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Mafalda, la idea que nunca envejece

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Camila Builes
@CamilaLaBuiles

Fue como la lluvia en el desierto. Tenía 15 años estaba harta, cansada, vacía, árida. Estaba llena de rabia, de dolor, de ira. Nada me conmovía hasta los huesos, nada me perforaba. Recuerdo ese día: diez de la mañana, clase de “inglés” (Lo pongo entre comillas por lo irrisorio que me parecen hoy las mediocres clases que recibía en el colegio). El profesor dijo que debíamos aprender Rivers of Babylon, la legendaria canción de 1978 de Boney M., nadie preguntó para qué, a nadie le importaba. Salimos del salón y fui con dos de mis amigas a la biblioteca, las tres sabíamos que no nos íbamos a cantar nada, hablaríamos como en todas las clases de lo que realmente nos importaba. Es extraño que uno en el colegio le importe poco lo que supuestamente está prendiendo y siempre concentre su atención en otras cosas que veces suelen ser mejores cosas.

Mis dos amigas se sentaron en una mesa frente a la ventana que daba al patio del colegio, yo, mientras ellas sacaban algunas manzanas de la maleta, comencé a recorrer la biblioteca. Había una foto de Gabriela Mistral en la entrada, un lugar modesto: pocos libros, estanterías verdes llenas de cartillas que podía creer fueran de 1900. Había una luz agotadora que dejaba ver el polvo encima de las caras de los graduados que colgaban de la pared con peinados estrafalarios, el uniforme rojo, la corbata. Entre ellos estaba el rostro de mi mamá. En un rincón del lugar había una estantería pintada de amarillo –mi color favorito- me acerqué y en una hoja manchada de tinta negra decía “de su interés” nunca había visto esa categoría en una biblioteca, a decir verdad conocía solo dos lugares a los que el rótulo biblioteca les quedaba bien grande.

“De su interés, ja. ¿Qué sabrán acá que me interesa a mí?” pensé con una rebeldía sin sentido. Examiné uno por uno los estantes. Había un libro, era morado, estaba casi nuevo, en la portada: Mafalda, y un dibujo de una niña con una lupa. Lo abrí de inmediato y fue la primera vez que presté un libro en la biblioteca Gabriela Mistral.

“El día de su primera publicación fue el 29 de septiembre de 1964 en la revista Primera Plana. Ese es el día del nacimiento de Mafalda como personaje de historieta”, dijo Quino en su sitio web después de presentarse un mal entendido con las fechas de publicación de Mafalda.

Comencé a buscar por todas partes las tiras que la convocaban. Cuando me iba a dormir leía algunas para acostarme con la sensación de que la genialidad se puede dar de distintas formas y que no hay nada establecido para crear. Mafalda siempre me pareció una fachada –en el buen sentido-, es más fácil poner en la boca de niños pensamientos que entre los grandes siempre resultan conflictivos y vergonzosos. Se podría imaginar uno haciéndole un montón de preguntas a Quino: el apellido de Mafalda, qué edad tenían sus papás, cuál era su color favorito, por qué razón específica odiaba la sopa. Un montón de interrogantes que dejan al margen el verdadero objetivo de la ocurrente niña: decir lo que a todos nos gustaría escuchar en las noticias o leer en los periódicos, establecer un diálogo permanente con la imaginación y pensar que ese mundo creado a partir de los sueños o frustraciones no está tan alejado del mundo real.

No podría decir cuál de las tiras es mi favorita. Creo que cada una   trae consigo una carga de sátira e ironía que no paran de sorprenderme. En la playa, en la tienda, en cualquier parte Mafalda y su pandilla logra desmoronar los sentidos de las fronteras del lenguaje o de la geografía. Como lo dijo Pessoa: «Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos», por eso nunca sentí vergüenza al confesar lo fanática que era de ella, de sus palabras, de cada frase. Leyéndola abandonaba la cera de mi casa, las clases de inglés, los días en los que yo misma me resultaba insoportable.

Mafalda representa el resumen del mundo en las palabras de una nena argentina, la historia de la humanidad contada desde la duda que siempre es la única acción para encontrar otras maneras posibles de entender la realidad. Mafalda narra desde la inconformidad un mundo con el que todos resultamos insatisfechos pero pocos se atreven a mejorar.

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