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Las mareas cienagueras

Gustavo Enrique Ortiz

Los milagros no solo existen por religión, por manía política; a veces, son tan sencillos como el milagro de ver llover flores, y aunque la profesora de español le dijo al niño que era un embuste, había espacios donde todo eso era posible, aunque uno solo tuviera que sentarse en un andén debajo de un árbol de almendro y esperar, simplemente.

“Para todo maestro es una imperiosa obligación estarse renovando permanentemente. El conocimiento de las ciencias es tan dinámico que vive reinterpretándose, según los procesos evolutivos de la sociedad. El papel del maestro es el de enseñar para un buen vivir; para que todos desentrañemos el universo y nos permitamos actuar sobre la realidad de manera consciente y racional. El maestro no debe estar para preservar manifestaciones retrógradas, irreflexivas y dogmáticas. El dogmatismo o cualquier forma de fundamentalismo no puede ser carta de presentación del maestro”. Eso estaba subrayado en las hojas olvidadas; era un ensayo del cienaguero Carlos Payares González.

Y mientras esperaba a Hojita que regresara de dentro de la tienda, pensaba un tanto el porqué de esa historia, la del ensayo,y nuestra razón de viaje. “Hojita, sí, señora; es más fácil que decir Lucía Carolina Hojita Elvira Alicia”, mientras me despachaba dos jugos la oí, “¿y eso a quién se le ocurrió bautizar así a la niña?”. Hay maestros que a pesar de que ejercen de sociólogos, son poetas; no atinaría a otra respuesta.

Buscar milagros tal vez es más fácil en una ciudad como Ciénaga, y si le decía a la tendera que estábamos para buscar milagros, llamaría a la Policía. Mejor dejar las cosas así. Ya el Templete había cambiado de colores como una iguana más de la realidad de la noche y los vendedores de felicidad estaban allí,los niños alquilando carritos para dar una vuelta por las rutas del parque principal y sus padres corriendo detrás. Así la conocí a ella y a Juan Manuel. Él debía tener como nueve años y unos ojos de estrellas frías, me latía que había nacido por el mes de septiembre, ustedes saben que tengo vocación de astrólogo. Ella debía tener los tres nueves, nacida un nueve, de un mes nueve, de un año nueve y unas piernas en que la arena de salitre perdía su oscuridad.

 Aprovechamos para un par de helados y sentarnos a hacer amigos; en un parque no hay otra opción; Hojita tomando apuntes y yo mirando a la mujer y a su hijo. ¿Qué clase de apuntes se puede tomar en el rincón más perdido del mundo? En esta ciudad existían tantas bicicletas, más que vehículos, eso ocurre y cuentan desde que el polaco llegó al pueblo y montó un almacén de ebanistería y hacía los muebles para la Singer y no había tanto desocupado. Un día como hoy, jueves, era raro que alguien se pusiera a leer entre las iguanas dormidas y la felicidad de los niños. Juan Manuel puso atención a ello. Y yo le entregué el Ulysses que me dejaban sacar de la biblioteca de las hermanas Bonnet, las hermanas del generalísimo, que para demostrar su ineptitud militar, pues, montó una obra de teatro clásica para las mujeres. Se ganó el corazón de muchas, y los sables dispuestos de otros tantos.

Era una biblioteca curiosa,en un segundo piso, arrumado a la gracia de una multinacional, era la biblioteca pública de Ciénaga, pero más bien era de las hermanas Bonnet, que era usada para su ego propio, nadie entraba en ella,¿para qué leer? Yo entraba directo a los libros, nadie le interesaba administrar, solo se quejaban por los abanicos dañados. Realmente era complicado leer en un horno sin signos,eso era la mañana de la biblioteca.

“Sabes, libros de esa clase los encuentras aquí, hasta esa magia de las letras difíciles”, él me sonrió y le gustó la idea de la cercanía del mar en las primeras hojas. La hija de Don Benito,el hombre fuerte de los graneros, se sentó con nosotros. Si pudiera decirles cómo eran sus ojos, lo único que atinaría era a decir que todos los colores estallaban de su centro. No era santo haberle soltado el Ulysses, y como decía el bueno de Payares en su ensayo, uno tenía que propender por el buen vivir. Aún así silencioso se dedicó a leerlo y a olvidar la fiesta de la plaza.

 Y no era santo leer y ponerle atención a ella, que era la sicóloga del colegio Virginia Gómez y que recordaba cuando de niña caminaba desde el colegio hasta la plaza para esperar a que don Benito la recogiera y almorzaran en el granero La Estación. Y la imagino, con su uniforme azul, su cabello de sol quemado, la mochila de cuaderno de notas y con ganas de comer papas fritas,que vendían en la esquina de la 11, y fue la obsesión y la tragedia de un sacerdote.

La noche estaba cansada,y nos retiramos de mala gana. Es más importante dejar los libros en quienes todavía buscan milagros, y se lo dejé al niño. En otra mañana me contaría el regaño de la profesora de español y la historia de la lluvia de flores, yo solo le dije que Gabo, el memorioso, cambió el mundo de una forma tan sencilla. La realidad cuando se reescribe hace el canon.

Hojita y yo nos quedábamos en la finca del chileno, frente al batallón de Costaverde. A veces, la mejor forma de huir de la justicia es ponerse de frente a ella, la Justicia es una mujer ciega y no se daría cuenta, incluso algún piropo se le podría echar y sonreiría.

Ella, con la gorra del sociólogo, se escondía del sol, mientras yo me achicharraba siempre por la mitad de las calles cienagueras, total, una bolsa de agua cuesta cien pesos –precio a 13 de septiembre, quizá me esté desactualizando–. María José me regañaba, la hija de Diosa, “no te olvides de que eres cachaco y poeta, te va dar duro el sol”.

Es complejo buscar milagros, toca poner una metodología, una estructura teórica, una etnometodología cotidiana que fuera creíble. Hojita buscaba en los árboles –es bióloga–,y yo cazaba milagros en los ojos de los niños. Uno siempre debe dar una razón a la agenda de los días y debíamos mejor pensar como si fuera siempre diciembre, porque la razón primera siempre es la emoción. Estabamos locos, y de remate.

¿Por qué no mejor buscamos al maestro Payares? Cuando fuimos a su casa, después de extraviarnos en cuatro direcciones distintas, pero todos dándonos una nueva ruta –“Quién no conoce a Payares, el sabio”– llegamos a una casa en un día color zapote y para tristeza a los pocos días, verde ternura, solo pudimos hallar a la Vero, su esposa. Mientras esperábamos,vi a su hijo correr desnudo sin miedo al qué dirán. Y allí supuse la razón de los milagros: a los milagros no les interesa el qué dirán.

 Hojita estaba fastidiada, yo concentraba mis fuerzas en dar clases de algo que no se llamara talleres de lectoescritura en el Salesiano, colegio que en realidad como homenaje agónico se llamaba Alfredo Correa de Andreis. Pero nadie en Ciénaga recordaba eso. Y en esas jornadas para hablar de libros sin leerlos, a lo sumo soñarlos, seguí conociendo a Juan Manuel.

El médico me había recomendado baños de mar, antes de las nueve de la mañana y al caer la tarde, así que pude pedirle permiso a la heredera del granero para visitarla. Ella vivía junto al mar, era de mar, creo, “ilutaba” el alma de la cosas cotidianas. Buena excusa. A ella no le gustaba entrarse al mar, algo la golpeaba allá adentro y por más que su hijo quisiera ella miraba desde la arena de la playa borrando todos los grafitis que alguien había puesto para que solo una mujer entendiera, “te amo, nana”, y aparecían cada lunes.

 Esta mañana, Juan Manuel vino a pedirme ayuda. “Me ayudas en la tarea”, era algo sencillo,diptongos y hiatos,y por vez primera, después del horror de haber dejado la docencia oficial, tenía un buen alumno, que me enseñaba. Ella, mientras calentaba mil veces el agua,me miraba con la mano sobre mi cuello dispuesta –rol de mamá–. Debía ser muy aburrido, pero pude enseñarle al niño de manera sencilla.

-¿Adriana,puedo nadar con Juan Manuel? Son las seis de la tarde y debía aprovechar los últimos espasmos de luz. –Sí, pero no se demoren. El ciclo del miedo se repetía y no quedaba más. No quería dejarse ver sonreír.

Estando en el agua, empezamos a sentir cosquillas. Algo nos golpeaba por cada lado, como una batalla naval,sin heridos ni violencia. Y empezaron a saltar pescaditos pequeños, cardumen de juego, ronda infantil en el mar. Juan Manuel empezó a reír y a dar de gritos.

Cazar un pez al menos, yo solo me dejaba golpear, no lo podía creer. Mientras ella dentro del agua solo sonreía y cuidaba nuestro milagro.

Imagen de: Mauro Castiglione

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