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La princesa está triste

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Jhoan Emmanuel Orjuela Quiroga

La vi sentada en aquella roca mientras veía el mar azul que se congregaba con el azul paladino del cielo. El aire le acariciaba ese vestido casualmente azul celeste que tanto le encantaba para venir a pasar las vacaciones en esa casita de campo que mi abuelo con tanto esmero había construido.

 ¿El aire se quería llevar su vestido o se quería llevar a mi princesa? Porque ahora el abuelo era yo, y a ella le correspondía el papel de nieta. Siempre supe que era diferente. Que no era como las jóvenes de este siglo, no por mi hija, sino por el alma sabia y profunda que se le desbordaba en ese pequeño, delgado y delicado cuerpo cuando me preguntaba eventualmente, así porque sí: «¿Por qué el mundo es así, abuelo?»; y yo le preguntaba: «¿Así cómo?», y ella me sentenciaba: «Así de bello y horrible a la vez…».

 Por eso, cuando la vi sentada sobre esa roca, con esa mirada tan eterna que siempre tuvo, y con esos labios tan finos, elegantes y pocas veces, o quizá nunca antes tocados por otros labios humanos, se me vino a la cabeza aquel viejo poema de Rubén Darío cuyo primer verso comenzaba así: «La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?».

 Creo que es el mundo el motivo de su tristeza. Está sentada en su roca, como la princesa se sienta en su silla de oro. Y el mundo es la flor marchita que se ahoga en el mar, en ese vaso tan eterno que se vuelve etéreo a la vez. Se ahoga en palabras que nunca se dijeron. En oportunidades que nunca se aprovecharon. En tiempo perdido, y nada más. La princesa, en su silla de oro, en su roca musgosa, se encuentra encerrada en una burbuja. Ve el mundo desde una perspectiva diferente. No entiende por qué tanta guerra, porqué tanto dolor, porqué tanta pobreza…

¿Qué será de esos niños que no tuvieron la culpa de haber nacido en las calles? ¿Y qué de esos animalitos abandonados? ¿En dónde está Dios? ¿En dónde la Gracia Divina? Afirmar que existe el destino es afirmar que Dios es un desalmado y que disfruta del dolor ajeno. La princesa, tan pequeña y tan dolida, sabe que no es así. El Dios que ella busca quizá está esperando a ser encontrado, por casualidad, en lo más recóndito de su corazón. Qué lindas son las casualidades. Quizá ellas son la única salida para salir de este infierno que se hace llamar vida. Lo puedo notar. Lo puedo intuir. Ella quiere ser feliz, así sea por casualidad.

Pero el mundo que la sociedad, o mejor dicho, la suciedad le muestra, es mero engaño: jóvenes en discotecas en vez de bibliotecas, hombres traicionando a sus esposas, mujeres jugando a ser de todos, Iglesias profanando mentiras vanas, el gobierno monopolizando a los estúpidos, y el hombre, en su fiesta y en su parranda, no evoluciona, involuciona. Tanta putrefacción hacen de este mundo una verdadera flor que se marchita y se queda en el olvido. La princesa está triste, y sin embargo, el mundo sigue ahí… Tan bello, tan infinito, tan limpio.

 ¿Quién es la mierda? Evidentemente, la sociedad y los hombres que la componen. La princesa lo sabe. La princesa está triste. Ni el mar en su infinita belleza haciendo el papel de bufón es capaz de sonsacarle una sonrisa, así sea por pesar. «La princesa no ríe, la princesa no siente», está perdida en el infinito azul del mar. Eso le pasa por profunda. Se siente ajena al mundo que la corroe. No entiende tanta maldad. No entiende tanto dolor. Nadie la entiende. Ni siquiera ella se entiende.

 La princesa está triste, y no es solo por la sociedad. La princesa tiene un prototipo de hombre. Está cansada de los hombres bellos con un cuerpo vacío. Está cansada de los hombres obsesionados con el conocimiento y que tienen un cuerpo flojo. La princesa es egocéntrica, la princesa busca estabilidad. Una estabilidad que jamás encontrará, porque sabe que el ser humano es así: siempre inconforme.

 Pero por sobre todo eso, está triste pero no vacía. Al contrario, está llena de amor por dar y recibir. Sin embargo se le escapa una lágrima al entender fugazmente que el hombre de hoy en día en su superficialidad solo se dedica a recibir. Ella les entrega todo su amor, y nadie lo valora. Definitivamente, la princesa está en una burbuja.

 ¿Qué ganamos con tener tanto amor para dar, si no hay nadie que esté dispuesto a devolverlo con reciprocidad? La princesa piensa en un hombre, piensa en el otro. Pero todos son iguales. Sabe que nadie la ama como se ama a ella misma. Y sabe que nadie los va a amar como ella lo hace. Pero ella nace y muere sola. La princesa se queda viendo el mar. Mientras tanto, los hombres siguen diciéndole lo mismo a todas las mujeres, y las mujeres de hoy en día, tan estúpidas y tan vacías, les creen toda esa porquería.

De repente sale de ese ensimismamiento y me mira. Se limpia su lágrima que ya está a la altura de sus mejillas rosadas. Disimula la tristeza que se desborda en su mirada y me sonríe con una pena en el alma, con una herida que no sana, con una dulzura amarga, con una felicidad falsa. No sabe qué es lo que quiere. No sabe quién es. Olvida fácilmente de dónde viene, y para dónde va. Está sola, sola, sola.

 ¿Qué le pasa a mi princesa? Aparenta ser lo que la sociedad quiere que sea, pero en la burbuja de su silla de oro se sienta a llorar a solas, con miedo de que alguien la vea, porque está cansada, porque está aburrida. Lo material no la llena. Lo único que ella pide es amor, y su amor es tan infinito que nadie lo entiende…

 «¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa, quiere ser golondrina, quiere ser mariposa…»

Mi preciosa quiere volar, mi preciosa quiere ser ella, pero tiene miedo. Miedo de caer y no volver a levantarse. Miedo de que la lastimen como nunca antes lo han hecho. Miedo de ser olvidada y dejar de ser quien es por convertirse en quien quiere ser. A la princesa le duele todo esto, y todo me lo dice con una sonrisa. La princesa me quiere engañar, pero no sabe cómo se engaña así misma. Y es que, al fin y al cabo, ¿quién no le tiene miedo a la caída, y a ser herido por otra persona, igual de egocéntrica y egoísta a nosotros? ¿quién no tiene miedo de estrellarse con un muro igual de fuerte que el de nuestras máscaras?

 Comprendo a la princesa. El dolor, como sentimiento, es universal. Le da miedo sentirse más sola de lo que ya está. La princesa se pone de pie y mira a su alrededor: ve la arena, ve el mar, ve el cielo y ve las rocas, ve la vida, y sin embargo… ¡Vale tan poco lo que está a su alrededor! Porque ella no busca lo material, no se conforma con lo tangible, ella busca la esencia de un hombre benévolo que piensa igual que ella…

 Lo que no puedo ver es si esta historia termina como en el poema de Rubén. Si la princesa encuentra a su príncipe idealizado, o si bien encontrará a alguien que la ame con sus defectos, con sus virtudes, con su pasado, con sus errores, con sus heridas, con sus sinsabores, con sus desamores, con sus demonios. Ella solo quiere a alguien que le abrace el alma. Que le bese las heridas. Y que le mire los demonios sin miedo a ser herido. Ella quiere dejar de ser princesa, para convertirse en mujer, pero no de todos ni mujer de lujo, sino en mujer de alguien que se entregue por completo a ella.

 Mientras tanto, meditabundo continúo apreciándola:

Está postrada sobre esa roca, y me inunda la tristeza.

¿Qué puedo hacer, para que no estés así, princesa?

¿De dónde viene la agonía esa?

¿Será la sociedad, que tanto pesa?

¿Serán los hombres, que tanto pecan?

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