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Manual para masturbarse

/David Campuzano.
/David Campuzano.

 

Nelfer Velilla
@NelferVelillaG

No me he propuesto para nada decirles a ustedes cómo deben proceder en su habitación, en su baño o en cualquier lugar que recoja provechosamente su intimidad, a la hora de iniciar el ritual rítmico de una solemne jalada. Asumo que, aunque a la mayoría no nos enseñen cómo masturbarnos, nos hacemos expertos por la constancia a la que nos somete la búsqueda del placer natural de un orgasmo. Por eso, si un adolescente llegara a leer estas palabras, aprovecho y le digo que no encontrará en mi escrito una fórmula rápida, sencilla, o una técnica alternativa como el hoyo en el totumo y el orificio incómodo en el tallo de la mata de plátano, porque de hecho lo que en realidad me propongo, y no espero tampoco que lo entiendan, es contarles cómo la masturbación me salvó de la soledad innumerables veces.

La necesidad del sexo es primitiva y más fundamental que la del lenguaje; cuántos no han acabado manoteando una nalga desnuda y sudorosa, saboreando una oreja y un muslo cálido, sin haber dicho ni siquiera el nombre, sin una insinuación que fuera más allá de la esencia biológica que orienta a los cuerpos excitados al encuentro. La cosa es que yo, por aquellos días, era demasiado joven para darme cuenta de que lo que quería Paula conmigo de verdad era sexo.

Cada memoria esconde sus propias vergüenzas, la mía sólo me trajo de nuevo a Paula llorando, a Paula entrando a mi habitación, a la pobre Paula acariciándome la pierna, a esa tonta bebiéndose el jugo de cajita y diciéndome que nunca me había visto más que como su pequeño amigo, pero que eso iba a cambiar esa tarde. Mis sábanas, sin embargo, no se hicieron testigos de una exquisita primera experiencia, sino de mis nervios y de mi prisa hacia la puerta para pedirle que se fuera.

–No estás bien, Paula –le dije–. Mañana hablamos mejor en el colegio.

–¿Es en serio, Cheo?

Y claro, era en serio, tan serio como ella se lo tomó para no volver a hablarme. Aunque, por supuesto, yo no la busqué nunca más.

Y sí, todavía me acuerdo de ese día. Pasé muchas noches arrepintiéndome, repasando cada detalle de la escena y pensando en una mejor reacción de mi parte; si hubiese tenido el coraje, la decencia de responderle bien a esa dama que abiertamente me expresó su deseo… Pasó el tiempo y no pude hablarle a ninguna otra mujer, tenía miedo de que sucediera lo mismo, de que yo huyera de nuevo. Fue entonces cuando empecé a masturbarme en mi cama, sentado en el inodoro, en la carpa durante los campamentos, en cualquier lugar en el que estuviera seguro de no ser pillado; créanme cuando les digo que fueron muchos sitios en los que me encerré en mí mismo y mi masturbación, pensando en Paula.

Nunca me valí de la pornografía, fracasé al intentarlo, pues en ninguna revista o video estaba tanto yo como en mi mala experiencia, que pasó a convertirse en un medio eficaz para llegar a mis orgasmos. Resulta que comencé a idear nuevos finales para aquella remota escena. En todas acababa penetrando a Paula, lanzándola violentamente sobre el colchón, haciendo crujir las tablas, saboreándole con mi lengua sobre los senos, que aún no le acababan de crecer, pero que ya me parecían paradisiacos. Pasados varios años, seguía recordando el momento y culminándolo con un cigarro que Paula y yo compartíamos, ya no en mi habitación de la niñez, sino en la de la pensión donde arrendé como estudiante. Pero nunca olvidé el abdomen de Paula, nunca dejé de deslizarle los dedos desde el ombligo hasta la hondura de su piel, mientras agarraba su cabello corto y la veía entrecerrar los ojos en un uno de mis acertados movimientos sobre su humedad.

Paula se volvió la imagen de su poder erótico sobre mí. La frustración relegada de aquel día sólo fue el motor de muchos otros días acabando con ella, llegando al límite en su ausencia. Su rostro infantil, el olor a jugo de durazno en cajita y mi enorme universo de camas, a veces tan precisas y a veces tan diferentes, donde ella me volvía desnuda y liviana, me eran suficientes para alargar las coreografías estrictas de nuestro fantástico desenfreno.

Todavía hoy, cuando no está mi mujer, me permito volver a Paula, ya que nadie lo hará nunca como ella, que aguantó cada noche hasta que yo tuviera ganas, que no permitió que me aburriera en los viajes familiares, en las abandonadas noches cuando no creía seguir viviendo hasta que la veía atravesar la puerta; donde sea que estuviera, ella hacía su secreto camino para volver también a mí y regalarme otro largo o efímero encuentro.

Sé, y se los digo con enorme consciencia, que siempre retornará esa vaga pero inequívoca fragancia de durazno, esa mano tibia sobre mi pierna y esa insinuación que me arrastrará al deleite cuando crea que estoy solo, y de verdad no estaré de nuevo solo.

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