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Mango

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Luis Beiro Álvarez

El rastreador prefiere los insectos. Le gusta caminar mirando sus pisadas. Se acuesta todas las noches porque no queda más remedio. Ni lee, ni reza. Pone la mente en blanco en busca de la división corporal. Duerme completamente infeliz.

Se levanta cuando el gallo deja de cantar. Camina sin zapatos. Se lava la cara con el alma de la lluvia. Respira por las manos. Desayuna té de hojas de papel mal escritas. Se sobresalta al ver el sol. Sale en busca de su inventor. Saluda con la esmerada paciencia del olvido y nunca llega al lugar donde lo esperan. Se pierde. No sabe regresar al punto de partida. De camino en camino encuentra ajuares, icebergs, peces y tatuajes.

No sabe bailar y cuando ama, ciega. Habita en un mundo subterráneo donde el pulso de la sangre es un reloj mágico. No deben darle mucha importancia. Ni tregua. Será vencido por el destino que él mismo se ha inventado. Su punto vulnerable es la devoción por lo que quiere. Será perseguido por toda la ciudad. Escogió la opción de la fama imperecedera. Zeus no enviará una tormenta salvadora. Acaso una diosa con ojos de música y piernas que se abren como puente levadizo.

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