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Mi vecina de Subaychoque

Luis Carlos Muñoz Sarmiento*

Mucho gusto, mi nombre es Indialecio Lévano Agurre. Llegué al campo, querido periodista, hace tres años, casi cuatro, con el ánimo de encontrar tranquilidad, si no paz, algo muy difícil de… como usted sabe por su labor profesional. Pensando que quizás allí es posible encontrar un lugar en el mundo, como se titula esa película en cuya escena final el maestro de escuela prefiere prenderle fuego a toda su producción de lana, antes que dársela al que se la compra al precio que él fija al resto de la población. Me fui de la ciudad después de conocer el horror y el vacío en la noche del 14 de julio de… ¿La razón? No me la pregunte, por favor. No quiero volver sobre el asunto. Lo que viene no da para tragedias; apenas para su complemento, el humor. No quiero que se ponga a llorar o que nos pongamos a llorar los dos. Más bien que nos riamos, no hay otra salida, de toda esta mierda que nos rodea desde hace ocho… y no creo necesario decirle en qué año estamos. Qué no van a decir de nosotros: desde narcoterroristas, hasta obdulios, cossios, sebas, palacio comemierdas. Y tendrían razón, periodista. Pero, no vamos a darles gusto. Tampoco a mi vecina Ingenua Refinada, quien desde aquel 9 de abril cree que nos engañó a mi esposa y a mí durante una diligencia policial a la que recurrí para solucionar un problema con aquélla. Diligencia a la que jamás hubiera recurrido de haber sabido… Y a la que jamás, en lo posible, volveré a… Nunca olvide que justicia mata verdad. Que mentira es sinónimo de justicia, como lo es de política, aunque no lo crea… Que patrullero muele razón. Pero también que mayor está encima de patrullero. Y mayor debajo de fiscal…

Lo primero, periodista, que quiero que entienda es que, pese a lo que evoca mi nombre, no soy historiador ni el padre putativo de un ex alcalde. Soy un simple desplazado al revés. No porque me hayan sacado de nalgas, del sitio donde vivía, sino porque soy un desplazado de la ciudad al campo y no al revés… Le cuento. Lo que no implica que sea un cuento. Aunque sí, es un cuento. Recuerde que todo relato que se vuelva ficción deja de ser documento, memoria y se vuelve traición a los hechos, a la historia, a la verdad. Que toda persona que entra en un cuento, se vuelve personaje, fábula, mentira. Así que no espere de todo esto, material para su puta cantera. Y aquí puta significa que el periodismo tiene de común con la prostitución su antigüedad. O, para poner a ambos en presente, su vigencia. Pues bien, o mal, da lo mismo. Resulta que la tal vecina Ingenua desde hacía seis meses venía permitiendo que sus ocho perros y otros callejeros que alimentaba depositaran sus excrementos frente a nuestra casa y siempre que uno llegaba terminaba pisándolos. Para acabar de completar, un día que me vio ahuyentando a uno me dijo que tendría que “tirarle piedritas” también a ella y yo le contesté, como quien le quitaba el aliento: “Ni aunque usted me eche los perros”. Es que un día me pareció que, en efecto, la viejita me echaba los perros, como se dice vulgarmente. Imagínese el problema en que ya me quería meter, sobre todo con mi esposa que no puede ver a nadie más conmigo. Mucho menos a una viejita de sesenta y pico de años que me llevaba, ufff… Y que, fuera de eso, parecía la mamá de mi esposa, en cuanto a carácter se refiere: dulce, delicada, refinada. Pero esto era sólo en apariencia y referido a la viejita, no a mi esposa. Empezando porque la Ingenua era boyaca, lo cual no es poca cosa después de saber en qué se parecen los boyacos a los perros de cacería: ¿no sabe? En que ambos son güevones, orejones y… ¡traicioneros! Así es normal que, contra este sino, la vecina mostrara candor, refinamiento. Es posible que de ahí hubiera sacado su nombre o que este se hubiera desprendido de forma natural: pero no. Nada en ella era natural, todo medido por el más acendrado espíritu zorruno. Y recuerde lo que decía un escritor ruso ya olvidado: “La zorra es el dios de la astucia y de la traición” y “la diosa de los escritores”. Para empezar, nadie sabía si Ingenua era nombre y Refinada apellido o ambos, nombres. Lo cual ponía en duda la reputación de su madre. La de ella, no la suya, periodista. Como si esto fuera poco, la gente le decía Inge y ella sacaba pecho pensando: “Por Ingeniera”. Y era por ingenuera… (El periodista, intrigado, me decía: “Pero, ¿no está llenando mucho su relato de anuncios? Y yo, metafísico, lucubraba: “Vea, no todos estos cabrones son brutos. Algunos hasta se atreven a pensar…”)

Para los negocios, eso sí, no era nada ingenua. Un par de veces nos metió, a mi esposa y a mí, en problemas: primero, con otro vecino al que nos pidió que ayudáramos permitiéndole el paso de sus aguas por nuestra caja y a lo cual accedimos. Luego, ese vecino, al que se le dirá profesorcito pues profesor, a secas, es demasiado título para él, nos quiso meter en otro asunto (que ella urdió y al que nos negamos). Más tarde, hurtó arena de nuestra casa, cuando no estábamos, y al día siguiente vino a confesarnos lo que había hecho. Con lo cual empezaba a desdibujarse en mí la idea de un lugar en el mundo posible de hallar en el campo. Se me olvidaba de momento que los habitantes citadinos y rurales son los mismos o, si se prefiere, la misma mierda. Y no me trate de duro, periodista, recuerde que la mierda es blanda: “Mire qué suave viene a depositarse debajo de nosotros/ por qué prodigársela al presidente de los Estados Unidos…/ en realidad qué nos ha hecho ella”, dice el poeta. Y tiene razón, la mierda no tiene la culpa de quienes la encarnan, como tampoco las presidencias de quienes lleguen a ellas, ni los perros de la vecina por dejar la suya al frente de nuestra casa: la única culpable era Ingenua. Por más refinada que se presentara…

Por último, fue ella misma la que se dio a la tarea de desdibujar su nombre. La historia es muy larga, pero se la voy a resumir, periodista. Para que no vaya a decir usted también que yo hablo mucho… Decidí dejar de hablarle a la vecina porque un día se ofreció a guardarme un par de tejas de zinc que yo ya le había prometido a otro vecino y no me las devolvió. Más tarde me enteré de que ella había decidido regalarle nuestras tejas a un maestro que le estaba haciendo un trabajo en su casa: maestro al que llamaré Imagínate, porque a todo el mundo le decía así, aunque no tuviera confianza y luego agregaba, “¿cómo estás, cómo te ha ido?”. Entonces vino la confusión de Ingenua. Más adelante, en una tarde calurosa salí a buscar a la tienda algo para tomar y por el camino me la encontré. Al verla cargada con unos paquetes pesados, me ofrecí a ayudarla y volví con ella hasta la casa. Me dirigí de nuevo a la tienda. Esa misma tarde, casi noche, se apareció en mi casa y me dijo: “Mire, don Indialecito, traje la bandera de la paz”. Usted ya sabe, periodista, que me llamo casi como el célebre personaje del que hablé ya, pero lo que me emputa es que me pongan diminutivos… como si a usted le dijera Reinmundito, conociendo su contrastante apellido. Y yo, que aparte de los pares y los diminutivos si hay otra cosa que odio son las banderas, le respondí: “Y, ¿por qué no se la iza en el…?” Pero esto no lo dije, lo pensé, entre globos, como en los cómics, no le iba a responder de forma tan grosera, para evitarle el placer de enrostrarme su refinamiento. Porque sí, la viejita resultó más estirada y tiesa que la cara de Berlusconi. De la manera más sencilla, le contesté algo que en su momento fue irrelevante. Entonces, fue ahí que la vecina se confundió. Creyó que porque le había aceptado su… bandera, era porque había dejado atrás la afrenta de sus perros. No entendía, Ingenua: “Pero, el olor es más fuerte…”, evocaba Charly en esa canción que habla es del dolor. Y aquí dolor y olor, eran la misma cosa. Pero Ingenua no entendía. Fuera de eso, dadas mis ocupaciones, nunca pude, ni quise, aclararle el asunto. Porque llegué a pensar, que quizás un día ella… Pero no, hay personas que nunca cambian, hay cosas que no cambian con el tiempo, hay cambios que no llegan a ciertos ámbitos. En definitiva, la veteranía no es un grado. Más años no significan experiencia. Pero Ingenua creía que veinte años de antigüedad en el lugar, la autorizaban de por sí a hacer lo que le daba la gana.

Así, el día que me pilló tirándole un par de piedritas a uno de sus canes vino a vociferar a la ventana de nuestra casa, esta vez recortando el nombre, por la furia: “Don India…, los perros van a seguir cagando en la calle, porque es de todos y… además, todos estamos mamados de ustedes, porque ustedes son malos vecinos”. Sólo alcanzó a decir esto porque la saqué más rápido que volador sin palo. Sobre todo después de que se atrevió a decir que no venía a hablar conmigo sino con “doña Desdé”, mi mona esposa que, como ya adivina, es más celosa que la mujer de Otelo: y no le doy más pistas porque entonces se vuelve una tragedia y ya le dije que no quiero melodramas ni culebrones. Más bien una comedia, no una pesada ópera como Rigoletto o Tosca. La despaché de un totazo: “Aquí somos dos…” y no añadí su nombre para no dar a entender que me burlaba del suyo ni de ella.

El tiempo pasaba y la señora seguía como si nada y sus perros igual hasta que un día, cansado de tanta mierda (literal, no me refiero al país), pensé: “Esta mierda no es mía”. Así que comencé a devolvérsela en módicas cuotas ocasionales a Ingenua. De a pocos, como Azarías en Los santos inocentes lo hace en la casa señorial, le iba dejando muestras gratis de cacanina regadas en cualquier lugar frente a la suya. Hasta que la viejita, sin saber nada ni sospechar de nadie, reaccionó: como por arte de magia, la mierda comenzó a desaparecer del lugar. Y no crea que sólo por obra del único fantasma con nombre propio y de verdad. Porque hay fantasmas con nombre, pero no de verdad. Que no pasan de ser fantasmas. Como uno que conocí en Villa de Leyva. Una noche ya lejana, con una novia y cansado de buscar hotel, llegamos a una casa y, siendo casi las doce de la noche, salió un señor bajito en pijama, sin titubear abrió la puerta y a mi pregunta de dónde podríamos encontrar un sitio para dormir, respondió: “Este no es un hostal, pero es su casa”. Atónitos, sin musitar palabra, entramos. Más tarde, ella decidió acostarse en una de las dos camas que el anfitrión nos había preparado. Ya estábamos tomando un vino que yo había sacado del morral, cuando de pronto advertí unos pasos por el hall y pensé que mi novia se había despertado. Pero, no. Cada vez era más fuerte el sonido de los pasos por el corredor. Le pregunté al anfitrión quién era… y al asomarme sentí con asombro retumbar nítidos, casi visibles, los pasos en mis oídos. Me quedé helado cuando aquél me respondió: “Tranquilo Lévano, es Jorge Eliécer”, que es como se llamaba el fantasma. Pero, en el caso de Ingenua, se trataba de alguien muy… no voy a decirle quién, para no quitarle el misterio al asunto. Cuando comenzaba a pensar que el fantasma era mi vecina, un día apareció para decirme si quería unos plátanos… y lo que yo quería era que me dejara en paz, no cagaran más sus perros frente a mi casa, me devolviera las latas de zinc. Le dije: “No, gracias, tengo unos sobre la nevera”. Tal vez creyó que la despreciaba. De todas maneras, aproveché su acercamiento para hacerla seguir, le pregunté por las latas, no mencioné lo de los perros ni le advertí que me dejara en paz. Entonces, tal vez volvió a confundirse y pensó que ahora el fantasma era yo… esas cosas, periodista, son más de la vida que de la literatura. Lo que pasa es que el arte imita a la vida, no al revés, pero para luego transformarla y crear una segunda realidad, más creíble que la … por fantástica que sea. Y perdone, pero si no le explico terminamos confundidos. Más que la vecina conmigo. Se comprometió, pues, a devolverme las latas al término de la distancia, como se dice. Pero, pasaron seis meses y nada… Hasta que arremetió en la ventana para recordarnos que “todos estamos mamados de ustedes…” Y yo de nuevo impelido a mandarla a comer…: no de sus perros, claro, eso sería demasiado para una viejita tan refinada. Que una vez me ofreció vino Sansón con anchoas saladas…

El día que llegamos a la diligencia en la Policía del pueblo con ínfulas de metrópoli, por arribismo de su alcalde, Ingenua comenzó a esgrimir su talante zorruno: al dar mi declaración inicial, recurrió a toda suerte de mentiras, conjeturas, especulaciones. En resumen, su accionar parecía un western mariachi, o sea, meros disparates. Así, a mis cargos por depositar excrementos frente a mi casa, por estar contra las quemas de basura en el lugar, por las amenazas que me hizo a través de mi esposa, hechos que negó, empezó diciendo que “nosotros también hemos recibido muchas ofensas”, con lo cual lo que al principio negaba quedaba implícito. Por otro lado, periodista, si bien citó sólo un hecho, lo magnificó de tal modo que yo no sabía si cagarme de risa o de rabia, cuando soltó esta perla: “Por ejemplo, un día recogió toda la mierda del lugar y la depositó en nuestra casa”. Y lo que me daba risa, en ese caso, era que tendría que conseguir una volqueta para poder recoger toda la caca de lo que parecía la capital mundial del tango: ya sabe, por Chiquinquirá, por que el transeúnte tiene que hacer expertos pasos de tango para atravesar sus calles plagadas de popó. Lo que, por el contrario, me producía furia era pensar que de momento me tendría que ahorrar mi verdad pues no olvide que verdad no tiene que ver con… ¿Sabe cuál era la verdad? Un día, después de más de seis meses de ver caer mierda frente a mi casa, sencillamente recogí una muestra gratis de la de la vecina, se podría decir aunque fuera la de sus perros, la envolví en papel periódico, la introduje con cuidado en una bolsa plástica y la deposité a un lado de la puerta de su casa, como lo puede atestiguar el muchacho que al rato salió a verificar su contenido y comprobó que no era mierda: que era pura verdad. Pero no la cantidad que Ingenua trató de endilgarme frente al patrullero. Luego, con la complicidad de éste, pasó a señalar mi mal carácter frente a mi esposa, a lo que de inmediato repliqué que se dejara de deposiciones… eso, de suposiciones y de marrullas. Frente a lo cual surgió, con la rapidez de un rayo, el sesgo del patrullero a favor de la vecina y de sus dos hijos, una mujer, maquilladora, y un hombre, músico callejero, lo cual no es motivo de vergüenza: “Bueno, no vamos a convertir esto en una plaza de mercado”, refiriéndose a la Oficina de Atención al Ciudadano. Y yo, mientras, pensaba, lo que después diría: “¿Qué tiene que ver, patrullero [casi digo marrullero], mi buen o mal genio con los actos de la vecina? ¿Soy yo el acusado o el que acusa? ¿No vinimos a causa de su comportamiento frente a nosotros y de las amenazas que ahora niega? ¿Por qué no se limita a responder por los cargos que se le hacen y deja de hacer los que no le atañen, descargos que no vienen a colación? Y cuando mi esposa intervino para confirmar las amenazas que le había hecho en relación conmigo, como un resorte el músico callejero saltó para a su vez amenazarla: “Cuidado con lo que dice porque la puedo demandar por calumnia”. Y yo, una vez más, pensaba lo que luego diría: “Con todo respeto, patrullero, como dicen los campesinos con suma ironía… Tenía entendido que este individuo es músico callejero, lo cual, creo, no es motivo de vergüenza. Lo que sí, es que ahora más parece un matón callejero. Además, ¿con qué derecho viene, como su madre (la de él, patrullero), a proferir amenazas delante suyo, en contra de mi esposa?”. Esto, periodista, causó mella en el ánimo del Gato que ipso facto me lanzó una mirada amarilla de bilis que me dejó entre rojo y azul. Para acabar de oscurecer la nube que se cernía sobre mi esposa y yo, cuando a continuación salí a defender la verdad de ella frente a las patrañas de la pandilla convocada, de nuevo se activó el reflejo criminal del músico, esta vez para dirigir a mí su tendencia matonesca: “Si creyó que mi mamá está sola se equivoca. Vuelva a meterse con ella y verá…” y enseguida percibí un casi inaudible pendejo, entre signos de admiración. Entonces, ahí sí, se activó en mí no voy a decir que el reflejo criminal, pues lo he anulado (aunque en ese caso quise…), pero sí el furor y ya sin el con todo respeto solté:  “Patrullero, creo que me metí en la boca del lobo. ¿De qué sirvió lo que dijimos mi esposa y yo durante cinco semanas previas, para que ahora este sujeto venga a decir lo que quiera y además con su venia?” ¿Cómo se dice…? Ya, ya: “Y ahí fue Troya”. Quién no hubiera percibido la transformación, no tanto en insecto como Samsa, eso sería demasiado para un chúcaro, del Gato: no se puso rojo ni azul, como yo, sino pardo, tanto que me hizo recordar el color de la mierda de los cancorros de Ingenua. En adelante fue poco lo que pude añadir.

¿A quién pretendieron engañar la vecina Ingenua y su falso testigo en la diligencia del 9 de abril? ¿A Desdé y a mí? Ja-ja, no. Al patrullero Gato… ¡con su complicidad! Porque así éste se quitaba de encima a quienes tantas verdades le habíamos dicho durante cinco lunes previos: no olvide, periodista, que nada le molesta más a la autoridad que alguien le enrostre sus errores. Igual que a un presidente le digan que en su país hay un problema social: ¡por eso mataron a Gaitán! Porque el Negro le gritó a todos esos blanquitos mestizos, con ínfulas de gringos o de ingleses cuando no de mexicanos, que en Colombia había un problema social. Para los políticos lo más conveniente es hacerle creer a la gente que su país es una pátina. No la mierda que tenemos… le decía yo a mi mona Desdé refiriéndome a la que durante seis meses nos había dejado Inocencia Buengusto, ¿no es lo mismo que Ingenua Re…? Fíjese, cómo las cosas se parecen a las cosas: no hay mucha diferencia entre lo micro y macro de un país, ni entre su gente, sean civiles o autoridades…

Por eso, periodista, lo que en últimas quería decirle al patrullero era de dónde había sacado Ingenua su refinamiento, así que le añadí: “Me explico, brevemente como usted pide: otra vez me invitó a su casa y ¿sabe lo que me ofreció? Black Jack, con galletas… ¡de dulce! No hay derecho: porque así se tiraba las galletas, no vaya a pensar que el whisky. Y ahora sale con que ella es la víctima y que ‘qué mal gusto hacerme venir a una diligencia de estas, a mí, que nunca en veinte años nadie se metió conmigo’. ¿Con todo respeto, entendió? No, pues, patrullero, sólo le faltó decir a esta vieja cacorra, que los perros eran nuestros y que fuimos nosotros, los que los dejamos cagar frente a nuestra casa. Y dígame dónde firmo esta farsa… eso, la constancia de esta diligencia. Mi esposa y yo no tenemos afán. En cambio, he notado todo el tiempo que la vecina y sus dos hijos tienen que irse a la exhumación del cadáver de su abuela: la de e… Y gracias por su colaboración. Recuerde que no siempre gana el que en apariencia vence. A veces hay que saber ganar, aunque en apariencia se pierda. Ahora, por fin, entiendo a Maturranga: perder es ganar un poco…”

Y pensé, periodista, no dije nada, pensé en globitos, como en los cómics: “¡Hijo de puta!, sí esta vez usted, patrullero, usted”. Por eso decidí enviarle una carta a quien estaba por encima del patrullero Gato, el mayor Buey, esposo de la mayor Vaca (de paso noté que la policía se estaba llenando de animales): “No es mi intención, Comandante, que por esta carta se tomen represalias contra ninguna persona, mucho menos contra mi esposa y yo que actuamos dentro de la legalidad contra personas que se mueven por fuera de ella… Gracias por atender a mi petición para que Subaychoque deje de hacerle honor a su nombre y para que la violencia que ahí se da tienda, si no a desaparecer, al menos a disminuir.  Conozco la furia vengadora de quien ojalá no resulte matón… veredal, para que no se ponga bravo por el término que él mismo empleó para referirse a un camino, no a una calle, y que también creyó, ingenuo, como su madre, la de él, que el error era mío y por eso se tomó la atribución extra de sugerir que por qué no nos íbamos del lugar”. ¿Qué tal, ah?

Como ve, nunca me vengué de la vecina por lo de la diligencia. No es mi estilo. Mucho menos iba a adoptar el de ella: el matonesco, el del síndrome del capataz, que se instaló en Colombia hace… (en tono de joesón): “En los años 2002/ cuando el tirano llegó/ las calles y los caminos/ de mi pueblo Subaychoque/ de malandros se llenó…/ Así que mi única venganza y mi único perdón consistió en el olvido: porque olvidar también es tener memoria. Con el tiempo ese olvido, por la catarsis, se volvió un cuento que ya estará frente al lector, para que sea el que ahora se ría. Incluso de nosotros. Nos lo merecemos, también, por… Como mi vecina, que creyó haberse burlado de nosotros. Pobrecita, olvidaba que ignorancia muere frente a conocimiento, rumor frente a escritura, rencor frente a nobleza. Aunque a su vez justicia mate verdad. Y mentira sea sinónimo de justicia, como es de política. Y patrullero muela razón, aunque mayor esté encima de él, y mayor debajo de…

En vista de que el mayor Buey, consorte de la mayor Vaca, nunca me llamó, recurrí a la Fiscalía. Allí, atendiendo al llamado inconsciente del patrullero Gato, le expuse mi situación al fiscal Byron Gavilán frente a la omisión de la autoridad en materia de verdad, justicia y reparación. Y con esa mezcla de poeta y también de animal que denotaba su nombre, me respondió lo que yo presentía: “Señor, escriba un cuento”. Y esto ya no es sinónimo de olvido sino de recuerdo, como este de m… Y memoria, de escritura. Con lo cual los rumores de mi vecina se han disipado: a veces pisar mierda trae buena suerte… ¿no, periodista? Así me haya quedado con la sensación de que perdí. Ahora, aunque pudiera no considerarme ganador, siento que ese 9 de abril sí obtuve una victoria: confirmé la percepción que desde hacía meses tenía de mi vecina… a la que antes le había dicho: “El problema, señora, es que ya no confío en su palabra…” Creo, desde ahí se sintió finada, sin el Re… Así, a la sentencia la zorra es la diosa de los escritores, se puede agregar que a menudo puede hallarse entre los personajes de uno de ellos. Y no necesariamente porque sea una diosa. Cuando después de tanto disparate me aprestaba a concluir, y dije que no hay un lugar en el mundo dónde descansar en paz, brincó el Gato: “Sí hay uno, el sepulcro”: ¿otra amenaza de este hijo de… o metafísica pura?, pensé entre globos, como soñando. Y ante ese aserto irrefutable de la ley, pagamos el importe de la diligencia y nos fuimos…

***

Al terminar Indialecio su relato, el periodista, a nombre de aquél y sabiendo que lo admiraba, se puso en contacto con el escritor gringo más opcionado al Nobel. Al poco tiempo recibió la respuesta del autor de Nuestra pandilla: “Apreciado César Mauricio: Me sorprendió su relato, al que ubico en el mundo de Swift, lo mismo que en el de la falsa autobiografía o biografía aumentada. Con él se demuestra que la literatura no es un concurso de belleza moral; que su poder procede de la autoridad y la audacia con que se ejecuta la representación; que la verosimilitud que inspira es lo que cuenta. Detrás de todo, veo que del ánimo de venganza se pasa a la sublimación por la catarsis. Al final se nota que lo que comienza como el deseo de asesinar a una viejita a golpes y se convierte (por temor a las consecuencias) en el intento de matarla con invectivas e insultos, se sublima a conciencia o se socializa en el arte de la sátira. Es la floración imaginativa del impulso primitivo de decapitar a alguien. Con sincera admiración, Philip Roth”.

Subaychoque, martes 4 de septiembre de 2012

*(Bogotá, Colombia, 1957) Escritor, periodista, crítico de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo y lector.

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