima de Piedad Bonnet: “Lo atroz –y también lo maravilloso– de nuestras vidas, es que están parapetadas  sobre lo aleatorio, lo gratuito, lo caprichoso”.

Para decir adiós: recomiendo gritar, volar, maldecir, ver un atardecer, dejarse abrazar, divagar por la ciudad, destruir algo, cantar, escribir una carta, sufrir esos minutos que son horas, oler una rosa, escuchar un cuento de la abuela, visitar un lugar olvidado, hacer preguntas que no tienen respuesta, creer que el mundo es cuadrado, confesar un secreto, buscar la compañía del silencio, leer, sudar, ayunar, mirar al diablo a los ojos, y procurar marcharse sin despedirse porque para decir adiós, tal vez, no basta con decir adiós…

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