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Los puños que cambiaron el mundo

 

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Por: Ludwing Cepeda Aparicio
@CepedaLudwing

«¡Vuela como mariposa y pica como avispa!”. Qué grato y asombroso adivinar la grandeza de una persona sin necesidad siquiera de nombrarla, que baste solo una metáfora, una insinuación a la velocidad, a la fuerza y una manera de moverse en la que un juego de pies y la potencia de unos golpes se hacen inmortales.

Obsesionado con convertirse en el mejor, decidió llamarse a sí mismo “el más grande”, sin conocer aún el sendero de la gloria y la fama. Pero se lo creyó desde un comienzo, en cuerpo, puños y alma, hasta hacerlo real. Su éxito estuvo en dar por hecho algo por lo que apenas empezaba a luchar. Pero su triunfo y mayor mérito estuvieron mucho antes de pararse en un ring, empuñar unos guantes y mostrar de qué estaba hecho; venía escrito en su deseo de libertad y en la esperanza de cambiar en algo el mundo que le correspondió, en una época en que los hombres eran condenados al rechazo y al desprecio debido a su color de piel.

Seguro de cuánto podía dar, “el más grande” fue un triunfador nato y en su sangre vibraba un espíritu inmortal. Y también un ímpetu donde la rabia y la rebeldía se erigieron en símbolos para mostrar su descontento social; no por nada su primera medalla de oro, que ganó en los Olímpicos de 1960, la arrojó al río Ohio, después de ser discriminado en un restaurante.

En uno de los combates más emblemáticos de la historia del boxeo, Rumble in the Jungle (“La pelea en la selva”), en 1974, Alí sabía cuán difícil sería derrotar a Foreman, el gran favorito y quien venía de ganar sus últimas 40 peleas. Su estrategia, en un cálculo inteligente y no por ello poco arriesgado, consistió en desgastar a su oponente recibiendo de él cuantos golpes pudiera soportar. Así, luego de varios rounds arrinconado tras las cuerdas, desde donde se resguardaba de sus ataques y respondía a algunos de ellos, el entonces campeón mundial agotó sus fuerzas al punto que ni siquiera podía mantener sus brazos en alto y sus ataques parecían ya algo torpes; fue ahí cuando Muhammad Alí aturdió con cerca de diez puños seguidos a su contendor arrebatándole por nocaut el título de los pesos pesados.

¡Qué admirable verse a sí mismo como el más grande, y mover cielo y tierra, y pies y puños, hasta lograrlo! Y poder decir, “No creo que mi nombre vaya morir”, según comentó en 1984. Nacido Cassius Marcellus Clay, Jr., fue un hombre tan integral en su manera de pensar, que ni siquiera aceptó su nombre, impuesto a sus ancestros en su condición de esclavos. Sabía que había nacido para ser libre. Y el más grande. No solo en el ring, sino también fuera de él, donde se entregó a diversas causas sociales y humanitarias para ayudar a hacer de este un mundo mejor.

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