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Desadaptado

atevez

Fernando Araújo Vélez

Los dos camiones recorrieron Manchester de Sur a Norte y de Oriente a Occidente. Lentos, casi majestuosos, transitaron sus calles desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde con un dibujo de trazos discontinuos en el chasis y el nombre de Carlos Tévez debajo. Uno de los camiones era azul, y el otro, rojo. Jamás se encontraron. Tenían sus rutas perfectamente dispuestas, y en punto de tal hora se detenían enfrente de la librería  John Rylands o ante la puerta principal de la estación de trenes de Picadilly. La gente los veía pasar. En un principio, curiosa, expectante. Luego, pasional. Por último, decidida a echar entre la basura, que era otras camisetas, la franela que habían comprado con el número 32 y el nombre de Carlos Tévez en la espalda.

La campaña había surgido a finales de noviembre del 2011, poco después de que Tévez se hubiera negado a jugar contra el Bayer de Munich por la Champions League. Eso fue lo que publicaron los diarios y lo que dijeron los noticieros, y eso fue lo que creyeron los hinchas del City y del United, unidos por primera vez en su historia alrededor de un odio, el odio hacia Tévez. Roberto Mancini, el técnico, habló. Dijo que el delantero no volvería a jugar con el City. Él calló. Los diarios publicaron la novela completa. Sus viejos compañeros, sus amigos, e incluso sus enemigos, guardaron el más discreto de los silencios.  Los hinchas del United, rojos de la ira, rojos de pasión, rojos de indignación, desempolvaron antiguos rencores, porque Tévez también había terminado en conflictos su paso por el equipo de los diablos. Y ellos habían pasado del amor extremo al más bajo de los odios. Nadie odia tanto como quien ha amado tanto.

En un arranque de ira,  o de pura depresión, Tévez se largó hacia Argentina. Se perdió en La Patagonia para que nadie lo encontrara, allá, lejos del mundo, del ruido, de los negocios, de las conspiraciones y las manipulaciones, de los traidores y las cuentas bancarias, de los entrenamientos y las presiones. Allá, lejos, en un pueblito sin nombre con 20 ó 30 habitantes que no tenían necesidad de pedirle autógrafos. Pescó Dorados, o eso dijeron, recordando a Diego Maradona, cuando se hastiaba del mundo y del fútbol  como negocio y se iba al Paraná a pescar con su padre, don Diego. Tévez no era Maradona, por supuesto. Pero a su manera, había tenido que recorrer caminos similares.

Los dos surgieron del pueblo y jugaron para el pueblo. Uno, Maradona, de Fiorito, una villa miseria de calles de polvo y casas con techos de zinc. El otro, Tévez, en Fuerte Apache. Los dos dormían con un remedo de pelota bajo la almohada, y los dos se hicieron fanáticos de Boca Juniors, a donde llegaron por distintos caminos. Maradona, como Dios salvador que venía de obnubilar al fútbol en Argentinos Juniors. Tévez, desde las inferiores. Fueron campeones, ídolos, goleadores… un toque de distinción. Entonces pasaron a la Selección,  y cada uno escribió allí su historia. Cuando se encontraron, Maradona como técnico y Tévez como jugador, para las eliminatorias al Mundial del 2010, un amor sin palabras los unió. Después, las derrotas, los señalamientos y la vorágine del fútbol los derrumbaron.

Maradona disparó contra todo y contra todos, o casi todos. Tévez se devolvió a Manchester, a su infierno de Manchester. Pasó del United al City. En dos meses, unos cuantos partidos nada más, se hizo ídolo. Por sus goles, por su manera de jugar, por sus palabra y sus silencios atiborrados de rebeldía. Curadas algunas heridas con la selección, retornó para la Copa América envuelto en una polémica sin fin pues Sergio Batista, el técnico, lo había desechado. La presión obligó a Batista a reconsiderar su decisión inicial. Llamó a Tévez, lo puso de titular, y Argentina, con él y con Messi apagados, deambulando, “tristes, solitarios y finales”, como en el libro de Oswaldo Soriano, fue eliminada en cuartos de final. Tévez, precisamente él, falló el disparo decisivo en una definición contra Uruguay desde el punto del penalti. Su error, dijeron y se multiplicaron en teorías los periodistas argentinos, los hinchas y hasta los ignorantes, lo sumió en un túnel oscuro y sin salida.

Unas semana antes, después de infinidad de rumores sobre su traspaso al Milan o al Inter, a Boca y hasta al Deportivo Anónimos Unidos, un portavoz del París Saint Germain anunció que lo iba a contratar. Los medios publicaron en sus páginas deportivas la gran noticia, pero la gran noticia era falsa, uno de los trucos del mundo del fútbol para negociar después. Para presionar, para buscar rebajas, para ensuciar. Tévez terminoó en la Juventus, y allí, como en todos los equipos en los que jugó, fue más amado que odiado, ídolo, punto y aparte. Pese a sus goles y a su carisma, Alejandro Sabella, vía Messi, dijeron, dirían, lo dejó por fuera de la selección de Argentina. Tévez se quedó sin Mundial, y en silencio, hasta que reventó la peor de las noticias, el secuestro exprés de su padre.

Don Juan Carlos Cabral, informaron los noticieros, manejaba por el barrio de Morón, en Buenos Aires, cuando lo cercaron y se lo llevaron. «Pueden robarte el corazón, cagarte a tiros en Morón», como cantaba Tanguito. Tévez tomó el primer avión hacia Argentina. Hubo diálogos, mensajes, órdenes, policías, miedo, y cientos de miles de dólares para que liberaran a don Juan Carlos. Con el fútbol se había iniciado otra vida en su casa, con el fútbol llegaron también las noticias más amargas.  Tévez fue de nuevo el centro de ese espectáculo llamado fútbol. El capítulo titulado ‘crimen’ aún está por escribirse. En las últimas línea habrá que incluir la palabra desadaptado. Y añadir un con razón.

 

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