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Obituario a Mónica Bravo y al desastre de la mala memoria

Andrés Manrique

Fotografía tomada de lafm.com.co
Fotografía tomada de lafm.com.co

Hace años leí un ensayo cuyo encabezado me pareció escalofriante. Aún me aterra recordarlo, pues jamás lo comprendí enteramente. “Piensa mal y acertarás”, decía el texto tras enunciar el nombre de un afamado autor colombiano —el estudiado en aquella ocasión. Quizás, además de la imprecisión con que advertía al lector lo que encontraría en el escrito, aborrecí su maliciosa pretensión de sabiduría.

 

Antes de comenzar a elaborar este texto, busqué nuevamente con google la mentada máxima. Me enteré de que su significado podía encontrarse fácilmente en antologías de dichos latinoamericanos, e incluso en los anuncios de algunas telenovelas de mediodía. Supe, también, que el escrito en que la había leído por primera vez estaba disponible para la consulta de cualquiera. Entonces lo recorrí de nuevo, y comprobé que ninguno de sus argumentos se asociaba con el providencial dicho. El refrán era algo como la carta de presentación de una especulación sin rumbo fijo; la aceptación o, quizá, la imploración por cualquier desastre por venir.

Internet define como “crimen pasional” a aquel que resulta de un estado alterado de conciencia. Ese tipo de delito es, entonces, aquel que es consecuencia de la falta de comprensión de los efectos del acto. En otras palabras, es el que se ejecuta sin una previa deliberación. No obstante, en Colombia el uso de esa terminología parece haber tomado distancia de su uso lógico para tener unas connotaciones que escapan, como aquella máxima de la calamidad, a cualquier lógica de la reconciliación social.

En mayo del año pasado, el portal de internet sentiido.com publicó una nota en la cual denunciaba que múltiples crímenes contra miembros de minorías LGBTI eran calificados rápidamente por la justicia ordinaria y por medios amarillistas como “líos pasionales”.[1] Se olvidaba que estos podían ser resultados de episodios de intolerancia; darse en contextos de robo o, incluso, ser parte de dinámicas de limpieza social. En efecto, es posible constatar que tanto la situación de derechos fundamentales como las garantías de seguridad mínimas de los miembros de estas minorías se han deteriorado a lo largo del año. El reciente asesinato del activista Guillermo Garzón Andrade y el proceso que suscitó el suicidio del joven estudiante Sergio Urrego son pruebas de ello.[2]

Sin embargo, otro aviso del desastre ha golpeado recientemente a la capital del país. El caso del asesinato de Mónica Bravo, docente de matemáticas en el colegio Tilatá, tuvo que sufrir un escarnio similar a que acompañó el luto por los miembros de las minorías LGBTI. Como muchas veces con esas minorías sexuales, a la indignación por la muerte de esta mujer precedió un afán  atroz por la especulación sin sentido: el crimen era “pasional”. ¿A qué se debió ese deseo de calificar antes de comprender? ¿De dónde proviene ese deseo de suponer de la víctima que es, aunque sea inconscientemente, responsable de los delitos que se han perpetrado sobre ella, pues eso es lo que se presupone en muchos de tantos “crímenes pasionales”?

Y es que tan solo para sugerir a días de la muerte de Mónica Bravo que, simplemente, todavía no era apropiado dar todavía al delito ningún calificativo, tuvieron que salir a su defensa sus padres y amigos. Incluso la rectora del Tilatá,[3] la alcaldía distrital y la de La Calera —pueblo en donde queda el colegio— debieron pedir mesura a esos medios apresurados. Y no solo debieron abogar por su buena reputación. Además, debieron demostrar que ella era feliz mientras vivía, como quien debe humanizarla para evitar un nuevo crimen; como quien se ve obligado a decir que la vida de Mónica no era una “pasional” sino una distinta: una digna de ser vivida.[4]

Hace pocos años fui profesor de colegio. Recuerdo que di algunas clases de derechos humanos y otras tantas de historia europea. Y también me sucedió que un día, lejos de mi trabajo —en mi caso tras ver un partido de la selección Colombia con quien entonces era mi novia— fui abordado por unos desconocidos que quisieron robarme. Tuve la mala suerte de no entender sus instrucciones a tiempo y por eso recibí una puñalada en el pecho que me perforó un pulmón. Sin embargo, tuve también la buena fortuna de no perder mi teléfono, de seguir respirando y de permanecer consciente para llegar por mis propios medios a un centro médico.

Hoy me pregunto si, de haber tenido la suerte de Mónica, habría pasado por la cabeza de alguien denominar mi muerte un “crimen pasional”. Me respondo rápidamente que no, pues soy hombre, heterosexual y no pertenezco a ninguna minoría. O quizás, elucubro ávidamente, habría corrido con esa mala fortuna porque aquellos medios siguen sin entender que no se debe re-victimizar, y menos a los muertos, pues ellos ya han sufrido el mal mayor. Pero quizá lo habrían hecho de todos modos porque, a pesar de ser vivida por lo general digna y felizmente, la vida de todo maestro y de toda maestra suele estar llena de sacrificios.

 

En memoria de Mónica Bravo

 

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