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Monólogo de una nube

Por: Claudia Quintero

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El tiempo se desperdiciaba en las agujas del reloj, la realidad saltaba de un lado a otro, trozos de rostros, de miradas, de despedidas, de llamadas que se quedaron atascadas en la contestadora para ser infinitamente repetidas por un aparato; besos, pequeñas y grandes tragedias, obscenidades e hipocresía y hasta los niños en sus buses escolares.

Todo eso, ahora volaba en fragmentos, como si una avalancha de nosotros, de todos, de todo, se esparciera en el blanco semblante de un inicio culminante. No sabíamos si encontrarnos con tantas historias contadas al revés, o tal vez, desde la mitad, alteraría de alguna manera la concepción general que hasta ahora habíamos tenido el rostro de la vida misma, como se supone que vivamos, si cada vez que vemos estamos más ciegos, cada vez que aprendemos nos tornamos más ignorantes, cada vez que avanzamos como humanidad nos acercamos más al simio que se balanceaba entre los árboles y cada vez que amamos sentimos menos. Debe ser porque en nuestro intento de ser, se nos ha caído la poca esencia que todavía cabía en nosotros, se ha extraviado entre la risa acomodada de nuestra tristeza y la inútil agonía de la verdadera existencia. Por eso ahora todo se desvanece, voces, colores, el llanto de los bebes de brazos, el ladrido de los perros callejeros y también el susurro de mi mente que hasta ahora se ha resistido a apagarse. Llegará un punto en el que también nos unamos a este huracán de verdad humana, toda aquella que ignoramos o que escondemos tras nuestra vergüenza; en realidad, buscamos refugio en todo lo que nos ofrece al destino, como si aferrarnos a sus designios fuera la solución infalible a la irrevocable sentencia de nuestra soledad. Soledad besando otro cuerpo a las 3 de la madrugada después de una noche de tragos, soledad que navega por el cielo de la mañana del lunes, soledad en la sonrisa lastimera que le ofrecemos al niño que siempre ha vendido dulces en la calle, incluso, soledad en las insulsas palabras que masticamos cada día, sin poderlas vomitar o volverlas a decir con no menos desagrado que antes. Quedarnos, permanecer, irnos, huir, todo se vuelve lo mismo cuando se trata de la confusión enmascarada en las rocas puntiagudas de la desidia, esa que creamos en busca de un sentido, como si el viento que nos asfixia buscara los motivos de nuestros reproches, como si para siempre y nunca más no fueran ideas que nos transforman por completo. Corremos por una línea de girasoles grises, en la que mis ojos y los tuyos nunca se vuelven a mirar, en la que el olor a caucho quemado y el tacto de la lluvia sobre mi piel se vuelven el alimento del que se nutre mi conciencia. Negar el paso de todo, pretender que ayer y hoy duraron lo mismo y  que al refundirme entre todo este mar de sábanas no vea más que la poca civilización que nos queda, veo las preguntas de las que nunca nos dimos respuesta ¿Dónde están el amor y el odio? ¿Puede el tiempo contar una vida mejor que las historias?, eso no importa ya, pues ahí estas tú, refundiéndote en mi cabeza, buscando en dónde quedarte, te pierdes por toda la inmensa oleada de ojos y letras que ahora se clavan en el silencio, te busco a tientas en medio de toda esta mezcolanza de quienes y de cuáles que me arrebatan la saliva de la boca, no puedo más que despertar. Despertar. Como si la pesadilla de cuerpos desperdigados en medio del pasto pudiera esfumarse de mi cabeza, el pesimismo nos agobia y estas líneas se entreveran a medida que las palabras maquillan aquella alfombra roja que se ciñe a nuestros deseos. Vemos a través de nosotros mismos o mediante lo que lastimeramente conocemos de lo que en realidad somos, el mundo crece, se expande gracias a la electronegatividad de nuestras luces, como si pudiera encenderse una llama en el ser de cada quien, como si vernos en los cruces demarcados por una pausa inevitable fuera en realidad posible.

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