El Magazín

Publicado el elmagazin

Movimiento en las terminales

terminales

 

Nélfer Velilla

La espera es redundante en las terminales, habitual; la parsimonia que inventan los ojos se vuelve elocuente en cada silla ocupada, en cada taquilla. Encuentra uno tantos adjetivos para las miradas como equipajes, pero hay uno más común, uno que me repito ahora en mi propia espera… sí, mi mirada debe lucir irritada.

Me molesta tanto esperar, y me molesta más saber que no soy el único que inconscientemente se estremece por el reflejo de cada bus que se avecina. Me azoro más aún cuando escucho la voz ingenua de la chica que le habla a todos por los parlantes, pendiente también del reloj porque aspira dejar el turno pronto, porque valdrá la pena ir apresuradamente a la avenida donde su amante todavía aguarda en la vieja motocicleta, cuyo cojín ha recibido los grandes traseros esculpidos y manoteados que el semental ha paseado, que ha llevado a tantos kilómetros por hora para luego transmutar progresivamente las historias en lágrimas, en recuerdos maltrechos por la inútil intensión de golpearlos para lograr el olvido.

No había pensado antes en lo duras que son tantas horas dentro del vehículo, el cansancio más mental que físico que suponen las ojeadas por las ventanas, la naturaleza de los ojos por encontrar puntos de referencia en las calles, que no aspiran reconocer más que como figuras independientes de la realidad propia con el cupo de aventuras lleno; el afán por apreciar lo que hay después de los bordes de la carretera, los espacios aparte del mundo civilizado, que se convierten al final en un vestigio, en espabilazos de luz que trazan un conjunto de rayas por la fuerza con la que el conductor pisa el acelerador, abandonado a la costumbre de ser responsable de lo que, a la larga, para él no son más que vidas, sin subjetividades que hagan a unas independientes de las otras, pues al acabar el trayecto sólo recordará -si el tiempo para emprender un nuevo viaje se lo permite- al molesto anciano que le pidió varias veces bajarle el volumen a la película noventera que nadie veía y que no lo dejaba dormir. Y qué decirle a éste, qué interés pondría el viejo en un paisaje que se le agotó por la experiencia o por el mero desinterés al que debe llevar generalmente la senectud.

Pero lo peor no es el viaje, pues el alivio no llega al pisar el suelo nuevamente, no. Llegas a la terminal y, si corres con la suerte de que alguien te espere, no será lo primero que veas, seguramente. Primero tienes que notar a la absurda mujer que hala a su pequeña hija dando gritos, porque la diversión de diez horas en el bus no le fue suficiente; sin embargo, la madre no entiende que no puede violar la transición ordinaria por la que se debe pasar cuando a uno todavía se le antojan divertidos los viajes, no el destino sino el viaje como tal. Además, aún queda ese zumbido en los oídos, lineal e infranqueable, incómodo, sumado a las nuevas voces de los regateadores, de los policías requisando, de las quejas por la demora, de las preguntas frecuentes, de los vendedores de último minuto y de la amenazadora espera que, sin ser de naturaleza sonora, se convierte en el peor bramido de estas terminales.

Es mejor pensar todas estas cosas. Siempre será más fácil lamentar las desventuras ajenas aun padeciendo una propia. Prefiero eso a recordar a quien me tiene aquí en la silla, desinteresado de las noticias en la televisión, que además no podría escuchar aunque quisiera debido a la algarabía. Yo, de hecho, preferiría no tener que venir aquí a esperar. No obstante, sé que al final habrá valido la pena, supongo. La chica será feliz en su veloz paseo de motocicleta, abrazada de su corpulento amante; los reconocimientos en la carretera no ocuparán significativos espacios de la memoria, pues echándose la bendición, y agradeciendo, los creyentes pensarán en la paciencia para soportar el último y desdichado paso por la terminal antes de llegar a donde anhelan; el conductor descansará desabrochándose el traje ajustado que le impone la cooperativa de transportes, y pensará en el dinero que ya aseguró; al anciano no le importarán mucho los minutos desperdiciados porque, muy por encima de lo que uno crea, en la vejez el tiempo no se ve con remordimiento a pesar de que hayan sido numerosos los fracasos; y la mujer convencerá a la hija de que todavía les toca ir por el taxi que las llevará donde la abuela y el papá con el que ya no viven.

Quedo yo, como el sujeto dueño de otro relato, con un capítulo que lo trajo también a una terminal, para acabar resumiendo las demás historias que desconoce, para darse cuenta de que el mundo es una gran terminal de esperanzas, donde se llega y donde se transita dejando atrás lo que no alcanzó a ser una referencia durante el viaje, abandonado aquellas lejanas voces de la antigua película o del noticiero, haciendo y pensando tantas cosas en los asientos porque así lo orienta y lo ha orientado siempre la misma esperanza.

Deseo que ella llegue pronto, que se apresure. No quiero seguir reñido con esta analogía que ya no es tan satisfactoria, y menos en vísperas de elecciones, cuando aparece esa cosa que mantiene en pie a las masas no exentas a la resignación, esa cosa que motiva a los que se indignan a dejar el puño arriba, esa expectativa que nos convierte en niños deseando un nuevo y duradero viaje. Sin embargo, esa renombrada esperanza en estos tiempos, paradójicamente, se crece en la misma medida en que desaparece, y termina por ser mejor, sin lugar a dudas, la espera en estas terminales.

Comentarios