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La noche que el D10S fue azul

Diego Maradona

 

Fernando Araújo Vélez *

Fue entonces cuando varios cientos de miles de sus enemigos olvidaron sus viejas ofensas, y otros tantos las multiplicaron. Hubo cánticos nuevos de los barrabravas, pancartas de saludo, el Che Guevara con el número 10 y el ingenio de D10s en cada uno de los 60 mil fanáticos de Millonarios que esa noche fueron a hacer parte del debut de Maradona en el banco azul. Las noticias se sucedieron segundo a segundo. Los periodistas llegaron desde los lugares más remotos del mundo. Hubo asiáticos y africanos, gente de Las Antillas, del Sur, que para este tipo de acontecimientos siempre existió, del Norte blanco e impecable, de las comunidades indígenas y del bando de sus agresores. Todas las voces todas, todas las razas, como hubiera cantado Mercedes Sosa.

Nunca antes Millonarios fue tantas veces nombrado. Nunca antes se relató en tantos idiomas y con tantos adjetivos su triunfo 4-2 sobre el Real Madrid, la tarde del 31 de marzo de 1952. Los derechos de televisación del debut y del resto de la temporada se tasaron y vendieron en millones de dólares. La conferencia de prensa que el nuevo entrenador ofreció fue patrocinada por 123 marcas. Sus palabras, “la revolución comienza con el fútbol”, “he vuelto a vivir”, o “la grandeza de Millonarios no se discute ni se mancha”, fueron escuchadas –y vistas- por 800 millones de personas.  Maradona lucía tranquilo, con la misma barba del Mundial de Sudáfrica y algo ahogado por la altura bogotana. Se molestó por el juego rudo del rival, Medellín, al que nombró como Independiente, y enfatizó en que su equipo había jugado el fútbol que “le gusta a la gente”.

Al día siguiente, y durante las tres semanas posteriores a su debut, nadie lo criticó. Sus desvaríos eran comentarios privados que jamás trascendían. La suma de su contrato fue un secreto que conocían todos los periodistas, pero nadie la reveló. Sus antiguos “detractores de micrófono”, en lugar de criticar sus salidas de tono, su poco o nulo saber de táctica y estrategia, sus supersticiones y amistades, comentaron que gracias a Maradona había retornado la pasión del fútbol.  Millonarios, igual, perdía. Sin embargo, las derrotas se debían “al lógico tiempo de acoplamiento que se requiere ante cualquier cambio”. Los noticieros le dedicaron, en promedio, dos o tres minutos por emisión. Los periódicos, una página. Los portales se bloquearon  ante los miles de clicks y los estadios en los que jugaba Millonarios no tenían espacio para tanto fanático. En 30 días, Millonarios realizó tres giras, jugó nueve partidos, anotó cuatro goles y recibió 16.

Antes del desplante que todos predijeron, “Yo lo dije, yo se lo advertí, yo lo sabía”,  Maradona fue invitado a la Casa de Nariño en tres ocasiones, y al Palacio de Liévano en seis. Lo condecoraron en el Congreso por su “excelsa contribución a la paz” y le otorgaron un par de honoris causa en dos universidades, como lo había hecho la de Oxford en los 90. Surgieron paparazzis en cada esquina, cronistas de su vida diaria, sociólogos amantes del fútbol y columnistas que lo citaban como si fuera un filósofo, “La pelota no se mancha”, “Se le escapó la tortuga”, “Fue con  la mano de Dios”, “Tragedia es que un obrero se quede sin laburo”. Todo el mundo cantó y bailó “Maradó, Maradó, nació la mano de Dios, Maradó, Maradó”. El resto divagó sobre Manu Chau y “Si yo fuera Maradona”. Emir Kusturika y su documental sobre el “10” superaron en ventas a Shrek, y hasta Shrek se puso la camiseta de D10s.

D10S existe, Flickr, montuno
D10S existe, Flickr, montuno

Una madrugada desapareció.  La novela de su huida comenzó a escribirse cuando una azafata le comentó a un amigo periodista que Maradona había tomado un vuelo hacia La Habana. El tipo anunció su primicia en la emisora en la que trabajaba, pero sus jefes no le creyeron. Decidió venderle su información a la competencia, que emitió la noticia con fanfarria, bombos y platillos, voz de misterio y tragedia, novelón, antecedentes, testigos,  y enviados especiales adonde fuera y  por millares.  Los directivos dijeron que era el colmo, que las cláusulas de un contrato que nadie vio debían cumplirse, que esto y aquello y blablablá. “Irresponsabilidad”, “vergüenza”, “drogas”, “humillación”. Las mismas palabras de antes con el mismo protagonista.  Un día, entre tragos y confesiones, un reportero se enteró de que el famoso contrato había sido firmado por 30 días nada más, y que la huida era el último compromiso que Maradona debía cumplir.

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(*) Periodista, escritor y editor de El Magazín online. Tiene a su cargo la edición de los Lunes Festivos del periódico El Espectador.

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