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La noche de la langosta

 

hongo

Manuela Lopera

Estuvimos toda la mañana en la playa y por la tarde nos quedamos conversando en el balcón de la habitación. El hotel era un edificio vintage, de esos de tiempo compartido, pero muy cómodo y bien tenido. El de nosotros era como un apartamentico, con dos habitaciones, una sala amplia, una cocina equipada con microondas y una cafetera que me gustaba porque todos los días la recargaban con sobres de café y crema gratis. Desde el primer día, mi papá había preguntado por el supermercado más cercano y compramos comida suficiente para cocinar toda la semana. Ese día estábamos contentos porque íbamos a cenar afuera.

Así que esa noche salíamos, un verdadero lujo. Cuando oscureció, nos fuimos a la playa de Oranjestad en un taxi y entramos a un restaurante de mariscos al frente del mar. Nos sentamos los seis, pero antes de que nos tomaran el pedido de las bebidas, mi hermano se paró y caminó hasta la entrada. Yo me quedé sentada un rato más, pero al darme cuenta de que no volvía, fui a buscarlo. Estaba raro. Estaba en algo. Uy ¿qué te pasó?, le dije, cuando lo encontré sentado en un murito, junto al parqueadero. Me duele la barriga, me contestó. ¿Si? Y cuando lo miré tenía los ojos chiquitos y la pupila dilatada. ¡Qué hiciste!…Me comí un hongo, Tata. ¿Qué?, ¿cómo así?, ¡vos sí sos una güeva!, mi papá te va a matar. Tengo ganas de vomitar. Ayy juemadre, ya vengo, lo voy a llamar. No, no lo llamés, ¡por favor!

Yo no fui a llamarlo pero sabía que no podíamos ocultar su estado por mucho tiempo. Clarita y Susi se habían ido para un muelle que tenía el lugar, lo más de bonito. Estaban entretenidas mirando el mar iluminado de noctilucas, unos microorganismos que brillaban como cucuyos y hacían parecer el lugar encantado. Mi mamá estaba hablando con mi papá, tomándose el vino blanco que habían pedido. Pero mi papá nos buscaba con la mirada, era nervioso, aunque con nosotros siempre se hubiera hecho el valiente. Juancho qué vamos a hacer. Mirá si te da un babiao, qué le inventamos a mi papá. Esperame aquí, ya te traigo un vasito de agua a ver si se te pasa la maluquera. Al menos intentá sentarte y pedir algo. ¿Qué? Yo no puedo comer, estoy que me vomito y me cago al mismo tiempo. Ahh esperame aquí.

Volví a la mesa. Mis hermanas seguían en el muelle. ¿Ya pidieron? No, los estamos esperando. Aprovechen y pidan langosta que está barata y muy fresca, dijo mi papá. ¿Y Juancho? Está mirando unos carros todos raros que hay afuera. Inventé. Qué les digo, cómo hago pa’ que no se vaya a buscarlo. Lo va a matar.

Mi papá hizo el amague de pararse de la silla entonces dije, ahh espérenme aquí, voy a llamar a Juancho. Volví donde mi hermano, que ya estaba doblado, vomitando sobre unos arbustos que había a la entrada. Traté de agarrarlo mientras se inclinaba en las matas frondosas y cuando me volteé, me encontré de frente con mi papá. ¿Y aquí qué pasó? Nada pa, que no me siento bien. ¿Y qué te pasó pues? No sé, me dio una maluquera toda rara. Juancho estaba temblando. Sudaba frío, no se podía sostener. Temblaba de susto, siempre había sido intrépido con las drogas y muy bruto porque se comía cualquier cosa sin saber si era venenosa. Ya alguna vez me había dicho de unos hongos, Me los encontré y no me pude resistir. Me llamaban, comeme, comeme.

En esas aventuras sicodélicas la había pasado realmente mal. Un día, mientras estábamos en un picnic en un lago en El Retiro, en una de esas tardes primorosas de verano, se encontró con un cacao sabanero. Al escondido, arrancó una flor y se la llevó para la casa. La hirvió en agua y se tomó después esa bebida. Estuvo como diez horas turuleto. Mi papá y yo tuvimos que llevarlo a la clínica. Tres bolsas de suero y nada que se recuperaba. Pero la peor fue un primero de enero, que nos fuimos a hacer un sancocho a la quebrada de la finca. Allá le dio por echarle unas hojitas a la sopa y se armó una fiesta tremenda, la tía Marucha que era solterona, se comió tres platos y al final terminó contando que se había casado en secreto cuando tenía 15 años. Repartieron guaro hasta para los niños y terminaron llorando y cantando. Juancho no hacía sino reírse por allá sentado junto a un arbolito. Al final tuvo que confesarle a mi papá que le había echado marihuana al sancocho, que no se preocupara, que más tarde iban a estar bien.  Le pegaron tremenda vaciada. Ese día, todo el mundo cayó a la cama sin comer, como a las ocho de la noche.  

O sea que mi papá estaba prevenido. Sabía que este pelao estaba en algo, que no había que confiarse cuando se quedaba solo o se iba a dar una vuelta. Nunca se sabía con qué podía salir. Si estábamos en México se hubiera buscado un cactus, ahí en Aruba no tuvo mejor idea que comerse un hongo que no había visto nunca y que estaba en el jardín del restaurante. Ahora tenía una traba bien brava y nosotros todavía sin ordenar. Lo quería matar.

Clarita y Susi volvieron a la mesa. Mi papá nos dijo que lo esperáramos ahí. Ni por equivocación podíamos contarle a mi mamá porque ahí sí se iba a armar un lío más grande. Ahh vea pues este guevón como nos dañó la comidita, dijo mi papá. Ya Juancho no podía ni hablar entonces a mi papá se le quitó la rabia y le entraron unos nervios locos. Juancho vomitó por última vez y volvió en sí, dijo que se sentía mejor. Yo le traje una coca-cola que se tomó de un solo trago. Mi papá nos dijo que volviéramos a la mesa. Disimulen ¿si?, no quiero que sus hermanas, ni su mamá se den cuenta. Yo pensaba en el pobre Juancho, que se sentó como pudo, a esperar, a atravesar su trance, mientras nosotros pedíamos la langostica que no comíamos desde la Navidad pasada en Balsillas. Como que medio nos miraba, medio intentaba estar. ¿Juancho te sentís mal? Le preguntó Clarita, pero negó con la cabeza y se rió. Mi papá tomaba vino, como intentando tranquilizarse, Juancho en realidad parecía mejor. Antes de sentarnos nos dijo que no había alcanzado a comerse todo el hongo porque estaba muy duro y fibroso, que finalmente lo había botado y que no teníamos de qué preocuparnos. Al final le inventamos a mi mamá que se le había bajado la presión y que por eso se había demorado. Que se había tomado una gaseosa pero que hambre no tenía todavía y que más tarde se iba a comer una hamburguesa cerca del hotel. Trajeron las langostas con unas papas al vapor y una salsita de ajo cremosa. Por un momento estuve perdida en su sabor dulce y delicado, y en esa pequeña explosión que hacía la carne dentro de la boca. Comimos callados, Juancho nos miraba con cara de loco mientras agarrábamos esos animales de cáscara rojiza y puntiaguda que para ese momento le debían parecer insectos gigantes. Nos paramos y noté que se le había manchado el pantalón. Parecía tierra, pero no.

Más tarde, sentados en el balcón, mirando el mar que a esa hora estaba más sereno que una piscina, me dijo, Lo tenía que probar. Comeme, comeme, me dijo el hongo. ¿Podés creer Tata?      

 
 

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