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“Nuestros hermanos más pequeños”:

El cristianismo y la Iglesia católica

frente a las corridas de toros y el maltrato animal

Por: María del Rosario Vázquez Piñeros*

La reciente decisión de la Corte Constitucional de Colombia a favor del reinicio de las corridas de toros en la Plaza Santamaría de Bogotá ha desatado todo tipo de reacciones en los medios de comunicación y en la opinión pública. Y no es para menos, pues lo que esta en discusión, en el fondo, es la oposición entre variables que en este caso particular, desafortunadamente se contraponen. Por un lado, la tradición folclórica y artística de la llamada Fiesta Brava –y el negocio que se mueve alrededor de ella– y, por otro, la cuestión moral que implica la tortura y el sacrificio del animal, para diversión de toreros y aficionados.

Son muchos los argumentos que apoyan a los enemigos y críticos de las corridas y de las corralejas, así como de la tortura a que son sometidos los animales. Dados los últimos acontecimientos, y como enemiga de este tipo de espectáculos, quise indagar sobre las razones de tipo religioso contrarias a estas prácticas – consulta que me ha permitido encontrarme con más de una sorpresa, la verdad sea dicha–, no sin antes recordar que la religión siempre ha constituido un pilar fundamental en la articulación del fundamento ético de una sociedad.

Ya las religiones de la Antigüedad habían mostrado interés por la relación del hombre con los animales, tal como se evidencia, por ejemplo, en el Antiguo Egipto, si nos atenemos a algunos apartes del Libro de los Muertos; en este caso, el fallecido, a la espera del juicio en el más allá, afirmaba haberse abstenido de la caza de animales. Asimismo, el Himno del Sol del faraón Amenophis IV, invitaba al cuidado de las fuentes, para que “beban todas las bestias selváticas y apaguen su sed”[1]. En el siglo VI d. C., el masdakismo (corriente reformadora del maniqueísmo iranio), proscribió matar seres vivos[2].

El budismo y el jainismo que aparecieron en la India en el siglo VI a. C., plantearon su preocupación por el tema. Ambos surgieron en el contexto del Hinduismo –religión que hasta ese entonces, incluía complejos rituales e impresionantes ceremonias de sacrifico animal–, motivo por el cual promovieron una revolucionaria ruptura con muchos de los aspectos de la antigua tradición, uno de ellos, la relación del hombre con los animales. En el jainismo, la falta más grave consiste, precisamente, en el daño a un ser vivo y, por eso, su principio fundamental es el ahimsa o la no violencia, llevado a la práctica por el célebremente famoso Mahatma Ghandi, quien afirmara que el nivel de civilización de una sociedad, podría medirse por el trato que esta le prodigara a sus animales…[3]

El budismo, por su lado, reconoce en los animales “seres sintientes”, merecedores de respeto y, por lo tanto, los creyentes deben abstenerse de dañarlos o matarlos[4]. En el siglo III a. C., el rey Ashoka, conmovido con los horrores de las guerras de conquista libradas por él mismo para extender su imperio, sufrió una crisis espiritual que lo llevó ha convertirse al budismo. Influido por estas dos corrientes, jainismo y budismo, Ashoka promulgó sendos edictos “a favor del amor y el respeto de todas las criaturas”. En este orden de ideas, prohibió la caza, la cual fue sustituida por peregrinaciones a los santuarios budistas; construyó hospitales para personas y animales, bebederos de agua, también para ambos e hizo sembrar árboles frondosos, para que en los largos y calurosos viajes, humanos y bestias pudieran refrescarse bajo su sombra. Se refirió a sus súbditos, con las siguientes palabras: “A los bípedos y a los cuadrúpedos, a las aves y a los peces, he hecho muchos favores y buenas obras, e incluso les he salvado la vida”[5]. Con esto, se constituyó en uno de los pioneros de las políticas culturales ecologista en la historia de la humanidad, actitud de la que aún hoy, más de dos mil años después, tenemos mucho que aprender…

Tampoco puede olvidarse que el Antiguo Testamento contiene serias condenas a los comunes sacrificios de animales a Yahvé, rituales que no coincidían con la práctica de la justicia. Es bastante conocida la cita del profeta Oseas, “Misericordia quiero y no sacrificios”[6]. Y el siguiente pasaje de Isaías, resulta sugestivo y, por lo menos, da mucho qué pensar:

“Déjense de traerme ofrendas inútiles;

¡el incienso me causa horror!

Lunas nuevas, sábados, reuniones,

¡ya no soporto más sacrificios ni fiestas!

Odio sus lunas nuevas y ceremonias,

se me han vuelto un peso

y estoy cansado de tolerarlas.

Cuando rezan con las manos extendidas,

aparto mis ojos para no verlos;

aunque multipliquen sus plegarias,

no las escucharé,

porque veo la sangre en sus manos.

¡Lávense, purifíquense!

No me hagan el testigo de sus malas acciones,

dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien”[7].

Si el judaísmo no practicaba el sacrificio humano, como sí lo hacían otras religiones cananeas, el cristianismo, a su vez, cortó de raíz con los sacrificios de animales; desde ese momento –y en coincidencia con la Pascua judía, ocasión de inmolación de miles de corderos–, Jesús mismo, el Hijo de Dios, el Cordero de Dios, es la víctima inocente; o, de acuerdo a los planteamientos del filósofo francés, René Girard, el nuevo “chivo expiatorio”[8].

A partir de entonces, es preciso recordar que el cristianismo y la Iglesia católica presentan una rica tradición respecto al comportamiento con los animales, que cómodamente y de forma interesada, desconocen creyentes aficionados a las corridas y quienes se muestran indiferentes ante el maltrato animal. Lo cierto es que para un cristiano, en general y un católico, en particular, no puede haber indiferencia en esta materia. A continuación me propongo explicar las razones de esta aseveración.

Como es por todos sabido, una de las costumbre más arraigadas en el contexto pagano del Imperio Romano, fueron los espectáculos de sangre en los circos, que incluían el enfrentamiento a muerte entre gladiadores, hombres y animales, o entre bestias, que luchaban entre sí hasta la muerte. Los cristianos, que fueron ellos mismos víctimas de estas costumbres tan execrables, actuaron como un factor determinante para acabar con ellas, aunque hay que reconocer que la tarea no fue nada fácil. Los predicadores no cesaron en condenar estos espectáculos, por su inmoralidad y las pasiones que suscitaban, así como por los gastos inútiles que suponían… Sin embargo, a pesar de que la nueva religión se extendía en cantidad, se veía obligada a hacerlo en medio de estas tradiciones sangrientas que, al igual que hoy en día, se encontraban demasiado enraizadas para desaparecer. Por esta razón, sólo hasta los años 434 y 438  (casi cinco siglos después del nacimiento de Jesús, y ciento veinte anos, desde que el cristianismo fuera reconocido oficialmente, en el año 313, con el Edicto de Milán), se pudieron finiquitar, por lo menos en Roma, las luchas a muerte entre gladiadores. Asimismo, los cazadores también se vieron abocados a cambiar el tipo de función que ofrecían al público:

“… los mismos motivos de tipo humanitario que contribuyeron a la desaparición de los combates de gladiadores, actuaron sobre las ‘cacerías’, las cuales, aún siendo peligrosas siempre, se hicieron menos sangrientas: documentos como el díptico de marfil del cónsul Anastasius nos hacen asistir a un espectáculo que se acerca más a las carreras de Las Landas o de Provenza que a la corrida española. Ahí se aprecia que el bestiario no pretendía condenar a muerte a su adversario como ejecutar a su alrededor auténticos números de acrobacia…”[9].

Ya en la Edad Media, San Francisco de Asís se convierte en el ejemplo paradigmático de una experiencia radical del Evangelio por su desprendimiento, amor a los pobres, enfermos y desvalidos, así como por su particular relación con las demás criaturas de Dios y con toda la creación. En un programa de televisión, en Italia, el sacerdote Mario Canciani, Consultor de la Congregación para el Clero de la Santa Sede y defensor de los animales, relató una hermosa anécdota del Santo de Asís, según la cual este cambió su manta a un agricultor por dos corderitos que este llevaba para venderlos en el mercado, no sin advertirle que no se debía matar a los animales… Todos los cristianos y hombres de buena fe, pueden guardar en su corazón, las siguientes palabras del Santo de Asís:

“… El hombre utiliza su superioridad intelectual para torturar a los animales indefensos. […] El hombre quiere domesticar a todos, esto es, dominarlos y someterlos a su servicio, y no raras veces a su capricho. Los que se dedican a cazar no son los pobres que tienen hambre, sino los ricos a quienes nada les falta.

El hombre no respeta nada… porque se siente superior a todo. Es la ley de la selva. Tala bosques sin consideración, corta flores sin sensibilidad, enjaula pájaros, mata aves, quema rastrojos y construye esas cárceles que llaman zoológicos para diversión de las gentes”.

Más adelante continúa:

…Toda mi vida no hice sino amar y el primer mandamiento del amor es dejar vivir a los vivientes. […] Su superioridad intelectual la debería utilizar el hombre para cuidar, proteger y ayudar a vivir a los vivientes.

De mi parte he procurado ser el hermano más pequeño entre los vivientes, en especial entre los más frágiles. […] … cómo me hubiera gustado poner en la Regla esta cláusula: Yo, el Hermano Francisco, siervo inútil, pido de rodillas a todos los hermanos del mundo que no sólo respeten sino también veneren y reverencien todo lo que vive, todo lo que es[10].

Por otro lado, en el siglo XVI, tenemos el ejemplo de Felipe Neri. Canciani afirma que en el proceso de canonización de dicho Santo, consta que su compasión por los animales lo hacía evitar los mataderos, llamar la atención a quienes los maltrataban; y sufrir por los que veía vivos y sabía que iban a ser sacrificados.

Del mismo modo, la historia de la Iglesia en la Edad Moderna nos ofrece otro ejemplo absolutamente trascendental sobre la forma como el cristianismo condena el maltrato animal[11]. Se trata de las corridas de toros y demás espectáculos similares, en realidad tradiciones crueles y sangrientas heredadas del paganismo[12] que desafortunadamente lograron permanecer, reelaboradas, en el nuevo ámbito cristiano, hasta el día de hoy. El 1 de noviembre de 1567, el Papa San Pío V promulgó la Bula De Salute Gregis Domici, en la que se prohibió de forma determinante y a perpetuidad(previendo posteriores reinterpretaciones de esta voluntad papal),bajo pena de excomunión, la participación en corridas de toros y espectáculos similares:

“Por lo tanto, Nos, considerando que esos espectáculos en que se corren toros y fieras en el circo o en la plaza pública no tienen nada que ver con la piedad y caridad cristiana, y queriendo abolir tales espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no de hombres sino del demonio, y proveer a la salvación de las almas, en la medida de nuestras posibilidades con la ayuda de Dios, prohibimos terminantemente por esta nuestra Constitución, que estará vigente perpetuamente, bajo pena de excomunión y de anatema en que se incurrirá por el hecho mismo (ipso facto), que todos y cada uno de los príncipes cristianos, cualquiera que sea la dignidad de que estén revestidos, sea eclesiástica o civil, incluso imperial o real o de cualquier otra clase, cualquiera que sea el nombre con el que se los designe o cualquiera que sea su comunidad o estado, permitan la celebración de esos espectáculos en que se corren toros y otras fieras es sus provincias, ciudades, territorios, plazas fuertes, y lugares donde se lleven a cabo.
Prohibimos, asimismo, que los soldados y cualesquiera otras personas osen enfrentarse con toros u otras fieras en los citados espectáculos, sea a pie o a caballo.

Y si alguno de ellos muriere allí, no se le dé sepultura eclesiástica.

Igualmente, prohibimos bajo pena de excomunión que los clérigos, tanto regulares como seculares, que tengan un beneficio eclesiástico o hayan recibido órdenes sagradas tomen parte en esos espectáculos.

Dejamos sin efecto y anulamos, y decretamos y declaramos que se consideren perpetuamente revocadas, nulas e írritas todas las obligaciones, juramentos y votos que hasta ahora se hayan hecho o vayan a hacerse en adelante, lo cual queda prohibido, por cualquier persona, colectividad o colegio, sobre tales corridas de toros, aunque sean, como ellos erróneamente piensan, en honor de los santos o de alguna solemnidad y festividad de la iglesia, que deben celebrarse y venerarse con alabanzas divinas, alegría espiritual y obras piadosas, y no con diversiones de esa clase”[13].

El interés por esconder y relegar al olvido este documento no es sólo actual, puesto que se manifestó desde que el texto fue publicado, si recordamos que el propio Felipe II impidió su difusión en España. Luego, debido a posteriores presiones de la diplomacia española ante el Vaticano, se logró que el Papa Gregorio XIII modificara la Bula de su predecesor con la promulgación de la Encíclica Exponi nobis (1575), que permitió la asistencia de los laicos a las corridas, pero, cabe destacar, mantuvo la prohibición para los clérigos, y sólo se autorizaron bajo dos condiciones: que se tomaran las medidas necesarias para evitar la muerte de los participantes y se efectuaran como forma de entrenamiento militar, nunca en días de fiesta ni como festejo… Por lo tanto, la condena inicial de Pío V, sigue vigente…

En 1680, Inocencio XI hizo llegar una nota al rey de España, Carlos II, en la que le manifestó “cuanto sería del agrado de Dios acabar con la fiesta de los toros”. Aunque el Papa y el Nuncio insistieran en el tema, nunca recibieron respuesta del monarca. Se acudió, entonces, a la intercesión del marqués de Velada, para hacer saber al rey sobre la intención del pontífice de hacer desaparecer las corridas, ya que formaban “parte de los espectáculos sangrientos del paganismo”[14].

Por lo demás, es necesario subrayar que otros pontífices, en los siglos XIX y XX, manifestaron su preocupación por la causa de los animales. Sobre esto hace referencia el sacerdote italiano ya mencionado, Mario Canciani: Pío IX elogió la ley francesa Grammont, de 1850, expedida para la protección jurídica de los animales; bajo el papado de León XIII, la Iglesia felicitó “el objetivo altamente humanitario y cristiano de la Sociedad para la Protección de los Animales de París”; y  Benedicto XV, manifestó su indignación ante la caza.

Cuando en 1920, la presidenta de la Sociedad Protectora de Animales de Tolon, envió una carta a Benedicto XV, solicitando se pronunciara en contra de las corridas de toros, Mons. Gasparri, Secretario del Estado Vaticano, respondió:

“Lo que Usted solicita en su carta al Santo Padre, en la fiesta del amable Santo que llamaba a los animales sus hermanos, está enteramente en el espíritu de nuestros Santos Libros, que invitan hasta a los animales salvajes a bendecir a Dios, y conviene absolutamente en la dulce Ley de Él que digna llamarse Cordero de Dios y que se preocupa de que los zorros tengan un cubil y que el Padre celeste no se olvida de alimentar a los pájaros del cielo.

Y si, a pesar de este espíritu de humanidad generalizado en la nueva Ley, la barbarie humana se atrinchera todavía tras las corridas, no cabe duda de que la Iglesia continua condenando, tal como lo hizo en el pasado, estos espectáculos sangrientos y vergonzosos.

Es para decirle Señora, cuanto Ella (Su Santidad) anima a todas las nobles almas que trabajan en borrar esta vergüenza y aprueba de todo corazón todas las obras establecidas con este objetivo y que dirigen sus esfuerzos en desarrollar en nuestros países civilizados, el sentimiento de piedad hacia los animales…”[15].

Esta, y otra carta similar en la que Mons. Gasparri recordaba la Bula de San Pío V (lo que confirma su vigencia), fueron reproducidas en el L‘ Obsservatore Romano, el 6 de octubre de 1923, a raíz de la celebración de una corrida de toros en Roma. Dicho impreso, añadía: “Infame es el espectáculo de inocentes animales, martirizados y cruelmente sacrificados con el placer de los espectadores con el grave riesgo de vidas humanas”[16]. Y es verdad, pues los aficionados a las corridas asisten no sólo para ver la tortura del animal, como lo explica el reconocido taurino, Antonio Caballero: “ ‘la muchedumbre sedienta’ va la plaza no sólo a ver la ciencia del torero, sino también su sangre…”[17].

Pero si continuamos en orden cronológico de acuerdo a lo expuesto por el sacerdote Mario Canciani, vale recordar que Pio XII afirmó: “Cada deseo desconsiderado de matar a los animales, toda crueldad vil hacia ellos deben de ser condenados”. Posteriormente, San Juan Pablo II, en su encíclica Sollicitudo rei sociales, de 1987, instó a los teólogos a estudiar una nueva relación del hombre con la naturaleza[18]. En su peregrinaje a Asís, lugar de nacimiento de San Francisco, el Papa Juan Pablo II destacó el amor del Santo por los animales y propuso una comparación escatológica, con base en el Reino Pacífico anunciado por el profeta Isaías, en el cual todas las criaturas, hombres y animales vivirán juntos y en paz[19]. Recordemos las conmovedoras y esclarecidas palabras del Profeta:

“El lobo habitará con el cordero,

El leopardo se acostará junto al cabrito,

El ternero comerá al lado del león

y un niño chiquito los cuidará.

La vaca y el oso pastarán en compañía

y sus crías reposarán juntas,

pues el león también comerá pasto, igual que el buey.

El niño de pecho jugará sobre el nido de la víbora,

y en la cueva de la culebra el pequeñuelo meterá su mano.

No cometerán el mal, ni dañarán a su prójimo en todo mi Cerro santo, pues, como llenan las aguas el mar, se llenará la tierra del conocimiento de Yavé”[20].

Por lo demás, Canciani recuerda como, en 1971, Karol Wojtyla dijo a Mons. Paolo Kruze: “… la protección de los animales es una ética cristiana”; y en 1981, ya como Papa, manifestó su apoyo a la Liga de San Francisco para la protección de la naturaleza y de los animales, a quienes ser refirió como “nuestros hermanos más pequeños, como los llamaba el de Asís”[21]. Adicionalmente, vale la pena recordar que en el comienzo de su pontificado, proclamó a Francisco de Asís patrono de los ecologistas[22]. Luego, en la Encíclica Evangelium Vitae, afirmó:

“…En realidad, ‘el dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de ‘usar y abusar’, o de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de ‘comer del fruto del árbol’ (Gn.  2, 16-17), muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no sólo biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune’ “[23].

Ya en tiempos más recientes, los protectores de los animales celebraron el nombre adoptado por Mons. Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco I, como también su negativa a usar la capa de armiño roja en el momento de su elección como nuevo pontífice[24].

Tras lo hasta aquí dicho, no debe extrañar, entonces, la existencia de los siguientes apartados en el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (Mt. 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (Dn. 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri».

Y más adelante, continua:

«Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas…»[25].

De acuerdo a Nicolás M. Sousa, aunque partamos del supuesto de la “excelencia humana respecto al resto de los seres de la creación”, esto puede ocultar una suerte de “egoísmo de especie” que, por lo menos, merece ser revisado. En lugar de una ética para el uso del medio ambiente, propone una noción de solidaridad respecto a los seres vivos no humanos, en quienes se reconocería su valor en función del todo biótico, lo que supondría, a su vez, una “revolución de nuestro universo moral”[26]. Pero creemos que el cristianismo llama a ir mucho más allá… a una actitud solidaría, sí, pero también fraterna, respecto a la creación. Chesterton llama la atención sobre la forma en que San Francisco fraternizaba no con la naturaleza en general, sino con cada cosa y con cada individuo de la misma, en particular: el hermano Sol, la hermana Luna, el hermano lobo, el hermano halcón[27] y el hermano toro… ¿o no es así?…

La teóloga belga, Marie Hendrickx, quien fuera cercana colaboradora de Joseph Ratzinger en la Sagrada Congregación de la Doctrina para la Fe, en un artículo publicado en L’ Obsservatore Romano, insiste en reconsiderar la relación del hombre con los animales y, desde luego, en el rechazo al sufrimiento inútil y al disfrute de cualquier actividad, como las corridas de toros, por ejemplo, donde se les ocasione dolor… puesto que, efectivamente, el cristianismo y la santidad convocan a la reconciliación con la creación, tal como se evidencia desde el Antiguo Testamento[28]. Así las cosas, la preocupación en el mundo católico frente a este llamado urgente, ha llevado a la conformación de una Fraternidad Sacerdotal Internacional para el Respeto Animal[29].

A manera de conclusión, considero relevante tener en cuenta lo siguiente:

  1. El cristianismo, en general, es contrario al maltrato animal y el catolicismo, en particular, condena expresamente las corridas de toros y los espectáculos afines, existentes en el contexto cultural hispánico –en muchos casos tristemente asociados con festividades religiosas, como es el caso de la fiesta de San Fermín, en Pamplona, España, por poner sólo un conocido ejemplo–, así como en otras partes del mundo.
  2. Por lo tanto, resulta un pésimo testimonio, contrario a la unidad de vida y toda una vergüenza por parte de los cristianos, el participar o mostrarnos indiferentes ante estos temas, lo que lleva a muchos a buscar otros referentes religiosos y morales en los que encuentran una actitud más comprensiva y solidaria al respecto, cuando creen no  hallar suficiente apoyo en las distintas iglesias cristianas, incluida la católica.
  3. En este sentido, consideramos como parte fundamental de la misión de difundir el Evangelio, primero, fomentar el respeto por los animales y, desde luego, acabar con aquellos rezagos sincréticos con la cultura pagana cuando estos resultan claramente contrarios a la doctrina cristiana, como es el caso evidente de los espectáculos y festividades sangrientas en que los animales son torturados y sacrificados.
  4. De igual manera, detectamos una clara contradicción en poner como nombre Santamaría[30] a una plaza de toros, espacio dedicado a este tipo de espectáculos, por la forma como incide en el imaginario colectivo. (Podría llevar el nombre de un torero famoso, un emperador romano o un aficionado, empresario o mecenas de las corridas, siempre y cuando no resulte alusivo a la Virgen, ningún santo, ni a cualquier figura paradigmática del cristianismo, desde luego).
  5. Asimismo, y desde el punto de vista de la vocación profesional y de la utilidad económica habría que reconocer que existen trabajos y negocios, como los relacionados con las corridas, que, por muy arraigados que estén en las costumbres de un pueblo atentan contra la dignidad de la persona y su integridad física y moral. Aunque haya otras opiniones, al menos esta es la posición genuina y auténticamente cristiana a ese respecto, si nos atenemos a los pronunciamientos de las eminentes personalidades, casi todos santos y pontífices de la Iglesia y, por lo tanto, destacadas autoridades de la historia del cristianismo, mencionadas en este escrito.
  6. 6.    En este mismo orden de ideas, para aquellos creyentes indiferentes con el tema y para quienes indolentemente responden que primero hay que ocuparse de los seres humanos, quisiera subrayar que al lado del sufrimiento de los animales, el aspecto central de la discusión es, precisamente, la dignidad de la persona, afectada cuando arriesga su vida, se deleita o se muestra insensible frente al maltrato animal, tal como la Iglesia lo ha sostenido desde los primeros tiempos del cristianismo. Con lo cual tenemos que esta problemática hace parte de la vivencia de un auténtico humanismo cristiano y de la práctica de una Ecología Humana, como la planteada por San Juan Pablo II, en la que el hombre realmente participe de “la sabiduría y al amor inconmensurable de Dios»[31].
  7. En el caso de los taurinos, lo estético se encuentra por encima de lo ético. (Esto supone actitudes como las mostradas en el mundo de la ficción, por poner un ejemplo conocido, ¡por un Hannibal Lecter!…). En consecuencia, por lo menos habría que recordar que en el contexto de los valores cristianos el criterio estético, por lo menos, no debe ir en contravía del ético.
  8. Y también para los no creyentes en el cristianismo, cabría hacer una invitación para que recordaran que esta religión, con sus diferentes corrientes, ha articulado desde el punto de vista ético la cultura de occidente –y en el caso del budismo, de vastos sectores de oriente–. Y, por lo tanto, podrían por lo menos cuestionarse su actitud frente el tema del maltrato animal y las corridas de toros, desde los principios morales heredados de dichas religiones, que, en todo caso, subyacen como bagaje ético de una cultura secularizada, así como en otras posiciones morales no religiosas que se ocupan denodadamente de esta cuestión[32].
  9. De todas formas, si se trata de la defensa de tradiciones y de la cultura, podría preguntarse qué tiene mayor peso en la cultura de los colombianos, si el acervo de la religión mayoritaria y tradicional, como es el catolicismo y ahora, también, el cristianismo de muchos creyentes no católicos, así como de los numerosos seguidores del budismo que existen hoy en día en nuestro país; y también de muchos ateos y agnósticos, herederos, en todo caso, de los principios morales de dichas religiones, o, de cualquier forma, enemigos de los espectáculos sangrientos. O, por otro lado, las corridas de toros, apoyadas por unas minorías motivadas por el significado artístico que encuentran en ellas y en su práctica consuetudinaria, así como en la utilidad económica que les supone este negocio.
  10. Por lo demás, la sentencia encaminada a la apertura de la Santamaría para los espectáculos taurinos, ¿no resulta hasta cierto punto una contradicción respecto al espíritu de la ley 1638 de 2013 – en la que se prohíbe el uso de animales en los circos–, avalada por la misma Corte Constitucional luego de estudiar una demanda contra dicha ley, en la que se argumentaba que el uso de los animales en los circos era una manifestación cultural tradicional?…[33]
  11. Por último, la sociedad requiere una lúdica edificante, en la que se promuevan valores como la empatía frente “al otro”, la solidaridad, la sana competencia, la paz y las prácticas deportivas y culturales como opción de vida saludable. En las corridas podemos encontrar todo lo contrario: sadismo y en el mejor de las casos, indiferencia respecto al sufrimiento del animal; violencia, irrespeto por la dignidad y la vida de la persona (pues el torero arriesga innecesariamente su integridad física y moral); y, encima de todo, cobardía y soberbia de especie, en el sentido de que a pesar del innegable riesgo del torero y de su arte, el toro, al fin y al cabo, lleva las de perder, puesto que, bajo el grito multitudinario de los aficionados, dada su condición animal, esta condenado desde el principio y con raras excepciones al suplicio y a la tortura, que empiezan incluso desde antes de iniciarse la corrida y no termina ni siquiera cuando ha salido de la arena…[34]. Y lo mismo sucede con otros espectáculos con animales.

Para terminar, me excuso de antemano con los seguidores de otras religiones que de seguro han aportado al tema relativo al respeto debido a los animales y la naturaleza en general. Si no las he mencionado en este escrito ha sido por cuestión de tiempo, espacio y, desde luego, porque habré de estudiar sobre el particular. Por estos mismos motivos, tampoco he podido incluir muchos pronunciamientos y ejemplos provenientes de cristianos de distintas iglesias, así como del clero, santos y laicos católicos, a favor de los animales. Pero, de todas formas, creo necesario indagar y ampliar el espacio de reflexión con el fin de enriquecer la discusión acerca de las implicaciones religiosas y morales de este controvertido tema. Lo que es evidente es que resulta indispensable plantar cara al mismo –mejor dicho y ahora sí, tomar el “toro por los cuernos”–, para aunar esfuerzos y educar a la sociedad en el rechazo a cualquier forma de sadismo o conducta cruel; y así, ayudar con amor fraterno a los llamados por San Francisco y luego, por San Juan Pablo II, “nuestros hermanos más pequeños”.


[1] http://religionesyanimales.blogspot.com/2010/08/animales-y-religiones.html

[2] Durán Velasco, José F., Tratado de demonología: de Prometeo a Malak Tawis, de Ahrimán a Iblís, Córdoba, Almuzara, 2013, p. 93.

[3] Mosterín, José, Madrid, Alianza Editorial, La India: historia del pensamiento, 2007, pp. 74-80.

[4] Ibid, p. 99.

[5] Ibid, p. 109.

[6] Oseas, 6:6.

[7] Isaías, 1: 13-17.

[8] Girard, René, El chivo expiatorio, Barcelona, Anagrama, 2002, pp. 135-166.

[9] Marrou, Henri-Irénée, ¿Decadencia romana o antigüedad tardía?, Madrid,Rialp, 1980, p. 40.

[10] Larrañaga, Ignacio, El Hermano Francisco de Asís, Caracas, Ediciones Paulinas, 1980, pp. 296 y 297. La cursiva es nuestra.

[11] Para este tema, me apoyo en las explicaciones y las citas de: Gilpérez Fraile, Luis, De interés para los católicos taurinos. Este documento se encuentra en: http://asanda.org/descargas/documentos/taurinos/de-interes/bula.PDF

[12] Caballero, Antonio, Toros, toreros y públicos, Bogotá, Áncora editores, 1992, p. 37 y 38.

[13] Bullarum Diplomatum et Privilegiorum Sanctorum Romanorum Pontificum Taurinensis editio, tomo VII, Augustae Taurinorum 1862, pp. 630-631, Pío obispo, siervo de los siervos de Dios para perpetua memoria, en http://www.eroj.org/paginas/piov.htm. La cursiva es nuestra.

[14] Ibid.

[15] Ibid, pp. 14. La cursiva es nuestra.

[16] Ibid, pp. 14 y 15.

[17] Caballero, Antonio, p. 40.

[19] En este orden de ideas, resulta llamativa una anécdota que se atribuye a Pablo VI quien, por lo demás, tuvo a su lado a un perro que le sobrevivió a su muerte. En una ocasión, el Papa consoló a una niña a quien se le acababa de morir su perro, con estas palabras: «No te preocupes, que volverás a encontrártelo en el cielo». http://elpais.com/diario/1990/01/14/sociedad/632271603_850215.html.

[20] Isaías, 11: 6-9; y también, Isaías, 65, 25.

[21] http://religionesyanimales.blogspot.com/2010/08/el-magisterio-de-la-iglesia-hoy.html

[22] http://miparroquiadepapel.blogspot.com/2014/03/el-gato.html

[23]Carta Encíclica Evangelium Vitae del Sumo Pontífice Juan Pablo II, 42, en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jpii_enc_25031995_evangelium-vitae_sp.html

[24] http://www.taringa.net/V1XEN/mi/Zn0Cc. Los defensores de los animales denuncian que los armiños, al igual que otros animales a los que se les sustrae la piel, los matan por medio de la electrocución anal o genital, se los ahoga, o simplemente les rompen la cabeza y el cuello a punta de golpes. Al quedar sin sentido, se les abre una herida que los despierta en el momento en que van a ser desollados vivos. http://miconcienciaanimal.blogspot.com/2009/12/no-al-uso-de-pielestodo-el-ano-por.html. Pareciera ser que China se lleva un deshonroso lugar de vanguardia en este tipo de torturas. http://www.taringa.net/posts/solidaridad/6760012/Maltrato-animal.html.

[25] Catecismo de la Iglesia Católica, Tercera Parte, Segunda Sección, 2416 y 2418, en: http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a7_sp.html. La cursiva es nuestra.

[26] Sosa, Nicolás M., “Ecología y ética”, en: Conceptos fundamentales de ética teológica, Madrid, Trotta, 1992, pp. 862 y 863.

[27] Chesterton, Gilbert Keith, San Francisco de Asís, Juventud, 1994, pp. 113-136.

[28] Hendricks, Marie, “Por una relación más justa con los animales”, en L’ Obsservatore Romano, 16 de enero del 2001.

[29] http://animal-respect-catholique.org/quienes_somos.htm

[30] Desafortunada coincidencia el hecho de que la Plaza lleve el nombre del ganadero y principal promotor de la misma, Ignacio Sanz de Santamaría. Estos apellidos, alusivos al catolicismo como: De Dios, Santamaría, Santos, presuntamente eran adoptados, en España, por judíos conversos.

[31] http://es.catholic.net/jovenes/135/1973/articulo.php?id=5865

[32] Ver, por ejemplo: Singer, Peter, Liberación animal, Trotta, 1999; http://www.protectora-jaca.org/citas.htm

[33]http://www.elpais.com.co/elpais/colombia/noticias/corte-constitucional-prohibe-uso-animales-silvestres-circos

[34] Los antitaurinos denuncian el espectáculo de horror y la tortura a la que es sometido el toro: 24 horas antes de la corrida es encerrado en completa oscuridad, le cuelgan sacos de arena durante horas y es golpeado en los riñones y los testículos; aunque de hecho es miope, le ponen vaselina o grasa en los ojos; el agua que bebe es mezclada con sulfato para ocasionarle diarrea. Desde luego, le recortan los cuernos (el afeite), le maltratan las patas y le untan sustancias que le producen ardor, lo que hace que no se pueda estar quieto durante la corrida… Se le inyectan fármacos hipnóticos y en algunos casos se le introducen bolas de algodón para dificultarle la respiración, Luego, en la arena, el picador desangra al toro para debilitarlo aún más “en tres tiempos, para mayor goce de la afición”; las banderillas profundizan el doloroso desgarre de las heridas, lo que hace que el toro no pueda levantar la cabeza. Es entonces cuando el torero atraviesa al animal con una espada de 80 cm. de longitud, con la que logra que agonice con vómitos de sangre. El toro trata de huir y, en ese momento lo desnucan con lo que se llama el “descabello”; luego lo rematan con la “puntilla” que le clavan en la médula espinal, lo que lo deja paralizado de la cabeza para abajo, pero consciente y, por lo tanto, se da cuenta de como lo sacan del ruedo, le cortan las orejas y demás. Mientras tanto, los caballos de los picadores son animales viejos, sin valor comercial, a los cuales les amputan las cuerdas vocales para evitar los relinchos producidos por el terror y el sufrimiento que padecen en la arena; como es natural, mueren después de dos o tres corridas por la fractura de sus costillas y los destripamientos. Cfr. https://www.facebook.com/media/set/?set=a.150744361681589.33837.101684216587604&type=1; http://elpais.com/diario/1988/01/28/cultura/570322803_850215.html.

* Doctora en Historia (Universidad del País Vasco, España). Profesora del departamento de historia y estudios socioculturales de la facultad de filosofía y ciencias humanas de la Universidad de La Sabana.

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