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Larga vida a las mariposas

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Hermanas Mirabal. / Pedro Genaro Rodríguez

Leidy Alejandra Henao

La historia cruelmente nos ha enseñado que la sangre nos otorga libertad, pero esa historia depende de quien la escriba y quien la narre; la sangre no es más que el falso escudo de los cobardes, una excusa fantasiosa de exterminio por discursos detenidos como muestra de poder y de dominio.

Discursos silenciados pero no por ello olvidados, como los de las Mirabal, tres hermanas dominicanas aferradas a sus ideales y convencidas de derrocar la dictadura de Trujillo,  fiel anticomunista, represor a cualquier clase de oposición y violador de los derechos humanos, que no encontró otra manera de proteger su estado que generando en su población pánico disfrazado de “respeto”. En nombre del orden, reprimió a sus opositores, [c1] extinguiendo vidas y vuelos como el de las mariposas.

Hoy en honor a ellas pintamos el mundo de naranja como símbolo del grito desesperado por la eliminación definitiva de la violencia contra la mujer, prohibirla en todas sus formas; en las palabras, los golpes, el sexo, el empleo, en fin, en cualquier tipo de hostigamiento o masacre que coarte aquella igualdad y libertad soñada, libertad que evoca el vuelo de las mariposas y nos invita y compromete a continuar con el activismo y la revolución, ser la voz de aquellas que la han perdido y extender las alas para construir un nuevo tejido social, en el cual todas y todos quepamos y en el que ni una más sea víctima.

Precisamos con urgencia empoderarnos de lo que somos y responsabilizarnos de esto aboliendo armas como la indiferencia, los señalamientos, las críticas y los miedos, porque estos, desde la cotidianidad, nos cohíben y  dividen. Requerimos de un diálogo constante en el que se expongan las denuncias, pero resulta aún más apremiante que estas desaparezcan, igual que sus culpables.

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