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Mamá era guerrillera

 

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Por: Mariana Camacho

Cada mañana Rosa ubicaba su mesa de trabajo en una de las esquinas de un barrio de baja mar de la Comuna 4 de Buenaventura.  Allí colocaba una estufa de gasolina y sobre esta, una paila grande donde fritaba con sigilo los pedazos de bofe que cortaba cada mañana. Luego los vendía en porciones con un valor de 500 o 1000 pesos, lo que le permitía ganarse al mes, entre 50 mil y 100 mil pesos colombianos. Con este dinero pagaba el arriendo de su casa y compraba el mercado para ella, su hija y su nieto.

Rosa quería vender sus bofes en otro barrio, pero eso era imposible en una ciudad rota en muchas partes, porque en Buenaventura, cada porción de tierra tenía un dueño que la vigilaba con celo  y que buscaba tener más.  Rosa tampoco podía caminar por otros barrios, porque pertenecía a un barrio  tildado de guerrillero y era la mamá de un niño de 15 años que había sido reclutado por ese grupo, sin querer le había tocado ser una mamá y una abuela guerrillera.  Al barrio de Rosa tampoco podían entrar personas de otros barrios, debían estar acompañados de alguno de los vecinos y las razones de la visita debían saberse bien.  Cuando salía a buscar empleo en alguna casa de familia o en algún local, le daba miedo decir que era de su barrio porque sabía que pensarían que era guerrillera y no le darían el trabajo, tal vez podría  terminar en la casa de alguien relacionado con los rastrojos o los urabeños y todo iría peor.

Rosa perdió a su hijo y perdió a su esposo que era pescador, como lo eran muchos hombres de los barrios de baja mar. A su esposo lo mataron los paramilitares porque salió un día muy temprano a pescar y vio cosas que no “debió ver”. Rosa nunca supo la verdad y decidió no volver a preguntar.  Por eso, en su casa no había con qué hacer sancocho de pescado con queso y ella sólo le podía  ofrecer bofe a sus invitados más importantes, si acaso bofe. El niño de Rosa estaba desaparecido y ella solo le pedía a dios que no hubiera terminado en una de esas casas de pique de los paramilitares.

En el barrio de Rosa se veían muy pocos hombres adultos, la mayoría eran niños acompañados por sus hermanas, sus mamás y sus abuelas, que eran muchas y siempre estaban reunidas hablando bajo el techo de alguna casa o en algún lote baldío. Era imposible no preguntarse por los hombres cuando se visita el barrio  ¿Acaso la guerra se los había llevado a todos? A veces, al caminar por los estrechos puentes de madera, era posible sentir las miradas vigilantes detrás de las ventanas, los ojos oscuros detrás de los trozos de madera que fungían como paredes de las casas de palafitos.

En una de esas casas vivía Marilyn, que era vecina de Rosa y también era mamá. Marilyn era una adolescente de 17 años que había sido reclutada por la guerrilla desde los 12 años y había trabajado como informante en el área urbana. Era una mamá guerrillera. La gente del barrio evitaba tratarla y Rosa, quien tenía la fortuna de vivir en una de las calles del barrio en tierra firme, recomendaba con mucho celo no ir a la calle donde vivía Marilyn, pues ahí quedaban las viviendas de palafitos. El barrio también estaba roto en pequeñas fronteras imaginarias.

Sin embargo a Marilyn le gustaba invitar a su casa a la gente que llegaba con los proyectos de paz, siempre estaba muy pendiente de los talleres y se ponía de malgenio si  las vecinas no le avisaban la hora o el lugar. Su hija de dos años estaba muy enferma, aunque Marilyn que también era una niña, decía que los doctores le aseguraron que no tenía nada. La niña sufría una malnutrición severa y tenía una enfermedad en toda su piel.

La gente del barrio contaba que los hermanos de Marilyn eran guerrilleros y que murieron cuando los grupos paramilitares empezaron a matar en una de las tantas guerras por el control territorial del tráfico de drogas en la ciudad. La familia de Marilyn había llegado de otro barrio de bahía baja del que tuvieron que salir casi todas las familias acusadas de guerrilleras. Por eso, habían muchas casas desocupadas en los barrios de la comuna 4. Eran una suerte de casas habitadas por los fantasmas que dejaba la guerra, todas ubicadas en las calles cercanas al mar.

Rosa siempre decía que todo el mundo quería el mar, lo querían los grupos armados y lo querían los extranjeros detrás del proyecto del malecón Bahía de la Cruz. Mucha gente en el barrio se oponía a que los sacaran, porque al fin y al cabo eran pescadores y no sabían hacer otra cosa que pescar  y porque les gustaba vivir cerca al mar. Rosa siempre se reía y decía que al final, todos terminarían vendiendo bofe.

Rosa y Marilyn no se querían, pero las dos soñaban con poder vivir con sus hijas en un barrio sin nombre o con uno que no significara nada. Querían lo mismo, una casa con baño, una cama. Ninguna de las dos había decidido ser parte o estar relacionada con la guerrilla. Marilyn era guerrillera porque de eso vivía su familia y a los 12 empezó en la guerrilla vigilando esquinas del barrio. Ni Rosa, ni Marilyn pudieron ir a la escuela, ni mucho menos sabían que significaba “tomarse el poder del Estado por las armas”,  Tampoco habían escogido ser mamás, eso también solo ocurrió.  Pero sabían muy bien que significaba la pobreza y la exclusión social.

En ese tiempo nadie sabía si Marilyn estaba o no desmovilizada, porque los muchachos desmovilizados eran casi todos de los grupos paramilitares, era el tiempo del proceso de paz con ese grupo. Sin embargo Marilyn y su hija llegaban sin falta a las reuniones del proyecto de paz. Una vez la gente del proyecto hizo una reunión entre los  muchachos que habían estado en los dos grupos armados y las personas del barrio y pasó lo obvio, la reunión se volvió una algarabía, porque la mayoría de ellos, los que hacían la guerra en Colombia no tenían más de 18 años y no prestaban atención  a las complejas charlas sobre la paz y los derechos humanos. Sólo querían hablar de lo mismo que habla cualquier otro adolescente, el fútbol, la música, las marcas de los tenis.

En esa reunión, Rosa se puso a llorar porque su hijo y su esposo no estaban. Ojalá el hijo de Rosa y Marilyn hubieran podido llegar hasta aquí, hasta el 2016, para poder  desmovilizarse de la guerrilla. Eso sí, este año, Rosa dejará de ser una mamá y una abuela guerrillera, aunque sea muy difícil que pueda volver a su barrio cerca al mar.

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