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Papeles inesperados

Portada de Papeles Inesperados de Julio Cortázar 

Daniella Sánchez Russo *

Debió sacudirse Julio Cortázar en la tumba cuando escarbaban sus papeles, descifraban su escritura y editaban textos que quizás nunca quiso mostrar al mundo. Debió sentirse invadido en su alguna otra vida: la cómoda donde guardaba las historias que no habían sido expuestas a la crítica y al entendimiento del público  estaba siendo usurpada para pedirle más a un escritor que lo dio todo en vida. Casa Tomada, De cronopios y famas o Rayuela, no fueron suficientes para evitar que Papeles Inesperados, libro del que poco se supo, fuera publicado en  2009 sin la mayor promoción o el mayor interés del público.

Son cartas sin remitente…”Arnaldo: Aquí tienes el texto que necesitabas para pre-anunciar el libro. Vos pondrás las preguntas, cuyo esquema te voy dando antes de contestarlas. Huelga decirte que, en la medida de lo posible, me gustaría que mi texto apareciera tal como te lo envío: deliberadamente lo he escrito ‘oralmente’”… poemas que se enredan en la sinceridad del pensamiento… “Te tendré que matar de nuevo/Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima, en Cristanía, en Montparnasse/ En una estancia del partido de Lobos/ En el burdel, en la cocina, sobre un peine/En la oficina, en esta almohada/ Te tendré que matar de nuevo/Yo, con mi única vida. (La mosca)”.

Es una entrevista ante su espejo. La filosofía de un loco que podía entretenerse mientras coordinaba la forma como un búho y un sapo se asemejaban al “tiempo estúpido” que maneja el hombre constantemente (Por debajo está el búho). Ese bendito tiempo. El causante de la mayoría de sus preocupaciones, el sujeto aburrido del que tanto habló: la manecilla que sin querer se movía en un mundo que él trataba de desacelerar. El cuento Deshoras, por ejemplo, la analogía de una mujer que iba más rápido que el pueblo que visitaba, aquel olvido que se alejaba de parámetros lineales para gozar de un círculo eterno que hacía que las cartas de juego se pusieran lento, cada vez más lento, como una oda eterna al ‘aquí no pasa nada’ del cuento En este pueblo no hay ladrones de Gabriel García Márquez.

Pero se ensordeciera o no Cortázar en la tumba mientras sacaban una nueva reflexión de Rayuela, otra historia de los cronopios o alguna crítica a la política del momento, su viuda, Aurora Bernárdez, la heredera del imperio de su palabra,  decidió, después de más de dos décadas, que era hora de sacar su tesoro a la luz, ese que con tanto desvelo se encontraba en un viejo mueble que dormía en su apartamento en París. Y es que los papeles y el mueble parece que no se llevaban bien, ya que, cuando la viuda presenta a Carles Álvarez –editor del libro-, lo que iban a ser las 450 páginas de Papeles Inesperados, cuenta él que la gaveta era como una gran barriga en donde los textos, como los conejos de Cartas a una señorita en París, debían expulsarse por la boca. La cómoda quería vomitarlos. Era hora.

Por una sublevación que se ha muerto con la llegada de vampiros que se alejan de Nosferatu y hechiceros que parecen conservar una saga eterna, en su reflexión de Rayuela, y después de muerto, Cortázar nos sigue invitando a la pelea: “Diez años después, mientras yo me distancio poco a poco de Rayuela, infinidad de muchachos aparentemente llamados a estar lejos de ella se acercan a la tiza de sus casillas y lanzan el tejo en dirección al Cielo. A ese cielo, y eso es lo que nos une, ellos y yo le llamamos revolución.”  (Un capítulo suprimido de Rayuela, 1973).

Son las palabras de una marcha que busca enfocarnos de nuevo a la buena escritura, la riña constante e interminable -diez, veinte, veinticinco años después-, por llegar a lo más puro del invento:

“ Un pobre cronopio va en su automóvil y al llegar a una esquina le fallan los frenos y choca contra otro auto. Un vigilante se acerca terriblemente y saca una libreta con tapas azules.

-¿No sabe manejar, usted?- grita el vigilante.

El cronopio lo mira un momento y luego pregunta:

-¿Usted quién es?

El vigilante se queda duro, echa una ojeada a su uniforme como para convencerse de que no hay error.

-¿Cómo que quién soy? ¿No ve quién soy?

-Yo veo un uniforme de vigilante- explica el cronopio muy afligido-. Usted está dentro del uniforme pero el uniforme no me dice quién es usted.

El vigilante levanta la mano para pegarle, pero en la mano tiene la libreta y en la otra mano el lápiz, de manera que no le pega y se va adelante a copiar el número de la chapa. El cronopio está muy afligido y quisiera no haber chocado, porque ahora le seguirán haciendo preguntas y él no podrá contestarlas ya que no sabe quién se las hace y entre desconocidos uno no puede entenderse”.  (1952)

Quizás esté Cortázar mordiendo la tierra y agarrando gusanos con sus dedos. Porque eran sus escritos, las reflexiones que quiso conservar y no sacar a la luz, la conciencia que lo mantenía alejado de los demás. Pero no es él o su viuda la que necesitan las palabras: es la humanidad moribunda del genio, la nueva juventud que se ve envuelta en la media, la que se aísla y acorta el lenguaje por medio de los ‘chats’ en internet. Es entonces cuando lo inesperado cobra sentido, cuando vale más la memoria del difunto que el respeto de no saber qué querría: seguir ahogándose en el inexplicable silencio de la muerte o regalar de nuevo, el don de la palabra: “Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo/Lo que me gusta de tu sexo es la boca/Lo  que me gusta de tu boca es la lengua/Lo que me gusta de tu lengua es la palabra”.

• Entrevista con Carles Álvarez Garriga, editor de Papeles inesperados, aquí.

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 (*) Periodista de El Espectador y ferviente lectora de Cortázar.

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