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Omayra

Omayra Sanchez

Ignacio Araújo (*)

Únicamente supe que existías

cuando ya tu existencia se apagaba,

pero he llorado más tu muerte tibia

que la misma tragedia enlodazada

que sepultó de cuajo tus anhelos,

tu pueblo, tus amigos y tu escuela…

¡ Mas no así mi recuerdo de tu pena !

 

Omayra, niña linda, ven a mí.

Pequeña golondrina aprisionada

que cantas con la fuerza de diez mil.

Dime cómo se vuela hacia un mañana,

cuando estás sumergida bajo el lodo.

Dime cómo ese lodo pestilente,

que por fin pudo sofocar tu voz,

enmarcó tu sonrisa para siempre.

 

Cuando la tierra más te atenazaba,

el dolor, por tus ojos se asomaba,

pero tú preguntabas por la escuela…

Y cuando todo fue desilusión,

un grito de tu boca no escapó,

aunque ya eras parte misma de la tierra!

 

 

 

Las agónicas sombras de la tarde

recogieron el último suspiro

de tu anegada vida inexpugnable,

como queriendo perecer contigo,

para ahogar su dolor por la hecatombe.

Y entre tanta ceniza que manaba,

tu adiós le arrebataron a la noche…

¡ Adiós que fue sonrisa hasta el final !

 

Omayra, niña mía, duerme ya.

Inmensa golondrina desatada

que vuelas con la fuerza de cien mil.

Abona con tu cuerpo el lodo infame

que devoró tu sueño sin espinas,

para que Armero todo viva en ti,

y esparce con tus alas la semilla

de aquel mañana que en tus ojos abre,

más azul hoy, cuando ya están cerrados.

 

Omayra, vuela siempre, flor de barro…

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(*) Colaborador.

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