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La patria boba

 

Antonio Nariño. Tomada de kalipedia.com
Antonio Nariño. Tomada de kalipedia.com

María del Rosario Vásquez *

Con motivo de la celebración del Bicentenario, han surgido diversas controversias sobre el apelativo de Patria Boba, para referirse a los primeros años de la Independencia (1810-1816), época tan traumática de los albores de la nación. Sin embargo, vale la pena recordar que este nombre fue acuñado en 1823, por el mismo Precursor Antonio Nariño, en el folleto de su autoría, Los Toros de Fucha, en el que propugnaba por las ventajas de un régimen federalista para la recién creada Gran Colombia, en contravía del centralismo establecido en la Constitución de Cúcuta de 1821, y defendido en esa época por Santander.

El historiador Germán Mejía, por ejemplo, cuestiona la repetición del término, al considerar que impide apreciar la diversidad y las diferencias de la sociedad neogranadina en la transición entre la Colonia y la República, y el hecho de que sus vicisitudes se debieran a la inexistencia de una Nación. (Germán R. MEJÍA PAVONY, ¿La Patria Boba?, en Revista Semana, 18 de julio del 2009). La barahúnda de los principales acontecimientos de esta etapa los resume el profesor Mejía, en el artículo citado:

“De finales de 1810 a enero de 1815 la lógica de los acontecimientos derivó de esta situación inicial. Primero, dos repúblicas surgieron al mismo tiempo: Cundinamarca, centralista; las Provincias Unidas, federal. Una guerra civil las enfrentó desde los meses iniciales de 1812 hasta la toma final de Santafé por Simón Bolívar, en diciembre de 1814, al mando de las tropas de las Provincias Unidas. Segundo, Santa Marta, Popayán, Pasto, entre otras, nunca aceptaron nada distinto al consejo de regencia y, luego, a Fernando VII. Tercero, casi una veintena de constituciones fueron promulgadas durante esos años. Finalmente, no todo español fue realista ni todo americano patriota, ni los indios se definieron en conjunto por un bando ni los negros esclavos tomaron partido por una lucha que no era la suya. Todo lo anterior nos dice de las profundas diferencias que existían en la sociedad neogranadina. En esas circunstancias no podemos afirmar que existía una Nación; en realidad, dicho concepto se refería a los habitantes del terruño, esto es, a la provincia. Visto desde esta óptica, entonces, la valoración de ‘Patria Boba’ no permite apreciar que la diversidad, la diferencia, eran lo característico de una realidad que el centralismo quiso acallar, precisamente con la denominación de ‘boba’.”

Aunque evidentemente resultan atinadas las anteriores observaciones, creo que dejan de lado las vívidas experiencias del propio Nariño, protagonista, testigo y víctima de los avatares de dicha etapa. Es cierto que la diversidad neogranadina dificultó la cohesión nacional. Pero también hay que recordar, que aún para los contemporáneos, muchas de las actuaciones de los rebeldes patriotas, resultaban claramente absurdas, ajenas al sentido común. No hace falta una mirada retrospectiva de doscientos años para entenderlo. Y eso fue lo que seguramente le pasó a Nariño, para no referirnos, por ahora, al propio Libertador.

Camilo Torres
Camilo Torres

Recordemos que solo un año después del 20 de julio de 1810, Nariño empezó a imprimir La Bagatela. En este periódico, el Precursor defendió el centralismo y criticó las medidas económicas y el desorden fiscal del gobierno de Jorge Tadeo Lozano; incluso anunció que, dado el caos, algunos creían que la revolución había sido prematura. Cual profeta, describió las naturales y funestas consecuencias del desorden y la falta de unidad estratégica de los neogranadinos: “Morirán todos, y el que sobereviviere sólo conservará su miserable existencia para llorar al padre, al hermano, al hijo o al marido” (Citado por: Arturo ABELLA, El florero de Llorente, Bogotá, 1960, p. 149). Efectivamente, nuestros próceres pagaron muy caro, en el patíbulo, su imposibilidad para ofrecer una resistencia organizada al “Pacificador” Morillo.

¿Cómo entonces no sorprenderse de la miopía y de la sordera de quienes no escucharon las razones del Precursor, en su defensa de un régimen centralista que facilitara la defensa de su causa frente al enemigo común español?; e igualmente, ¿cómo no lamentar la lucha fratricida entre, por un lado, neogranadinos y españoles realistas, y neogranadinos y españoles independentistas; y por otro, centralistas y federalistas, sin dejar de lado el conflicto entre ciudades rivales republicanas y realistas, por la hegemonía local?; Y, en verdad, ¿cómo no quedarse perplejo, por ejemplo, ante la situación de ingobernabilidad que suscitó el derrumbe del aparato administrativo español, cuando el primer presidente, Jorge Tadeo Lozano, llegó a afirmar que prefería ir a la cárcel en silla de manos antes que volver a su despacho? Y ni qué decir del propio Nariño, quien después de derrocar a Lozano, renunció cuatro veces a su puesto en solo seis meses, hasta que su dimisión fue finalmente aceptada, ante la amenaza apremiante del Presidente de abandonar el cargo y salir de Santa Fe.

Recuérdese también la amarga primera experiencia de los santafereños con Bolívar, quien con la soldadesca venezolana ingresó a la ciudad, por órdenes del Presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, Camilo Torres, adalid del federalismo, y la sometiera a todo tipo de vejámenes. Y no podemos olvidar tampoco que, ya en Bogotá, Torres se convirtió al centralismo y ordenó a Bolívar el sometimiento de la realista ciudad de Santa Marta. Pero Bolívar prefirió sitiar primero a la rebelde Cartagena que, aunque republicana, se negaba a adherirse a Santa Fe. Bolívar fracasó en su empeño, y, seguidamente, las tropas del Pacificador Morillo sitiaron otra vez La Heroica, que de esta forma, fue asediada no una sino dos veces consecutivas. Lo anterior solo para dar uno pocos ejemplos…

Pues bien, el aprendizaje del autogobierno no fue nada fácil, y la creación y consolidación de la Nación tampoco lo fue. Al lado de los ideales y del heroísmo, también estuvieron presentes, en este primer experimento de vida independiente, la inexperiencia, la primacía de los intereses particulares y locales sobre los generales, el desorden administrativo y los abusos propios de toda guerra. Y algunas de estas dificultades no se restringieron a los años de la lucha independentista (1810-1819), pues se prolongaron, como mínimo, a todo el siglo XIX. Y hoy, cabe preguntarse si características similares no se han hecho extensivas a lo largo del recorrido histórico de nuestra amada Colombia. Cuántos problemas de los que nos han aquejado y nos aquejan, requieren de simple sentido común y de una disposición más generosa. Es cierto, el apelativo de “Boba” resulta molesto, y, sobre todo, debe ser explicado a partir de análisis estructurales como el del profesor Mejía; pero también requiere ser entendido desde las particulares angustias y vivencias de sus protagonistas, en especial, de la percepción que sobre esta etapa tuviera, entre otros, don Antonio Nariño, artífice de  tan controvertida expresión.

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(*) Historiadora de la Universidad Javeriana, Licenciada en Linguística y Literatura de la Universidad de La Sabana, Especialista en Dirección y Administración de Centros Educativos y, actualmente, doctoranda del programa Espacios de Poder en el Mundo Medieval y Moderno, de la Universidad del País Vasco.

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