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La sombra agobiada

 

Photographers expand horizons in 2010 Army Digital Photography Contest 110311, Flickr, U.S. Army
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Orlando Monsalve (*)

Posiblemente se había equivocado. Habría cometido un error. Ya veía cerca su casa y decidió apresurar el paso, no le importaban los saludos ni los ademanes de los otros indios que encontraba en el recorrido. Tenochtitlán iba menguando su luz, las primeras estrellas se asomaban observándolo correr y entrar al recinto. Allí le preguntó a su mucama dónde estaba la correspondencia – sabía que se encontraba en su despacho, al parecer no quería confesárselo- huyendo, como un animal movido por sus reflejos hacia el sitio, y desistiendo de la respuesta.

Un montón de manuscritos cercaban su escritorio, encima de éste se posaban los papeles que andaba buscando y, como si cayera en la agnición de una tragedia griega, reconoció la carta de Valeriano. Se sorprendió de su magnitud y desenvolvió la epístola. El ocre de la luz le obligó a encender las velas, era una claridad insoportablemente ligera. Sintió que se estaba quitando un gran peso – el peso de la incertidumbre, pensó – relajando sus ademanes y enajenándose como si la fuerza de la lectura lo empujara hacia el contenido de la carta. Encontró:

Abril 13 de 1565

Ciudad de Tlatelolco

Estimado Don Esteban de Guzmán, Juez de Tenochtitlán

 

Me dirijo con el mayor asombro de encontrarme ante tan anhelada propuesta, y más me asombra aún, la naturalidad en que me había llegado, envuelta por un sobre y entre las manos del vicario Laconte cuya presencia me fue no menos grata que el contenido de la carta. Aquella noche velé como era acostumbrado, pero sin textos eclesiásticos y áureamente latinizados que debo descifrar para recibir las emisiones del clero en nuestro gran reino; fui centinela de su carta, mi mente no podía concebir la forma en que me ha llegado la suerte, ¿la suerte? Es otro de mis interrogantes. Usted me tiene gran afecto y yo le tengo más, hemos trabajado juntos en grandiosas ocasiones y tanto usted como los grandes ilustres en Tenochtitlán han murmurado de mis saberes como el confín de la razón y que, ciertamente, solo me falta la locura para llamarme sabio.

Usted se ha dirigido hacia mí con el pretexto de entregarme sus labores, estoy al tanto de su estado frente al virreinato de la Nueva España. Sé que lo mantienen en circulación, sé de su gran importancia para el virrey y las ordenanzas, sean éstas bendecidas. Me he llenado de halagos, halagos que vienen de mi parte, por aquella confianza que me estriba. He decidido explayar, con el conocimiento, concebimiento y los halagos que le he descrito, nuestro lazo hacia uno más íntimo. Un vínculo que debemos engarzar para comprender mi respuesta, una respuesta muy esperada para una petición más esperada. Para ello me atrevo, y le pido que me perdone, a relatarle mi formación, contarle la aparición de este personaje que se ha pasado las noches escribiéndole, un personaje casi asiduo.

A diferencia suya, sabemos todos, soy un Amo Pilli. Sea bendecido usted bajo el linaje más egregio, la historia y nosotros le mantendremos ensalzado por el resto de ambas existencias. En mi caso nadie sabe nada, vengo de la oscuridad, de la intromisión de la historia, ella me ha puesto aquí frente a usted. Entonces mi niñez no tiene importancia, pero sí la tiene en este contexto, creo que no puedo soslayarla si quiero justificar mi posición, creo que usted entenderá.

No tengo muchos recuerdos de mi padre. Sé que unos años después de mi nacimiento decidió abandonar Atzcapotzalco para poder sembrar el maíz en paz. Los colonos habían esparcido su cultura por toda la ciudad y él, que muy fiel de sus costumbres era, huyó con nosotros hacia Tlatelolco. Puedo rememorar las comunidades que erguieron sus bohíos en las cercanías de la ciudad manteniendo la paz, una calma chicha que no se penetraba en los asuntos del virrey y aquella jurisdicción, aquél margen que buscaba mi padre, parecía ser efectivo y respetado por los barbados.

No duró mucho tiempo la dicha de mi padre, en ello pecó mi ingenuidad, la inocencia de mi niñez. Todos nosotros, digo los niños de la agrupación, conocíamos un lugar de gran belleza y estima natural, unas aguas en las que bebería el mismo San Francisco de Asís y por las cuales podría caminar cualquier hombre de virtud decorosa. El riachuelo nos albergaba en su corriente de helados peces sombríos permitiéndonos reposar la labor del maíz, la injuria del trabajo y el esfuerzo de los largos trayectos. Éramos felices cuando nuestros cuerpos tocaban esas aguas de barro y sombras danzantes bajo su telar, jugábamos y nuestro solaz nos permitía escuchar más allá de las mil voces del cenzontle, donde se guardaban los sonidos de hombres extraños, hombres descendientes de la virtud y el amor de Nuestro Dios Padre. Jugábamos a imitar esas voces, las aves magníficas podían celar nuestro cantar, sabían que era la voz de la misericordia, era la voz del ave madre, era el latín. Yo llegaba en las tardes a mi hogar con ese recuerdo hermoso de otro mundo, mi padre no me podía entender, yo le hablaba imitando esas voces, podía ver cierta chacota en mi broma y él no me entendía. Aquella vez que escuchó esa voz se angustió sobremanera, corrió la noticia de una extraña enfermedad alrededor nuestro y, no conociendo el idioma de los ilustres sino el idioma de los bárbaros entrometidos, pensó que había sido poseído por un mal inefable, una fuerza más oscura que la ignorancia. Me exhibió como un engendro de la tragedia, los demás recomendaban y diagnosticaban brebajes, semillas e hierbas que nunca antes conocí; el teomama me visitaba a toda hora, me llenaba de ungüentos y aceites invocando al tlaloque para que humedeciera en mí el espíritu, luego me pedía que imitara las gloriosas voces y yo le decía que se equivocaba, que yo no podía decir nada, para que me dejara en paz. Una vez olvidé el incidente y volví a rimar mis cuerdas con las de la sabiduría y mi padre se arrancó los cabellos, invocó ídolos que nunca le escuché nombrar y el teomama ya ni me quería ver; mi padre creía que el mal era de afuera.

Una mañana se atrevió a entrar a la ciudad y trajo un sacerdote católico, aquella fue mi impresión más imperecedera, lo vi diminuto por primera vez, tan breve al lado de aquél hombre blanco, que instantáneamente le perdí el respeto. Supe (un par de años después que le pregunté a ese gran hombre insigne, bajo los trabajos de traducción de los autos sacramentales cómo mi padre lo había logrado traer) que para obtener su atención mi gran progenitor se había arrodillado y escupido el suelo donde él pisó; al sacerdote le llamó la atención ver sus lágrimas, porque según dicen, nosotros nunca lloramos, y más le interesó ver que él le pedía que lo siguiera. Al verme, no supo qué hacer y mi padre, pidiéndome en náhuatl que hablara el idioma de los demonios, comenzó a escucharme relatar las clases en latín de aquél convento cerca al río de mis placeres. Ese hombre era Martín de Valencia y nunca antes había escuchado una criatura del nuevo mundo hablar en latín.

Aquél hombre le habría tomado por santo de no ser por la forma en que me incorporó a la sensatez. Era un gran ilustrado tanto en mente y alma, pacientemente me enseñó a labrar las dicciones de una forma muy acertada y elocuente. En algunas ocasiones pienso que fue él, y no mi astucia de aprendizaje, quien me arrebató hasta el último pelo de salvaje. Pero no le juzgo su actuar, creo que es de ser humano, como aquel viajero que encuentra el oro entre silvestres y lo arranca como una flor a punto de marchitar. Valencia me llevó con él y me inició en mis instrucciones, supe un tiempo después que le dio a entender a mi padre que yo había fallecido de la supuesta enfermedad que él mismo concibió e incluso le mostró la tumba donde me enterró marcada con una cruz. A mi padre le habría disgustado verme enterrado allí, tan lejos de la vía ardua hacia el Mictlan, y lo imagino rondando en las noches junto con mi madre,  para indicarme las rutas que he de tomar. Nada de esto sé porque no volví a verlos.

Ciertamente, Guzmán, mis manos tomaron dimensiones que antes no entendía, mi mente se disgregó del  letargo profundo como mis ojos que a menudo buscaban el amparo de la lectura. Junto a Valencia pude estar por casi dos años de forma eremítica pues apenas veía la luz del sol por la ventana, sin juzgar sus largas jornadas de encierro y el mío, casi total de no ser por la majestuosidad de Francisco de Asís, del Arcipestre de Hita, Gonzalo de Berceo, ilustres griegos y latinos como los sonetos áureos de Valencia que hacían de mi escape una gran peregrinación.

No arredraré mi versión ante las fechas y lugares, pues usted me ha conocido y tiene conciencia de mi honra, además por la  intimidad de tales confesiones. Es cierto que los puntos cardinales en la historia no son más que dos y el dimensionamiento de tales se ve infundado por la observación de algo tan fugaz como es la memoria humana que da mal uso de lo escrito y verídico. Esta carta podría ser la única prueba de lo que se sabe de mí, espero que usted la lea y la queme enseguida pues en tales puntos habría de quedarme mensurado dejando mi evidencia en una bidimensional plusvalía.

Martín de Valencia se marchó. La nodriza que propiciaba mi manutención vio amenazada la formación académica que le había sido encomendada y me envió a una escuela de frailes integrada por hombres que recién habían llegado a Nueva España donde continuaría mis clases de latín. Pero al poco tiempo me uní a una caravana que iba hacia Xochimilco para ayudar a evangelizar sus territorios con la esperanza de encontrar allí a Valencia (que unos años antes recorrió esas tierras bajo la palabra mágica del aroma sacramental) sin encontrar más que las noticias de que él estaba en el pacífico.

Allí comencé a acercarme a usted, comenzaba a acariciar la formación diplomática excluyendo un poco la gentileza de mi devoción. El español se hacía para mí más atractivo y tuve contacto con Bernardino de Sahagún, quien me tomó como discípulo suyo cambiando mi vida por completo.

Sabrá usted que la amistad con mi gran maestro va más allá que cualquier logro que se me haya otorgado. Creo que el aprecio hacia él es superior que al de mi padre, pues él me acogió como semejante y me mostró el mundo a través de sus ojos permitiendo mostrarle el mío, aquél mundo antiguo de donde venía, tomando nota de cuanto decía o recordaba. De seguro que he sido para él una persona muy importante.

De su mano volvimos a Tlatelolco donde haríamos parte de la nueva institución de Santa Cruz, ambos como académicos diferenciados por la ruptura de los dos polos enigmáticos en el aprendizaje. Su indulgencia parecía inacabable, sus esfuerzos incluso lograron dominar el náhuatl. Logramos escribir algunos textos a doble mano, es tan perenne la lisonjera sensación de la hermandad y más cuando son sellados bajo los lindes de las palabras evocando todo lo que sea arte. Descubrí muchas obras magníficas y él pudo encontrar esos códices hechos de palabra y viento que permanecen latentes entre los arbóreos encierros que esconde nuestra lejana identidad, y así logró identificarnos. Para ese tipo de hombres nuestra alma era semejante a la de ellos, pero siempre se resistieron a decir que eran iguales, evitando influir en los desaciertos de que nosotros hemos sido testigos. No soy capaz de culparle porque le veo como a un hermano.

En seguida del tiempo que nos honraba con su fructuoso andar, llegó la noticia de la defunción del fray Martín de Valencia. Mi posición de doble humanidad me permitió acusar la noticia con naturalidad,  pues mi concepción ante la  muerte es tradicional así me digan insensato, veo allí una gran diferencia con el nuevo mundo, que se dice es más avanzado,  cuando la muerte se muestra y deshace todo lo que se le llama logro. No podría quejarme si esa sociedad dejara de ser bélica, pero ése es tema de otro encuentro.

Fui a Tlalmanalco para convertirme en testigo de su entierro. Una multitud de hombres de distintos colores aglomeraban el camino. Bajo mi perpetuada infancia parecía ver hombres rojos y azules, de ébanos matices y siles dientes caminando con el cuerpo al hombro desde el embarcadero de Ayozingo donde una gran pila de indios le seguían. En la capilla mayor de la iglesia se formaban dos filas de fieles a su nombre, en distinción ante quienes circunscribían la iglesia, bendiciendo a toda la muchedumbre que idolatraba aquella sombra de lo que fue y, tras unas cortas palabras por el Arzobispo cuyo nombre no recuerdo, se dejó sepultado bajo una pequeña vigilancia. De camino a casa escuché varios rumores de algunos indios que deseaban llevarlo a un lugar mejor, de mayor distinción, algo que no podría imaginarme viendo la magnitud del desenlace, pero usted puede ver la distancia entre ellos y nosotros, quienes hemos recibido la cordura y el beneficio de la bendición española.

Imaginé, bajo los senderos que se anteponen a Tlatelolco, a Martín de Valencia secuestrado por los indios bajo la oscuridad de la estrellas, encaminándose sigilosamente hacia el agua del Tlalocan, maravillados por su colosal verdor que no se diferencia con el valle y esperando el renombre de las vivas áreas del sufrimiento que conllevaron todos en su lento recorrido, él vivo y los demás muertos. Me maravillé al olvidar mi nombre con esas reflexiones y me percaté de lo lívido que mis manos se han tornado. El encierro es justiciero pero lo es más la renuncia de nuestros pensamientos, es una justicia que merecen los demás hombres y nosotros no podríamos dejar de hacerlo, ello es conveniente para el progreso.

Por eso desearía que usted considerase mi verdad como una epifanía a su respuesta. No todo acabaría al lado de Sahagún, pues la distancia entre él y yo cada vez se hace más grande. Sino que son las consecuencias de sus actos lo que le ha hecho a usted emprender ese camino hacia mí. Tengo entendido que usted recibió su recomendación para nominarme en aquel cargo y, entre las otras intrigas de posibilidades semejantes, que usted impartió cursos con él. Es un gran estudiante de las razas y el ser humano, al punto de divergir los principios en cuestión. No soy alguien para juzgarlo, pero me atrevo a decir que Bernardino de Sahagún y Martín de Valencia fueron la misma personalidad, ambos bajo la urgencia de reconocer en mí una identidad a fines de su cultura, e incluso dominaron sus empeños para verme igual que cualquier otro español, en lo que creo que se equivocaron porque sus logros me desviaron hacia los rasgos de un tlatoani. Sabemos que el querer prescindir de nuestra cultura es estancarnos en un punto, un punto negro entre la claridad del español y la oscuridad del bárbaro, el mismo punto donde me encuentro. Por eso he actuado bajo el apuro de querer recobrar la conciencia que sabía justificar a mi padre, mantener vivo ese aparente nexo con la sangre que brota de la tierra, en contra de Sahagún, cuyo dictamen ha amenazado con incorporarme a la historia. He visto mi transformación subyacente con el pasar de los años, bajo el reconocimiento del hombre y la sociedad, pues la antropología y la política son dos órdenes de destrucción humana, uno a nivel microscópico y la otra de macroscópica devastación. Ante ello han sido actores Sahagún y Valencia, a quienes admiro con gran simpatía. Entonces, tendría que encontrarle solución a tales incertidumbres y no distingo otra que esta carta, cuya importancia es de singular consecuencia. Usted debe entender que debo pagar a bien lo que me ha venido por mal, pues a menudo me pregunto si es la desaparición histórica una forma de hacer el bien, donde no encuentro respuesta entre mi punto negro de lobreguez.

Pues bien, usted encontrará en esta respuesta una satisfacción a nuestras propias inquietudes, más allá de rechazar o aceptar el puesto, que bien me ha halagado su voluntad y confieso que me ha halagado más la mía. Espero verle en alguna ocasión e impartir opiniones de otros temas más favorables, creo fundar con usted una gran hermandad.

Con afecto*,

Antonio Valeriano

 

* Aquí el recopilador del texto justifica los cambios realizados en la traducción del documento. Para evitar confusiones en la alegoría decide intervenir los vocablos “mauistik” y

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