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La última noche de Alan Resnais

Alain Resnais durante la presentación de "Vous n'avez encore rien vu !" en 2012, durante el Festival de Cannes. / AFP
Alain Resnais durante la presentación de «Vous n’avez encore rien vu !» en 2012, durante el Festival de Cannes. / AFP

Alberto Bejarano

Especial para El Espectador desde París

El sábado 1° de marzo París nos despertó con una ingrata noticia, que se vio un poco opacada por los sucesos en Ucrania y la épica Crimea que tanto desvelara a Tolstoi. Ese día murió el gran director de cine francés Alain Resnais a los 91 años, uno de los faros de la “nueva ola” francesa, junto a Truffaut (de quien se cumplen este año 30 años de su muerte. Año emblemático ese 1984, también por la partida de Cortázar y Foucault), Rohmmer, Marker, Varda y Godard, últimos jinetes en solitario. Godard aún presente (su última película salió en 2010, Film socialismo), y Varda, agotando las horas con sus ensoñaciones en la mítica calle Daguerre de París, tan patafísica. En Resnais se conjugan el misterio, la incertidumbre, el amor y las noches cíclicas, haciendo de su cine un espacio intimista lleno de epifanías en las que nos sumergimos como en una página secreta de Proust.

Resnais es recordado por sus legendarias películas hechas como noches cinematográficas, empezando por Guernica y luego uno de los documentales más reveladores de los campos de concentración, Noche y niebla, con la inolvidable voz en off de María Casares. Otra de sus noches memorables fue Hiroshima mon amour, con un guión original de Marguerite Duras, la historia de una pareja que se desencuentra en torno a sus propios dolorosos recuerdos. Luego se fueron acumulando grandes y vigorosas películas que marcaron a varias generaciones de cinéfilos, hasta llegar a una de sus últimas obras, en 2009, Hierbas salvajes, adaptación de la novela de Christian Gailly, El incidente.

Muchos caminos recorrió Resnais, desde El año pasado en Marienbad, novela de Robbe Grillet, quizás una de las diez mejores películas del siglo XX, pasando por Providencia, homenaje a Lovecraft y prefiguración de un cierto Roberto Bolaño, y siguiendo con filmes como Muriel y Stavisky.

Muchos puentes artísticos construyó Resnais con otras artes, destacándose por ejemplo su colaboración con los escritores de la nueva novela francesa de los años cincuenta y sesenta: Robbe Grillet, Sarraute, Sollers y con la pintura (Van Gogh y los surrealistas) y el teatro contemporáneo (es notable la influencia de Brecht). La inmortalidad de Resnais está más que garantizada. El panteón del mejor cine francés de la segunda mitad del siglo XX, un momento mítico que revolucionó la forma de hacer y ver cine, quedará siempre entre nosotros como una invitación al viaje en el sentido de Baudelaire, o quizá de Rimbaud. La fascinación por la forma y por una especie de neo-manierismo hizo de Resnais un director de culto para todos aquellos que buscamos la poesía en los límites de lo real, es decir, en el sueño como una de las creaciones más poderosas del hombre, como lo dijera siempre Borges.

A fines de marzo se estrenará en Francia la última película de Resnais, con un título salido de ultratumba y que es a la vez una especie de último manifiesto de Resnais, tan obsesionado por la muerte en sus películas, como puede verse sobre todo en Providencia. El título de su última película es Amar, beber y cantar. ¿Qué más puede decirse entonces en forma de adiós a este gigante del cine contemporáneo? Salud, Resnais, seguiremos viendo tus películas, sintiendo que la vida, inevitablemente, es «una novela».

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