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Memorias de la tribulación

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Julie Paola Lizcano Roa

Nada cambia, te sientes igual, y entonces sucumbes como un reloj sin pila ante el tiempo, sabes que tu juventud espera atento a las señales que sin cobardía han atrapado a los aventureros, a los que aún no han muerto, y te camuflas en un traje negro donde la soledad ha hecho nido como si las ratas que viven en el exterior no fuesen suficientes para ahogar el mundo con sus penas. ¡Nada basta! sientes que la calma defeca frente a tus angustias, llegan las lagunas, el aburrimiento, la vejez, y la vida se retuerce mientras agoniza ante tus pies; la aglomeración limita tu deseo de correr y entonces, caes en una nube ácida que te encierra de la libertad de ver el sol de nuevo y mueres mientras de tus entrañas salen aves amarillas. Pero han de habitarte los versos de Neruda que hacen retornar en ti el deseo amoroso de tu alma crispada por el cielo, por el humo, por los libros, por la juventud. En cuanto a la muerte, a tener que esperar en una esquina ignota de desespero, quizás toda la noche, quizás toda la vida, porque las nubes rojas del atardecer tallan en forma de sonrisa la luz de tus ojos.

Pues al encontrarte ya no se atraen los abismos, ni las caídas en recipientes de lágrimas borrosas donde nadan las penas en desiertos negros o infiernos al estilo Dante, que hacen vislumbrar la grandeza de los que vuelan sobre el lenguaje que no calla como un relámpago o como una noche de exterminio donde brota lo imposible. Rompamos las olas y regresemos a las playas blancas color hueso, succionemos los deseos, forniquemos en la quietud de las noches pálidas mientras las horas se pulverizan en los ojos de los soñadores y de aquellos que no se le has olvidado volar sobre el cerrojo de sus labios. A lo mejor, hemos de encontrarnos en los recuerdos que habitan nuestras historias como acantilados llenos de silencios que aguardan al filo de los cuentos de Gabo, devorando esperanzas y aprendiendo amar como golondrinas traviesas. Pues una vez que le has hablado a tu sombra, haz de esperar en las ramas de los arboles las voces que atan en grilletes los susurros de los amaneceres en botellas de whisky que hacen perder el brillo de los sueños, cuando lo que deseas es que estos se metan por tus venas, por tus dientes, por tus uñas, por tus poros, por tus sudores tristes, mientras los días se van demoliendo entre fantasmas y grillos verdes, como los pantanos de caminos inciertos que exilian el llamado de los cuervos que han de devastar la esperanza de aquellos que se esfuerzan por avanzar en el terreno de lo incierto, de lo indeleble, de lo fatídico; pero abrochémonos los pantalones y olvidemos los días en los que eres incapaz de entender el mundo, porque la gloria es el camino que haz de gritar en los poemas de Storni o Mistral, buscando en los ojos que callan el ritmo de los colores que alumbraran tu vida. Y no desesperes. Impregna el humo azul de tus sueños en las playas marquesinas y sobre versos que se encenderán como rosas sobre tu cuerpo, y entonces te darás cuenta que tu corazón no dejará de palpitar, pues inevitablemente, los días te confinarán al exilio de los nubarrones y los martes grises.

 

Segundo capitulo del libro Memorias de la tribulación.

 

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