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La playa blanca

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Hace diez años, Once Caldas de Manizales obtuvo el título de campeón de la Copa Libertadores. El triunfo se celebró hasta en los lugares más alejados de la capital del departamento de Caldas. Un acontecimiento difícil de borrar.

 

A mi papá.

Jose Daniel Fonseca

 

Llegué entero. Como pude me defendí del miedo a volar en avión. Mi papá decidió llevarme a San Andrés (isla) de vacaciones; como había visto en los mapas, era un pedazo de tierra rodeado de mucho azul, y para llegar era ineludible el vuelo. Aterrizamos en el epicentro de ese departamento ajeno a Colombia, donde la gente se habla a gritos y parece enojada. Mi papá me explicó que era normal y no estaban bravos: que hablaban de fútbol y les gustaba mucho.

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Once Caldas había vencido a Sao Pablo y Santos, los dos equipos brasileños más poderosos del momento, con historia copera y un palmarés de jugadores importantes para el fútbol mundial. Al Estadio Palogrande fueron Robinho (Robson de Souza), Luis Fabiano Clemente, Diego Ribas y RogerioMücke Ceni (cuando aún tenía pelo), para disputar la Copa Libertadores del 2004. El torneo –inicialmente, en su fase de grupos- no creó interés en los espectadores colombianos. Para los equipos ‘cafeteros’ era un milagro alcanzar los octavos de final. La Copa que consiguió Atlético Nacional en el 89’ no era más que un espejismo distante, que parecía no haber ocurrido, empañada por el narcotráfico y el poder. Y a mitad de año, cuando Once Caldas –un humilde y aguerrido equipo- participaba en la reciente versión de la Libertadores, la impresión era la misma: una tarea imposible, un premio reservado para los ‘reyes’ de Latinoamérica, los argentinos y los brasileños. Empero, los aficionados despertaron y el equipo blanco todavía estaba allí. Había clasificado a la final del torneo. La dicha no cabía en el pecho de los hinchas del Once, pero lo curioso fue que se trasladó a las almas de muchos colombianos. Con trabajo y algo de fortuna, los once guerreros lograron una proeza: disputar el partido decisivo de la Libertadores contra el equipo más temido del continente, Boca Juniors de Argentina.

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Las olas estaban fuertes y nos devolvieron a las calles pasadas las cinco de la tarde. Yo había perdido varios días de agua salada por temor a que un tiburón me mordiera la pierna. Mi papá sí disfrutó la playa blanca desde el principio. A mí, en cambio, me perseguía el sinsabor de esos momentos en que me quedé mirándolo, desde las carpas, mientras chapoteaba. Luego de haber entrado, deseaba estar en el mar por siempre. Me explico, soy del interior.

Al volver al hotel las pantallas estaban rodeadas de personas. Un equipo colombiano jugaba la final de la Copa Libertadores. De cómo llegó allá no sabía nada, pero empecé a preguntarle a mi papá. Me mostró el funcionamiento de los grupos, de las llaves, los resultados del Once Caldas y los jugadores más notables de ese grupo de desconocidos. Jhon Viáfara, Arnulfo Valentierra, el ‘sultán’ Elkin Soto, el goleador Jorge Agudelo y el arquero Juan Carlos Henao. Él me recordó que Henao había jugado en el Atlético Bucaramanga, apenas dos años atrás. Yo seguía desubicado, pero reconocía que era importante. Siguió comentándome del equipo que jugaría en unos minutos. “La Copa libertadores -me dijo- es el torneo más grande de clubes en Latinoamérica”. Los meseros, maleteros y huéspedes seguían mirando los televisores.

A decir verdad, estaba confundido. Para mí, inicialmente, estaban jugando un partido cualquiera. Llegué, por casualidad, a la final de la Libertadores y rápidamente me convertí en hincha de ese equipo anónimo: al igual que esa mezcla efímera de personas que se encontraban a mí alrededor. Todos atentos a la confrontación. La playa ya no importaba. Casi no había ruido. Subimos al restaurante y allí también tenían un televisor encendido. Nos sentamos a ver.

Lo primero que recuerdo fue el resumen del encuentro de ida. El delantero Antonio Barijho se perdía goles increíbles, mientras se escuchaba un multitudinario “¡uh!” en el Estadio La Bombonera. Cada jugada parecía mentira: Henao sacaba balones, pegaban en el palo y los jugadores del equipo argentino se tropezaban justo antes de dar la estocada. El Once se acercaba con discreción; puras escaramuzas. El partido seguía cero a cero cuando Elkin Soto estrelló una pelota en el palo. Un balón detenido -que tenía más pinta de centro- se fue metiendo al arco, como quien no quiere la cosa, hasta que el arquero argentino, Roberto ‘El Pato’ Abbondanzieri, tuvo que arañarla para evitar la debacle. El silencio en el que se sumergió La Bombonera lo sentí desde esa silla en un hotel de San Andrés. Las cámaras buscaban las caras de los hinchas de Boca, atónitos, sin dar fe de lo que veían. La imagen volvió al narrador y al comentarista que ya se preparaban para el pitazo inicial. Compartieron la ilusión de una segunda Libertadores para Colombia. Recuerdo que en una mesa, muy cerca de nosotros, unos argentinos pidieron cervezas.

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El primero de julio de 2004, el Estadio Palogrande era una marea blanca. Tiras de papel caían en el césped. Hubo pólvora mientras los once jugadores, dirigidos por el técnico Luis Fernando Montoya Soto, salieron a la cancha. Todas las fotos de rigor, el escenario a punto y la pelota en la mitad de la bomba central. El juego fue trabado e incierto en los primeros minutos, con intenciones de parte y parte. Boca Juniors había venido a atacar, a llevarse el resultado que no consiguió en casa. El modesto Once, bien parado estratégicamente, con una contención óptima y centrales aguerridos, aguantaba y recuperaba la pelota. El trámite del partido, que se preveía más complejo, cambió en el minuto siete de la primera etapa, cuando Jhon Viáfara clavó el balón en el ángulo superior derecho del cancerbero argentino. Un inesperado uno por cero. El equipo se mantuvo compacto y terminó el primer tiempo sosteniéndose ante los ataques de los gauchos. No obstante, cuando empezaba la segunda parte, un tiro libre de Franco Cángele encontró la cabeza de Nicolás Burdisso, quien puso el uno por uno. Henao no pudo hacer nada. La suerte estaba echada. Tiempo cumplido y penales en Manizales.

El primer cobro fue de Arnulfo Valentierra que, con desparpajo, hizo un tiro predecible que atajó Abbondanzieri en la mitad del arco. La ansiedad estaba trepada en las camisetas de los hinchas, que pesaban más que nunca. Por fortuna, el siguiente penal –de Boca, de Rolando Schiavi- fue a las tribunas. Luego vino Soto, que transformó el penal en gol: un tiro medido al rincón inferior izquierdo del rectángulo. Raúl Cascini lo pateó fuerte, pero Henao se lució. Wilmer Ortegón se lo regaló a Abbondanzieri. Burdisso estrelló el balón en el travesaño. Agudelo metió el dos a cero en la tanda.

La oportunidad estaba lista. Si Henao atajaba el remate de Cángele –figura del partido- la historia se haría blandengue y el viento se volvería blanco. Después de arrojarse a su derecha, Henao corrió, se arrodilló y esperó a una turba de jugadores que no paraban de llevarse las manos a la cabeza.

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El griterío estalló con la tapada del arquero. Antes, todos se comían las uñas y cubrían sus ojos. Los argentinos de al lado estaban pasados de tragos y desde el gol del empate habían empezado a arengar como en la mismísima Bombonera. Luego se callaron y nos tocó a nosotros. La gente se abrazaba sin conocerse, y parecía que en el hotel nadie trabajaba. Por unos preciados minutos nos reflejamos en el fútbol: en la angustia, en la desazón y en la victoria.  La emoción llevó a los turistas a dejar de mirar con resquemor. Curiosos, se acercaron a la celebración y terminaron integrándose a ella. Esa noche vi italianos y norteamericanos abrazados con colombianos. Cuando volvía la calma en el hotel, mi papá me dijo que saliéramos a la calle.

Las caravanas eran cortas, pero frecuentes. Una tras otra iban pasando mientras caminábamos. Gritaban “¡qué viva el Once!”, “¡campeones jueputa!”. Sacaban las manos de los carros y las chocaban con los viandantes. Recuerdo que alcancé a rozar la de un hincha que iba con la bandera de Colombia encima. Mi papá –hombre de escasas palabras- no dijo nada en un buen rato. Lucía complacido. Volvimos al hotel, pero esa noche dormimos tarde. En las noticias estaban repitiendo la hazaña. Vi de nuevo el matracazo de Viáfara. Supe que no tenía nada más que pedirle al viaje. Pensaba en que, al otro día, vería muchas camisetas blancas en la playa.

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