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La novia del viento

Retrato de Leonora Carrington. /Carrington Estate
Retrato de Leonora Carrington. /Carrington Estate

Andrea Uribe Yepes

 

Virginia llevaba murciélagos y mariposas nocturnas aprisionados en el pelo: con sus manos extrañas, hizo una seña a los animales de que había terminado la caza; abrió la boca y se le coló un ruiseñor ciego. Se lo tragó, y cantó con la voz del ruiseñor.

Cuando iban por el lindero en bicicleta, Leonora Carrington.

 

La primera vez que Leonora Carrington vio a Max Ernst fue en la portada de un libro que le regaló su madre. Bueno, no lo vio a él, pero la tapa de Surrealismo de Hebert Read era una pintura del alemán llamada Dos niños amenazados por un ruiseñor: un pequeño cuadro en el que sobresale una puerta hecha en madera, una reja de juguete y dos niños que intentan escapar de un ruiseñor. Detrás: un gran cielo azul.

Se conocieron luego, se vieron por primera vez en Londres, cuando ella ya sabía quién era él, había salido de la casa de sus padres en Lancashire y se había dedicado a reproducir manzanas en la academia del purista Amédée Ozenfant. Úrsula Goldfinger, amiga de Leonora en la academia y esposa del arquitecto Ernő Goldfinger, dio una fiesta en su casa y ahí, con las ganas de conocerlo y ya enamorada de sus obras, Leonora, de 20 años, encontró a Max quien iba a quedarse unos días en Londres.

Blancos: su piel y su cabello. En contraste sus ojos azules inteligentísimos, protegidos por cejas pesadas y prominentes que junto a unas ojeras necesarias parecían esconder sus ojos de la luz del sol. Arrugas en la frente producto de sus 47 años y boca delgada que al prolongarse dibujaba ondas a los costados. Sostenía una copa e intermitente, manos de desconocidos. Cuando la vio ya sólo sostuvo su mano.

Sostuvo también su cabello negro con devoción.

Los días que le siguieron a la fiesta Max y Leonora se pertenecieron. Los ojos nóveles de Leonora fueron testigos de la versatilidad de Max como artista y de las transformaciones que hacían posible toda su obra: de carpintero a electricista y de moldeador a plomero. Vio cómo Max tallaba, recortaba, pintaba y hacía crujir todo en la habitación para lograr sus cuadros. Y ahí, se sintió rescatada, se supo feliz: “Soy feliz, soy yo, esto que tengo adentro galopa y por fin va a liberarse”.

La esposa de Max, Marie Berthe, era católica, de esas fundamentalistas de mentiras que le rezaba a dios por el alma de los artistas y por el otro lado les daba dinero para pinturas degeneradas. Durante diez años, desde 1927, vio a Max en sus comienzos como escultor, de la mano de Alberto Giacometti y su consolidación como pintor surrealista. Ella, que era la protección económica de Max y que apadrinó a muchos artistas, terminó desequilibrada e histriónica cuando, luego de la fiesta de los Golfinger y del tiempo juntos que pasaron en Londres, Leonora decidió mudarse a París para estar cerca de Max.

 

Llegó a un apartamento pequeño en la Rue Jacob 12 rentado por su madre, mientras que su mentor, su amante, permanecía en el estudio a cuatro kilómetros, tal vez pagado por Marie Berthe y habitado por ella, en la Rue des Plantes 26 en Montparnasse. Ella se decía que eso era lo correcto, vivir lejos, porque a París no había ido tras de Max, ella había ido lejos de sus padres, lejos de sí misma: “No me fui con Max, me fui sola. Siempre que me he ido ha sido sola”.

Antes de entrar en París, en Max, se prometió que fue a esa ciudad a pintar y así lo hizo. De pequeña, su padre le regaló un caballito de madera al que llamó Tártaro, con el que se imaginaba cabalgando junto a los dioses celtas que tanto escuchaba en las historias de su madre. Ese caballito, que su padre le quitó para enseñarle a perder, ella lo recuperó cuando Max le compró uno parecido que vio en un anticuario. Ese caballo y su sed de ser salvaje la llevó a pintar The inn of the dawn horse (La posada del caballo del alba, 1939), su primera gran obra surrealista y una de las más logradas.

 

Ella impávida, sibilina, con unos pantalones blancos y una postura varonil, señala extraño una hiena fértil que posa para ella, es ella. Detrás de su cabello abundante está Tártaro grande y blanco; afuera está la idea de Tártaro también grande y también blanco pero móvil, libre.

Aparte de su trabajo pictórico, en París comenzó a escribir por recomendación de Max. Escribió cuentos, sobretodo. La debutante narra cómo una hiena la sustituyó en su baile de presentación portando su vestido nuevo y la cara de su nana que había sido devorada; narra cómo al final del baile la hiena al ser descubierta por la madre de Leonora, se quita la máscara, se la come y de un gran salto, huye.

 

De nuevo la hiena y de nuevo el escape. Su obra literaria no es la más conocida pero retrata, tal vez, más explícito que en sus cuadros o esculturas, su personalidad indomable, su interior animal: “Mamá, soy un caballo disfrazada de niña”, decía, “me gustaría ser un elefante, pero salvaje”. Ella pertenecía al viento.

En Francia y gracias a Max, conoció a André Breton, Joan Miró, Paul Éluard, Salvador Dalí, Marcel Duchamp, Man Ray quienes la acogieron y le explicaron lo que llevaba dentro. Se sintió parte aunque nunca se consideró surrealista, sino alguien que ve otra realidad, no surreal, no irreal: distinta.

Mientras vivían en París, Max aún estaba bajo la protección de Marie Berthe pero ambos sabían que Leonora estaba en medio. Los escándalos y las agresiones de Berthe hacia Max se volvieron más frecuentes y el paseo de Rue de Plantes hasta Rue Jacob, de su esposa desequilibrada a su novia inglesa, se volvieron insoportables y decidieron irse a escondidas a Saint-Martin de D’Ardeche.

Como si se tratara de algo irreversible, Leonora le pidió dinero a su madre Maurie y a principios de 1938 compró los restos de una granja del siglo XVIII que quedaba cerca al centro del pueblo. En ese lugar la relación de Max y Leonora logró distanciarse no solo de Marie Berthe, sino de las riñas que, por esa época, eran frecuentes entre los surrealistas.

En Saint-Martin D’Ardeche Leonora se alejó de las vigilancias de su padre y alcanzó altos niveles de productividad. Fueron sus manos, sus largas manos blancas con olor a tabaco, las que lograron el goce en el pequeño pueblo francés: la tranquilidad fue el complemento necesario para esculpir, pintar, plantar, escribir, tallar.

La casa se convirtió también en un lienzo; un ajedrez tallado, figuras arremolinadas en las paredes y esculturas que salían de todos los rincones, hacían del lugar una obra de arte. Una pequeña sirena de piedra se deslizaba por las escaleras y algunos cuadros como Femmes cheval de Leonora o Un momento de calma de Max ocupaban las paredes o las puertas de las alacenas.

 

Fue en esa casa, que la hicieron propia de tantas maneras, donde Leonora pintó algunas de sus obras más famosas. Apenas en los primeros meses de estadía en el sur de Francia pintó Horses of Lord Candlestick (1938) y The meal of Lord Candlestick (1938) inspirados en Harold Carrington, su padre. En 1939 hizo Portrait of Max Ernst y un año después Max le correspondió con Leonora en la luz de la mañana.

 

Para la época, Leonora ya había encontrado algunos de los elementos que se repetirían en la mayoría de su obra pictórica: las imágenes que evocan a lo íntimo y lo subjetivo alimentadas por las historias de fantasía, los mitos celtas y lo que aprendió de una de sus grandes pasiones, la alquimia. Ya estaba presente esa suerte de colección de seres inventados y de elementos provenientes de otros mundos, sin apartarse de una de sus temáticas más recurrentes: la liberación.

El desgaste de una Remington también fue producto de la estadía en esa casa. Cuentos y novelas cortas salían de su cabeza fértil. Escribía imágenes extravagantes que se combinaban con recuerdos mentirosos y que luego Max ilustraba con collages. La maison de la peur y La dame ovale son algunos de esos libros en colaboración que fueron el resultado de sus vidas en Saint Martin D’Ardeche.

 

El fuego arde en las entrañas de Leonora, nunca ha experimentado algo semejante:

–¿Es esto el amor?

Max le responde que el amor nace del deseo por alguien y que Nietzsche dijo:

–“Cuando amamos tendemos a ponerle al objeto amado todas las perfecciones”

–¿Y qué pasa si descubrimos su imperfección?

–Viene el desamor.

Fragmento de Leonora de Elena Poniatowska

 

Hacían todo juntos. En las mañanas bajaban hasta un río rodeado de piedras que daba la ilusión de blancura al agua que bajaba. Se desnudaban y mientras el cabello de Max se camuflaba en el paisaje, el pelo ébano de Leonora manchaba. El resto del día lo dedicaban a la producción o a recibir las visitas intermitentes de amigos surrealistas. No eran pareja, ni un hombre ni una mujer sino “pájaro y yegua” lejos de todo.

Pero como casi todo en la época, la guerra acabó con lo que habían construido en el sur de Francia. Cuando habían encontrado un lugar donde eran prolíficos, donde habían logrado apartarse de las disputas de los surrealistas en Francia protagonizadas por Bretón, cuando, con excepción de algunas visitas de Marie Berthe, habían alcanzado la tranquilidad que necesitaban, Max (alemán) fue detenido y llevado a la prisión de Argentière, un pueblo a dos horas de Saint-Martin D’Ardeche, donde Leonora se fue a vivir para estar cerca de él.

Dos meses estuvieron lejos de la casa que juntos habían construido hasta que gracias a peticiones de artistas surrealistas, en especial de Paul Èluard que le escribió a Albert Lebrun, liberaron a Max y volvieron a Saint-Martin D’Ardeche con el pensamiento de que ese sería todo el daño que guerra les haría, pero no fue así. Un habitante del pueblo, en mayo de 1940, denunció a Max ante las autoridades locales acusándolo de ser un espía alemán y ese fue el fin de la relación entre ambos y de la producción desenfrenada en el sur de Francia.

Con esposas sacaron a Max de Saint-Martin D’Ardeche con la promesa de ser deportado a Alemania y detrás de ellos se fue la cordura de Leonora por mucho tiempo. La soledad y el recuerdo la rompieron y trató de distraerse con una dieta precaria, mucho vino y mucho trabajo. No se quedó quieta pero lo único que hizo fue esperar.

Días después del arresto, Catherine Yarrow y Michel Lukas, amigos ingleses de Leonora, viajaron a rescatarla y a llevarla a España. Ella se resistió pero al final se fue mirando para atrás, sin saber que era un acto que condenaría su relación con Max y que sería la última vez que vería esa casa que él había construido. Mientras se acercaba a la frontera con España no era consciente de que ese viaje sería el fin de esa vieja granja que era más un museo habitado y que luego sería destruida por partes para convertirse en lo que es hoy: una casa de verano donde quedan tan solo pocas huellas del paso de Max y Leonora.

Con el plan de tratar de liberar a Max y hacer su vida con él en otro lugar, llegó a España sin saber que él había regresado a Saint-Martin D’Ardeche. Encontró la casa vacía, propiedad de unos nativos a los que les debían dinero y con las obras abandonadas y mal tenidas. Sin pensarlo dos veces, Max cogió algunas de las obras, las envolvió en un tubo y cerró la puerta. Al mismo tiempo se despidió de lo que tuvo con Leonora.

Luego de eso fueron solo caminos separados. La rabia de Max hacia Leonora por abandonar el lugar que construyeron juntos y la desesperación de Leonora por abandonar Europa y alejarse de su padre los llevó a encontrar el desamor. Se vieron luego, claro, pero nada más para mostrar que no eran una pareja, que eran un pájaro y una yegua y que lo que podía ser era solo posible en esa vieja campiña en el sur de Francia.

 

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