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«Los invito a mis funerales»

Cacique 

Relato histórico en el que se cuenta cómo una Justicia amañada puede castigar con la casa por cárcel hasta los más insólitos crímenes.

Hernán Torres Iregui *

A propósito de confusión mental, choque de trenes, relojes de oro, tutelas y jolgorios, podría contar la historia del último cacique de Ubaque, por allá por 1559 (1). Un indio anciano y jodido, a quien se le ocurrió una idea muy original. Decían que por influencia del jeque Popon, el demonio se había apoderado de su envejecido cerebro. La satánica idea consistía en organizar una espectacular francachela en la que se celebrarían pomposamente los funerales del Ubaque, quien esperaba gozárselos en todo su esplendor vivito y coleando.

Aparentemente el viejo marrullero era un buen organizador. Así que mandó a muchísimos emisarios a recorrer todos los cacicazgos y cercados del territorio muisca con la invitación personal para asistir a la singular celebración. Ese tipo de convocatorias eran frecuentes. Se las llamaba “juntas”. Formaban parte de las costumbres y celebraciones religiosas y sociales con que los caciques pretendían mantener el fervor de sus súbditos y, de paso, darles gusto a sus jeques y apaciguar o agradecer a los dioses. En este caso los  rituales, festejos, borracheras y sacrificios tendrían lugar exclusivamente para celebrar las exequias del viejo cacique, quien como ya mencioné no había muerto todavía, aunque parece ser que el tal Popón (el aliado de Buciraco) ya le había pronosticado que la muerte definitiva no tardaría demasiado en llevárselo; y al Jeque había que creerle estos vaticinios, porque se basaban en informaciones que venían de buena fuente. En general a estas convocatorias que ordenaban los caciques de los Muiscas se las llamaba también “Obsequias”, porque los participantes llevaban numerosos presentes y tributos –hasta objetos de oro si se trataba de principales o caciques vecinos–, por los cuales los generosos invitados recibirían a cambio, de parte del Cacique que organizaba la fiesta, algunas mantas y telas confeccionadas en los telares de su aldea por sus súbditos, o por los numerosos esclavos que le servían. O sea que esas parrandas terminaban siendo también un buen negocio para el organizador.

Como el viejo loco  disfrutaba de gran respeto y tenía un envidiable poder de convocatoria, asistieron casi diez mil invitados provenientes de todos los lugares del extenso territorio muisca. La tremenda orgía se celebró enfrente de su “cercado”—palacio—en una extensa y amplia avenida que atravesaba el poblado y terminaba precisamente enfrente de su gran bohío, cuyos gruesos pilares de madera habían sido enterrados sobre los tiernos cuerpecitos de algunas niñas, hijas de familias principales, a quienes enterraban vivas para tal efecto. La anchurosa y larga avenida, llamada “carrera”, era exactamente igual y tenía exactamente la misma finalidad que el “sambódromo”, en donde se desarrollan anualmente las exhibiciones de las escuelas de samba y se agita la rumba de las comparsas en el Carnaval de Río de Janeiro. La principal diferencia con la fiesta del Ubaque, aparte de que los participantes llevaban generosos presentes al Cacique, era la muy llamativa de que en el programa del carnaval del Ubaque figuraban algunos sacrificios humanos. Todo lo demás era igual: los disfraces con plumas y máscaras, espectaculares; la borrachera a base de chicha y los vuelos a base de yopo, alucinantes; también se degustaban algunas hembras suculentas. La orgía del Ubaque terminaría en otro enorme bohío en donde se celebraba la ceremonia de los  gómitos,  en la que los participantes  expulsaban todas las impurezas humanas por medio de vómitos y diarreas, cuyo objeto era agradar al dios Fo, deidad tutelar de las borracheras.  Algunos días después, se consumaban unos cuantos adulterios e incestos y se concluía la rumba con otra tanda de sacrificios humanos y de loros y guacamayos de vistosos colores. Para que corriera sangre suficiente y apaciguar a los dioses más severos, se les extirpaba a varios prisioneros panches el todavía aleteante corazón por toracotomía sin anestesia; sin embargo, los principales sacrificios eran los de los moxas: niños monjes de pureza comprobada. Los candidatos a moxas se traían de territorios lejanos y se preparaban concienzudamente en unos bohíos especiales, enseñándoles todos los secretos del sacerdocio y de la gastronomía chibcha. Los dioses benefactores apreciaban particularmente la vitaminizada y cálida sangre de estos muchachitos.

El abuelo cacique constató que todo lo programado se realizara con lujo de detalles, y quedó satisfecho con los numerosísimos obsequios recibidos. Pero en esta última fiestecita, el viejo cacique no previó que los severos Oidores de la Real Audiencia de Santafé lo escarmentarían con una condena ejemplarizante por su sacrilegio y execrables costumbres. Y aquí podemos hacer reaparecer a un heroico personaje de la Conquista: el  famoso capitán Juan de Céspedes. Uno de los lugartenientes de Gonzalo Jiménez de Quesada. Oficial de caballería de braveza indiscutible, que había acompañado al Adelantado en todas sus aventuras y travesías y también, comandado algunas de las guerras contra los fieros y atrevidos Panches, quienes como se sabe eran acérrimos enemigos de los Muiscas. Por esta razón, tanto españoles como naturales (en especial los demás caciques del Reino),  le tenían gran respeto al capitán y le habían cogido cariño, Y el Ubaque no era una excepción. Por otra parte, cuando, después de fundada Santafé, se repartieron las encomiendas, al capitán de Céspedes le asignaron la de Oriente, precisamente en donde regía el Ubaque. De Céspedes y nuestro viejo cacique hicieron una buena amistad. Tan buena debería de ser, que el capitán, su mujer y sus hijos asistieron como invitados especiales al jolgorio que nos ocupa. Pero el capitán De Céspedes, por su supuesta alcahuetería, no se escapó a la rabia de los Oidores de la Real Audiencia y tuvo que enfrentar severa reprimenda.

Al quien sí le tocó afrontar el juicio fue al viejo marrullero. Pero el anciano idólatra alcanzó a defenderse aduciendo que no era justo que los españoles sí pudieran regocijarse con corridas de toros, cañas, máscaras y carnestolendas –celebraciones que a todas luces también eran poco católicas y más bien profanas–, y que en cambio a él por ser indio, viejo y supuestamente ateo (en realidad era convencido politeísta) le aplicaran con todo rigor la “ley para los de ruana”. Además, el viejo zorro, que de Alzheimer no tenía nada, lloró ante los Oidores, pidió perdón y utilizó su influencia con el encomendero para que éste intentara interceder en su favor y consiguiera en alguna forma que los Oidores de la Real Audiencia ablandaran su sentencia.

Finalmente, en una decisión histórica, que constituye el prólogo de la interminable novela de sentencias amañadas de nuestra  justicia, el viejo cacique logró cambiar la sentencia definitiva y ser castigado solamente con “la casa (el bohío) por cárcel”, como es la inconcebible usanza que ahora está de moda para castigar a los criminales más peligrosos.

(1)  Casilimas Rojas, Clara Inés. 2001. Juntas, borracheras y obsequias en el cercado de Ubaque. A propósito del proceso seguido al cacique de Ubaque por idólatra. Boletín Museo del Oro No. 49, julio-diciembre 2001

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(*) Colaborador. Médico jubilado que se resiste a ser atropellado por el ocio y la soledad.

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